Desde su experiencia liderando proyectos en América Latina y África, el Director General y Co-CEO de WATERisLIFE analiza por qué el acceso al agua potable ya no puede seguir dependiendo de soluciones de emergencia y cuáles son las claves para construir modelos sostenibles, con gobernanza, innovación y comunidades en el centro.
El debate sobre el agua en Chile y el mundo suele activarse únicamente en contextos de crisis. Sin embargo, la escasez hídrica estructural, el cambio climático y la fragilidad de los territorios han dejado en evidencia que el problema es sistémico y requiere decisiones de largo plazo, más allá de la infraestructura.
En entrevista con Poderyliderazgo.cl, Renato Muñoz, Director General y Co-CEO de WATERisLIFE, comparte su experiencia liderando proyectos de acceso sostenible al agua en América Latina y África, abordando los errores más frecuentes en la gestión hídrica y los aprendizajes que han permitido construir soluciones que funcionan en el tiempo.
Desde su mirada, garantizar el acceso al agua potable exige gobernanza local, trabajo comunitario e innovaciones adaptadas a cada territorio, junto con alianzas reales entre el Estado, las empresas y la sociedad civil.
Una conversación que invita a entender el agua no solo como un servicio básico, sino como un pilar de dignidad, desarrollo y cohesión social.
¿Qué es WATERisLIFE y cómo funciona esta organización?
WATERisLIFE es una organización global sin fines de lucro, con presencia en Estados Unidos, Chile, Kenia, México y próximamente España, que trabaja para garantizar el acceso sostenible a agua potable segura y saneamiento en comunidades vulnerables de África y América Latina. Fue fundada en 2007 por Ken Surritte y, desde hace cinco años, es liderada por dos chilenos, Cote Terre y yo, como Co-CEOs globales.
Operamos como una organización de “última milla”: diseñamos, implementamos y acompañamos soluciones en contextos complejos, asegurando que los proyectos funcionen en el tiempo gracias a un trabajo comunitario profundo. Nuestro enfoque combina tecnología, energía, gobernanza local y alianzas estratégicas, con equipos en cada país.
No se trata solo de instalar infraestructura, sino de construir servicios de agua confiables, operables y sostenibles, liderados por las propias comunidades. Además, contamos con tecnología portátil de filtración para contextos de emergencia o lugares donde no es posible desarrollar proyectos de largo plazo.
¿Por qué el acceso al agua potable sigue siendo un desafío tan grande en pleno siglo XXI?
Porque sigue siendo una de las grandes crisis invisibles del planeta. Un estudio publicado en 2024 por la revista Science estimó que 4.400 millones de personas, más de la mitad de la población mundial, no tienen acceso confiable y continuo a agua potable segura. Esto duplica las cifras estimadas en 2020 y refleja la magnitud del problema, que afecta especialmente a mujeres y niños.
El desafío no es solo la cobertura, sino también la calidad del agua y la continuidad del servicio. Además, organismos internacionales han demostrado que hasta el 50% de los proyectos de agua, saneamiento e higiene (WASH) dejan de funcionar pocos años después, no por fallas técnicas, sino por problemas de gobernanza, mantenimiento y apropiación comunitaria. Por eso, hoy el desafío del agua es tan social y político como técnico.
WATERisLIFE trabaja a través de alianzas en distintos países. ¿Por qué son tan relevantes?
Porque sin alianzas reales, los proyectos no perduran. Nuestra experiencia en países como Kenia, Brasil o México demuestra que las soluciones sostenibles nacen de la colaboración entre distintos actores.
Trabajamos con donantes como empresas, fundaciones e individuos, que aportan recursos y visión; con expertos locales que entregan conocimiento técnico y territorial; y con comunidades que contribuyen con liderazgo, gestión y compromiso. Cuando esa alianza no existe, los proyectos suelen quedarse en buenas intenciones. Cuando sí existe, las soluciones se transforman en servicios reales que mejoran vidas y se sostienen en el tiempo.
