El fundador y gerente general de Rompecabeza Digital analiza cómo bots, trolls e inteligencia artificial pueden modificar la conversación política, instalar temas y fabricar percepciones de mayoría, mientras Chile debate sobre transparencia, regulación y democracia en redes
Por Daisy Castillo Triviños
Los bots, trolls y redes coordinadas dejaron hace tiempo de ser un fenómeno limitado a los márgenes de internet. Su capacidad para amplificar contenidos, instalar temas y generar una percepción artificial de respaldo o rechazo los ha convertido en parte de una conversación cada vez más relevante sobre política, comunicación y democracia.
La interrogante, sin embargo, va más allá de establecer si estas herramientas son capaces de modificar directamente una decisión electoral. También apunta a determinar cuánto poder tienen para decidir qué temas adquieren visibilidad, cuánto permanecen en la conversación pública y bajo qué marco emocional son procesados por los ciudadanos.
En Chile, el tema adquirió nueva fuerza tras los antecedentes conocidos sobre el consultor argentino Fernando Cerimedo y la posterior decisión de la Cámara de Diputadas y Diputados de constituir una comisión investigadora. El Caso Cerimedo abrió una investigación parlamentaria sobre bots, redes coordinadas, desinformación e inteligencia artificial, con un mandato que considera actuaciones vinculadas a estos fenómenos desde 2020.
En medio de ese debate, Poderyliderazgo.cl conversó con Ariel Jeria, fundador y gerente general de Rompecabeza Digital, para analizar cómo funcionan estas estructuras, qué cambió con la inteligencia artificial, dónde termina una estrategia legítima de comunicación y comienza una operación de manipulación, y cuál puede ser su impacto real sobre la agenda política y la confianza pública.
Cómo se fabrica una sensación de mayoría
¿Qué son realmente los bots y los trolls y cómo se utilizan en una campaña política?
Conviene separarlos, porque no son lo mismo. Un bot es una cuenta automatizada, programada para publicar, republicar o dar “me gusta” a gran velocidad y sin fatiga. Un troll es una cuenta manejada por una persona real, algunas veces contratada o muy identificada con la ideología de algún bando, cuyo trabajo es generar fricción: insultar, desviar el debate o instalar un ataque específico.
En una campaña política se pueden usar de forma combinada: los bots dan volumen y velocidad, haciendo que un tema parezca estar en boca de todos en minutos, y los trolls le dan el tono humano que sostiene la conversación una vez que ya está instalada. También los trolls pueden no ser contratados y siempre van a estar escribiendo en contra del bando del que no son partidarios.
¿Cómo podemos distinguir una conversación genuina en redes de una operación coordinada para instalar un tema?
La primera señal es el tiempo que demora en posicionarse un nuevo tema. Una conversación orgánica crece de forma escalonada, con peaks que siguen una noticia o un hecho real. Una operación coordinada aparece de golpe, con cientos o miles de cuentas publicando contenido casi idéntico en un margen de minutos.
La segunda señal es la antigüedad y el comportamiento de las cuentas: perfiles creados recientemente, sin historial, con fotos genéricas o repetidas, que sólo interactúan sobre un tema puntual y luego desaparecen de la conversación. La tercera es el lenguaje: cuando muchas cuentas distintas usan exactamente las mismas frases o el mismo hashtag con una redacción casi calcada, no es coincidencia, se trata de un guión articulado.
¿Qué buscan estas redes: convencer, desinformar, atacar adversarios o hacer parecer mayoritaria una opinión que no lo es?
Buscan las cuatro cosas, pero el objetivo de fondo suele ser el último: fabricar la sensación de mayoría. Convencer a alguien de algo falso es difícil y lento. Es mucho más eficiente hacer que una persona real, indecisa, sienta que “todo el mundo piensa así” o que “todos están hablando de esto”.
Esa percepción de consenso es la que después puede empujar a votar, a compartir. La desinformación y el ataque al adversario terminan siendo las herramientas para lograr acallar una opinión distinta por miedo a quedar en minoría.
La inquietud ya tiene expresión en la percepción ciudadana. La Agenda Criteria de septiembre mostró que 59% de los consultados cree que los bots influyen mucho o bastante en las decisiones de voto, mientras 62% percibe una presencia importante de estas herramientas durante períodos electorales.
La IA eleva la escala y dificulta la detección
¿Qué cambió con la inteligencia artificial? ¿Hoy es más fácil y barato montar este tipo de operaciones?
Cambió radicalmente la barrera de entrada. Antes, se necesitaba una sala llena de personas escribiendo mensajes uno por uno. Hoy, un modelo de lenguaje puede generar miles de variaciones de un mismo mensaje, cada una con matices distintos de tono y redacción, en segundos y a un costo marginal.
Los estudios recientes sobre estos mercados han documentado que verificar y operar cuentas falsas es hoy notablemente más barato que hace pocos años, precisamente porque la IA generativa permite que los bots adapten sus mensajes para sonar más humanos e interactuar entre ellos de forma más creíble. Eso vuelve la detección más difícil y multiplica la escala posible de una operación con el mismo presupuesto o menos que antes.
¿Qué impacto real pueden tener los bots y trolls sobre una elección o sobre la percepción de los votantes?
