El presidente de SONAMI sostiene que Chile puede convertir su riqueza minera y energética en una plataforma de desarrollo de mayor valor. Para lograrlo, plantea modernizar ENAMI, fortalecer a los pequeños productores y construir acuerdos que trasciendan los ciclos políticos
Por Sandra Guijarro Vilela
Chile posee una de las mayores reservas minerales del mundo y condiciones excepcionales para producir energía solar, eólica y mareomotriz. Para Jorge Riesco, presidente de la Sociedad Nacional de Minería, la combinación de ambas capacidades podría transformar al país en una economía altamente especializada, con mayor participación en las cadenas de valor y espacio para desarrollar nuevas actividades productivas.
La oportunidad, sin embargo, no se materializará automáticamente. El nuevo escenario geopolítico obliga a Chile a decidir qué tecnologías quiere desarrollar, qué procesos industriales espera mantener dentro de sus fronteras y cuánto valor pretende capturar antes de exportar sus recursos. El desafío ya no consiste solamente en aumentar la producción, sino en construir una estrategia capaz de conectar minería, energía, conocimiento y desarrollo territorial.
En cvonversación con Poderyliderazgo.cl, Riesco aborda la posición de Chile frente a la creciente demanda mundial de cobre y minerales críticos, pero también los obstáculos internos que podrían limitar esa oportunidad. Entre ellos menciona la falta de acuerdos de largo plazo, el deterioro de la infraestructura de ENAMI, las dificultades de la pequeña minería y la ausencia de sistemas integrados de información para planificar los territorios mineros.
Su diagnóstico no desconoce la necesidad de aumentar la producción. El mundo requiere más minerales para sostener la transición energética y tecnológica. Pero esa expansión, plantea, debe realizarse con procesos más limpios, nuevas tecnologías, mayor inclusión y una mirada capaz de distribuir mejor las oportunidades que genera la actividad.
Una estrategia para el nuevo escenario global
Usted ha dicho que estamos viviendo la “gran década del cobre”. ¿Cuál cree que es hoy el principal desafío de la industria minera chilena?
Creo que tenemos que pensar en un futuro geopolítico que es muy distinto al de hoy día. A partir de eso, sacar algunas conclusiones. El desafío es llegar a esa conversación. Hoy, por el tono y la forma en que se está conversando, no pareciera estar cercano el momento en que podamos tener la tranquilidad suficiente como para hablar en esos términos. El paso siguiente, que es muy difícil, es asegurar que esas oportunidades se materialicen en el largo plazo y no queden sujetas a los vaivenes de los ciclos políticos.
¿Qué cambia en ese nuevo escenario?
Actualmente, no basta con hacernos fuertes como país en algunos productos, sino que esto nos obliga a interactuar de un modo mucho más global. Antes la globalización implicaba que se podía exportar cobre, fruta o lo que produjéramos a cualquier parte del mundo. Hoy se debe decidir qué tecnología, qué parte de los procesos productivos y qué parte de la industrialización se va a tener en el país y cuál en otro. Eso es hacer caso omiso de las fronteras que tenemos.
¿Cómo se traduce eso en la minería?
Tenemos que identificar muy bien qué ventajas tenemos respecto de otros países para hacer lo mismo. Ahí hay un consenso: el nivel de recursos mineros que tenemos es enorme. Además, la posibilidad de producir energía con fuentes alternativas y de bajo costo también es una ventaja enorme. Si a eso le agregamos el potencial eólico, solar y mareomotriz, tenemos un potencial inmenso para ser un país súper especializado, pero también con base sólida para múltiples otras actividades.
El desafío hoy para la minería chilena es pensar en un futuro geopolítico muy distinto al de hoy, diagnosticar nuestra realidad y llegar a acuerdos que permitan que las oportunidades se materialicen en el largo plazo. Si hay algo que pudiéramos garantizarle a inversionistas y a los chilenos es que no nos vamos a estar jugando el todo por el todo cada cuatro años.
ENAMI y el futuro de la pequeña minería
En esa relectura de futuro, ¿qué lugar ocupa la pequeña y mediana minería?
ENAMI es un factor fundamental y necesita cirugía mayor. Hace un par de años hicimos un estudio con un plan para mejorarla, que primero consiste en estabilizarla financieramente y operacionalmente; en segundo término, mejorar sus operaciones; y en tercer lugar, incluso crecer.
La Empresa Nacional de Minería es un factor de formalización y de generación de trazabilidad para los mineros y para los minerales, y eso es un valor dentro de la minería chilena. Aquí la minería es formal, está georreferenciada, fiscalizada, tributa y contrata formalmente a sus trabajadores. Y lo que venden lo hacen formalmente a compradores estatales o privados que compiten bajo el mismo sistema.
¿En este esquema, cuál es el rol de la ENAMI?
ENAMI es clave porque completa la cadena de valor del pequeño minero. El mineral extraído debe ser procesado y transformado en un producto exportable y con valor comercial, sea concentrado o cátodo. Eso es lo que ha estado haciendo ENAMI desde su creación, y ese rol hay que revisarlo y fortalecerlo.
