El exministro de Hacienda repasa las crisis que marcaron su gestión, reconoce errores y frustraciones, cuestiona las resistencias a transferir poder a las regiones y advierte que Chile sigue rezagado ante la aceleración de los cambios tecnológicos
Por Richard Andrade C.
Mario Marcel Cullell comenzó a escribir “La montaña rusa: crónica de una crisis y cómo se superó” al día siguiente de dejar el gobierno del Presidente Gabriel Boric. Durante meses trabajó en un relato que, según explica, terminó funcionando también como una forma de desahogo después de años en que las responsabilidades públicas le habían dejado poco espacio para escribir.
El libro reconstruye desde dentro una secuencia excepcional para la economía chilena: el estallido social, la pandemia, los retiros previsionales, el salto de la inflación y el posterior ajuste fiscal. El ingeniero comercial de la Universidad de Chile y doctor en Economía por la Universidad de Cambridge sostiene que Chile enfrentó prácticamente de manera consecutiva tres shocks de distinta naturaleza, cuyas consecuencias económicas obligaron a tomar decisiones que, en varios casos, no tenían precedentes.
En conversación con Poderyliderazgo.cl, Marcel, quien fue director de Presupuestos, presidente del Banco Central y ministro de Hacienda, revisa los aciertos, errores y frustraciones que acompañaron esos años, resaltando que la reforma de pensiones fue uno de los puntos más altos de su paso por el Gobierno y el rechazo de la reforma tributaria como uno de los más bajos.
También aborda el poder que implica administrar los recursos públicos, las resistencias a la descentralización, la comunicación política y el desafío de una generación que, a su juicio, debe dejar de concentrarse únicamente en las disputas del pasado.
Su libro se llama “La montaña rusa” y reconstruye una sucesión de crisis que le tocó enfrentar desde posiciones clave. Si lleva esa imagen a su propia trayectoria, ¿cuál identifica como el punto más alto y cuál como el más bajo?
Lo alto y lo bajo tienen que ver con lo que le pasaba a la economía y con lo que tuvimos que hacer para responder a los shocks que fuimos recibiendo.
Pero, en lo personal, yo diría que lo más alto probablemente fue la reforma de pensiones. Y lo más bajo, dentro del período de gobierno, fue el rechazo de la reforma tributaria.
Usted comenzó a escribir el libro prácticamente al día siguiente de dejar Hacienda. ¿Por qué necesitaba contar esa experiencia?
Este es un libro que empecé a escribir al día siguiente que dejé el Ministerio de Hacienda y no paré de escribir hasta seis meses después, cuando lo terminé.
En buena medida, creo que escribir este libro fue una especie de desahogo. En todos los cargos en que había estado siempre me las había arreglado para escribir papers, pero en Hacienda eso no era posible.
Además, me tocó vivir un período increíble y una secuencia entre el Banco Central y el Ministerio de Hacienda que, desde que el Banco Central es independiente, nadie había hecho. En enero de 2022 dejé la presidencia del Banco Central y en marzo llegué a Hacienda.
Entonces, me parecía que había muchas cosas que había que contar.
¿Qué aporta contar esas crisis desde dentro de las instituciones?
Creo que contar las cosas como se dan desde dentro de las instituciones ayuda a entender por qué las cosas son como son o por qué se toman las decisiones que se toman.
A mí me impresionaba mucho cuando había ministros de Hacienda que decían: “El Gobierno ponderó los antecedentes y tomó esta decisión, y esto es lo que es”. No se daban el trabajo de explicar por qué hacían las cosas.
Yo creo que una de las acepciones de esa idea de que gobernar es educar es que uno tiene que ser capaz de explicar qué está pasando en el país, por qué se toman ciertas decisiones y por qué no se toman otras.
En el libro también reconoce errores de diagnóstico. ¿Era importante incorporar esa dimensión autocrítica?
El libro es bastante autocrítico. Hay muchas cosas en las que uno dice: “Mire, yo pensé de esta manera y me equivoqué, esto fue distinto”.