El impacto más documentado no es cambiar el voto de una persona convencida, sino modificar la agenda: decidir de qué se habla, durante cuánto tiempo y con qué marco emocional. Casos como el de la desinformación en torno a un posible Alzheimer de Evelyn Matthei o investigaciones periodísticas sobre consultoras que se atribuyeron intervenciones en decenas de campañas presidenciales muestran que el objetivo suele ser instalar una narrativa antes que los medios tradicionales puedan contrastarla.
El daño más grave es indirecto: erosiona la confianza en que lo que se ve en redes refleja una opinión real y eso termina afectando a todos los actores políticos, no sólo al beneficiario de la operación.
¿Dónde termina una estrategia digital legítima y comienza una operación de manipulación?
La línea está en la transparencia, no en la intensidad. Una campaña puede invertir fuerte en pauta digital, segmentar audiencias y usar creadores de contenido, y seguir siendo legítima si el votante puede identificar quién está hablando y quién le está pagando por hacerlo.
La manipulación empieza cuando se oculta el origen: cuando una cuenta se hace pasar por ciudadano espontáneo sin serlo, cuando se simula un volumen de apoyo que no existe o cuando se usa un medio o un perfil falso para dar apariencia de neutralidad a un mensaje pagado.
En Chile, por ejemplo, la publicidad política digital pagada ya tiene reglas de trazabilidad exigidas por el Servel. El problema aparece justamente donde un servicio contratado busca no parecer publicidad.
Transparencia y defensa democrática
¿Cuáles son los riesgos que representan estas prácticas para la democracia?
El riesgo central es que se distorsiona el insumo con el que la ciudadanía forma su opinión antes de votar. Hoy cerca del 50% de las personas en Chile se informan por redes sociales. Si no se puede confiar en que una conversación digital es genuina, cada elección corre el riesgo de decidirse, en parte, por quien mejor sepa fabricar consenso artificial y no por quien tenga mejores ideas.
¿Cómo se puede saber quién está detrás de una operación de este tipo?
Se detecta buscando más fuentes y medios reconocidos, o bien, cruzando varias señales a la vez: fecha de creación de las cuentas, patrones de publicación -¿tuitea a las 4 de la madrugada de forma constante?-, coordinación temporal y similitud de contenido entre cuentas que no deberían tener relación entre sí.
Un ejemplo reciente y bien documentado en la región es el de una consultoría vinculada a Fernando Cerimedo, detenido en Bolivia, a quien se le atribuyó la operación de granjas de bots con presencia en varios países, incluido Chile, y cuya desarticulación coincidió con la desaparición de cuentas que habían estado activas en la campaña presidencial de 2025.
Saber quién está exactamente detrás es lo más difícil, porque suele haber una cadena de subcontratación entre quien financia, quien opera la infraestructura técnica y quien redacta los mensajes.
Desde una perspectiva técnica y algorítmica, ¿cuál es hoy la frontera más difícil de detectar entre una interacción humana genuina y un bot optimizado para influir en debates públicos o procesos electorales?
La frontera más difícil es la conversación reactiva: un bot que no sólo publica un mensaje preparado, sino que responde a comentarios de terceros con matices, ironía o incluso errores gramaticales deliberados para parecer más humano.
Los primeros bots eran fáciles de detectar porque repetían el mismo texto sin variación. Los sistemas actuales, apoyados en modelos de lenguaje, generan una respuesta distinta cada vez, ajustan el tono según con quién interactúan y pueden sostener un intercambio de varios mensajes sin delatarse.
Ese salto, de la repetición mecánica a la conversación adaptativa, es lo que ha vuelto obsoletos a buena parte de los detectores tradicionales basados en patrones fijos de texto.
Si las plataformas tecnológicas y la regulación van siempre un paso por detrás de estos sistemas, ¿cuál debería ser la primera línea de defensa para proteger la democracia frente a la desinformación generada por IA?
Creo que la primera línea de defensa no puede depender sólo de la tecnología ni sólo de la ley, porque ambas efectivamente van un paso atrás. Tiene que ser una combinación de tres cosas que sí están a nuestro alcance hoy: exigir trazabilidad sobre quién financia y contrata comunicación política digital, algo que países como Chile ya empezaron a regular parcialmente.
Hay que fortalecer el periodismo de investigación y el fact-checking independiente, que son las herramientas más efectivas para desarmar una operación una vez que se hace pública y, sobre todo, trabajar la alfabetización digital de la ciudadanía, para que la pregunta, ¿esto que estoy viendo es realmente representativo o me lo están haciendo parecer así?, se vuelva un reflejo automático antes de compartir.
La tecnología seguirá evolucionando más rápido que la regulación. Por eso, la defensa más sólida sigue siendo dudar antes de creer y chequear más la información antes de compartir.
Una disputa que también se juega sobre la agenda
La discusión sobre bots y redes coordinadas no se agota en establecer si una operación consigue cambiar directamente el voto. El planteamiento de Jeria desplaza el foco hacia una instancia anterior: la capacidad de modificar las condiciones en que se forma la opinión pública, seleccionando asuntos, amplificando determinadas narrativas y construyendo una apariencia de consenso que puede trasladarse desde las plataformas hacia el debate político.
La expansión de modelos capaces de conversar, reaccionar y adaptar mensajes hace que esa frontera sea cada vez menos evidente. Una transformación que se conecta con el debate sobre el poder de los algoritmos para determinar qué contenidos vemos y bajo qué condiciones formamos nuestras opiniones, poniendo nuevamente en el centro la transparencia y la capacidad ciudadana para distinguir entre influencia legítima y manipulación.