Las plantas de procesamiento de ENAMI no han tenido inversiones durante mucho tiempo. Lo que tiene hoy es como un auto muy antiguo que todavía funciona, pero claramente los vehículos actuales tienen otra calidad y otro rendimiento. Ese es el problema que tenemos con ENAMI.
Si le damos valor al mineral de pequeña escala, le damos valor a una serie de yacimientos que no se van a explotar a gran escala, pero que sí pueden ser trabajados por pequeños productores. Si además los adaptamos a las condiciones actuales, podemos agregar nuevos productores y darles vocación de crecimiento.
¿Cuál es el obstáculo más concreto hoy?
Las leyes de mineral ya no son las de antes. La mayoría de los pequeños productores opera hoy con leyes en torno al 1%, mientras que la ley base de compra de ENAMI es 2,5%. Entonces las tarifas que reciben no se corresponden con el valor que tienen hoy día, y eso desincentiva la pequeña minería de esa escala.
Por eso hay que fortalecer a la empresa que pueda producir directamente a partir de esos minerales una cantidad importante de cobre y otros metales, o buscar alianzas para llegar a ese nivel de producción. Eso le daría un tiraje enorme a los pequeños productores y permitiría crecer sin dejarlos solamente como pirquineros.
Producir más sin profundizar los impactos
En materia de sostenibilidad, ¿cuál cree que es el desafío más urgente para fortalecer la legitimidad y la competitividad de largo plazo de la minería?
Primero, tenemos un desafío impuesto por la geopolítica y es que debemos ser un proveedor confiable de cobre y otros minerales críticos. Eso implica transformar el potencial en producción, porque el mundo lo necesita. Y esa necesidad le da una validación ética a nuestra actividad.
Esta validación ética exige producir los proyectos concretos que el país necesita, pero sin empeorar el problema. Eso implica procesos limpios, incorporar tecnología, diversificar e incluir más personas en la industria, en términos de género, discapacidad y otras dimensiones. Hay que hacer esta actividad lo suficientemente deseable y amigable como para que todo el mundo quiera incorporarse a ella.
Usted también ha insistido en la relación con los territorios. ¿Qué iniciativas concretas impulsa SONAMI para fortalecer la licencia social de la minería?
Hemos tenido una evolución. Históricamente hubo una buena relación entre minería y territorios, pero luego aparecieron con más fuerza los temas medioambientales, comunitarios e indígenas, ámbitos que se incorporaron al diseño del negocio. En ese sentido, nuestras iniciativas han ido orientadas a recopilar información y a generar espacios para que las empresas compartan buenas prácticas, tecnología y conocimientos.
¿Y con las autoridades?
Hemos avanzado en recopilar información y en demostrar el real alcance de los impactos de la minería. Queremos influir en autoridades nacionales, regionales y locales para que tengan una mirada más territorial, más comprensiva de la infraestructura y de las oportunidades de sinergia que la minería necesita para desarrollarse. También estamos tratando de orientar la actividad legislativa hacia esos objetivos.
Información para planificar los distritos mineros
En ese contexto, ¿qué importancia tiene el segundo estudio de distritos mineros, que presentó recientemente la SONAMI?
La nueva versión mejoró la información existente, agregó variables y permitió una extensión territorial más completa. La novedad es que incorporó proyectos con autorizaciones ambientales que aún no están en producción, pero que tienen potencial de hacerlo. Eso ayuda a prefigurar áreas de influencia y a estudiar infraestructura compartida, transmisión eléctrica, ubicación de poblaciones y brechas de equipamiento.
¿Qué dato del estudio debería mirar con urgencia la autoridad?
La información no está integrada ni entre servicios ni entre ministerios. Hemos tenido acercamiento con el Ministerio de Bienes Nacionales, que tiene un Sistema Nacional de Información Geográfica que podría servir para esto. Si logramos una herramienta que relacione toda la información recopilada, podríamos tener sinergias y una conversación distinta, basada en datos concretos.
Una oportunidad que exige acuerdos duraderos
Si tuviera que condensar en una sola idea el gran desafío de la minería chilena, ¿cuál sería?
Pensar en un futuro geopolítico distinto al de hoy y, sobre esa base, construir acuerdos estables. Ya no basta con producir y exportar; hoy también hay que pensar qué parte de la cadena de valor queremos capturar, qué tecnologías queremos desarrollar y cómo educamos a las nuevas generaciones para ese nuevo mundo.
El escenario global ya cambió. Antes era más fácil: uno exportaba y listo. Hoy tenemos que ser responsables de lo que exportamos, de dónde va y de qué se hace con eso. La tarea no es solo producir más, sino producir mejor, con mayor valor agregado y con una visión de país más amplia.
¿Cuál sería la oportunidad más grande para Chile en esta década del cobre?
Tenemos una riqueza minera enorme y una capacidad energética que muchos países no tienen. Si combinamos eso con una visión de largo plazo, podemos ser un país altamente especializado, con una base sólida en energía y minería, pero también con capacidad para desarrollar otras actividades de alto valor.