Muchas veces se habla de innovación, pero suena abstracto. ¿Qué significa en la práctica?
Para nosotros, innovación es lo que funciona en la vida real. Utilizamos sistemas de filtración, energía solar, captación de aguas lluvias y modelos de gestión comunitaria o microemprendimientos de agua, siempre adaptados al contexto local.
Pero la innovación no es solo tecnológica. También está en los modelos de gestión, en la forma de organizar a las comunidades y en la capacidad de adaptarse a realidades complejas. Liderar una ONG global que opera en distintos países, con contextos políticos, culturales y económicos tan diversos, exige flexibilidad, aprendizaje constante y una mirada estratégica de largo plazo.
¿Por qué México es un país clave para WATERisLIFE?
México es estratégico por varias razones. Existe una necesidad urgente de acceso a agua potable segura, pero también una gran oportunidad, porque cuenta con capacidades técnicas, actores locales comprometidos y un ecosistema que permite escalar soluciones.
Además, tiene una conexión natural con Estados Unidos, donde WATERisLIFE es una organización sin fines de lucro. La cercanía geográfica, la fuerte comunidad mexicana en EE. UU. y el interés de empresas y filántropos por generar impacto en la región hacen de México un país clave para nuestro crecimiento.
Ya hemos desarrollado proyectos junto a empresas como la aseguradora Chubb y con figuras como Igor Lichnovsky, jugador del América de México y seleccionado chileno, quien es embajador global de WATERisLIFE. Hoy seguimos ampliando alianzas y oportunidades de impacto.
¿Qué aprendizajes de otros países podrían aplicarse en Chile?
Uno de los principales aprendizajes es que el agua no es solo un tema de infraestructura, sino de gobernanza. En países como Kenia aprendimos que instalar un sistema sin un modelo claro de operación, financiamiento y gestión comunitaria es una receta para el fracaso.
En Chile, avanzar hacia soluciones descentralizadas, con comunidades involucradas y alianzas de largo plazo, es clave. Especialmente en territorios con escasez hídrica crónica, se necesita pasar de soluciones de emergencia a modelos sostenibles, donde el Estado, las empresas y las organizaciones sociales trabajen de manera coordinada.
¿Qué cambia cuando una comunidad accede por primera vez a agua potable segura?
El impacto es profundo y transversal. A nivel social, disminuyen las enfermedades, mejora la asistencia escolar y se fortalecen los liderazgos comunitarios, especialmente de mujeres. A nivel económico, las familias reducen el tiempo y el dinero destinados a conseguir agua, lo que libera recursos para educación, trabajo y emprendimiento.
Desde el punto de vista ambiental, los sistemas bien diseñados reducen la presión sobre fuentes contaminadas o sobreexplotadas y disminuyen el uso de agua embotellada. Por eso decimos que el agua es un habilitador del desarrollo: impacta directamente en salud, educación, igualdad de género, reducción de la pobreza y acción climática.
Pero, sobre todo, el acceso al agua devuelve dignidad. Permite que las personas dejen de vivir en la urgencia y puedan proyectar su vida con mayor seguridad.
Para cerrar, ¿qué rol pueden jugar empresas, organizaciones y personas?
Hoy ya no basta con acciones puntuales. El desafío del agua requiere una mirada estructural, con soluciones que aborden gobernanza, financiamiento y capacidades locales. La sostenibilidad dejó de ser un valor agregado: es parte del liderazgo responsable.
Las empresas tienen un rol clave, pero no pueden hacerlo solas. Se necesita colaboración real con organizaciones especializadas y comunidades. Cuando eso ocurre, el impacto deja de ser anecdótico y se convierte en una solución duradera.
El acceso al agua es un derecho humano. Y garantizarlo no puede seguir dependiendo de respuestas de emergencia. Requiere decisión, coordinación y voluntad de construir soluciones que perduren en el tiempo.