Por ejemplo, cuando comenzó a verse lo que estaba pasando en China con el COVID y las medidas de cuarentena, yo decía que eso podían hacerlo los chinos porque tenían una sociedad muy estructurada y organizada, pero que sería muy difícil hacerlo en el mundo occidental. Y dos meses después lo estábamos haciendo.
Uno no puede quedarse quejándose de que tuvo mala suerte porque aparecieron las crisis. Hay que pensar también en la segunda y tercera derivada de una política, porque la economía tiene todas sus partes interrelacionadas.
Uno no puede mover una pieza pensando que todo va a quedar solamente en ese movimiento, porque muchas otras cosas se van a mover.
Usted plantea que Chile enfrentó tres shocks consecutivos, mientras buena parte del mundo debió responder principalmente a la pandemia. ¿Qué hizo diferente ese período?
Cuando uno mira la historia económica normalmente piensa en ciclos económicos, donde las crisis se generan a partir de determinadas situaciones económicas y las recuperaciones también tienen un origen económico.
Pero en este período los tres shocks que recibió la economía chilena ninguno vino directamente de la economía. Uno vino de la sociedad, otro de la política y otro de la salud.
Las consecuencias económicas de cada uno fueron significativas y podrían haber sido mayores si no se hubiera actuado oportunamente y de manera sustantiva.
Uno de los episodios menos conocidos que relata ocurrió durante el estallido social. ¿Qué tan crítica llegó a ser la situación financiera?
El estallido social, en términos de la economía, significó que la actividad cayó alrededor de 4% en el último trimestre de 2019. Muchos negocios y empresas cerraron.
Pero también hubo una dinámica de pánico financiero, y eso no se vio mucho. Justamente por esa razón empiezo el libro hablando de eso.
Mientras los parlamentarios negociaban el acuerdo constitucional, nosotros estábamos viendo cómo lográbamos frenar una situación realmente muy crítica en el sector financiero, porque se estaban liquidando activos para obtener liquidez, especialmente dólares.
Yo hablé con muchos parlamentarios que estaban en la negociación y les dije: “Más vale que lleguen a un acuerdo porque, si no, a la crisis social y política que tenemos le vamos a tener que sumar una gran crisis financiera”.
Y mientras se negociaba eso, el Banco Central acordó una serie de medidas para contener esa crisis.
Una de ellas fue la intervención cambiaria de noviembre de 2019. ¿Qué refleja la magnitud de esa decisión?
La que probablemente más se recuerda es la intervención cambiaria. El Banco Central comprometió un programa de 20 mil millones de dólares cuando tenía alrededor de 35 mil millones de dólares en reservas.
O sea, comprometimos más de la mitad de las reservas en una intervención cambiaria. Pero era lo que había que hacer, porque esa era la escala de la situación que estábamos enfrentando.
Y pocos meses después llegó el COVID-19. ¿Cómo cambia el escenario?
La crisis del COVID-19 fue una crisis de carácter global. La empezamos a ver venir desde fines de diciembre, principios de enero, y el Gobierno del presidente Piñera intentó prepararse. Pero ocurrió todo muy rápido.
Del lado económico, el COVID significó una situación mucho más grave, de congelamiento de la economía.
Lo que hicimos nosotros en el Banco Central fue aplicar medidas en una escala inédita para la historia de la economía chilena.
¿Qué magnitud tuvieron esas medidas?
El primer caso de COVID-19 se detectó en Chile el 3 de marzo de 2020 y el 20 de marzo, en una sola sesión del Consejo del Banco Central, acordamos reducir la tasa de política monetaria en 75 puntos base, aplicar un programa de liquidez para los bancos de 24 mil millones de dólares y un programa de compra de activos de 8 mil millones de dólares.
Para tener una idea en la comparación internacional, muchos bancos centrales intervinieron durante ese período. En relación al tamaño de la economía, lo que se hizo en Chile fue muy sustantivo.
La actividad cayó alrededor de 12% en el segundo trimestre de 2020, pero luego comenzó a recuperarse.
Después vinieron los retiros previsionales y las transferencias a los hogares. ¿Qué efecto tuvieron sobre la economía?
Tuvimos los retiros de agosto de 2020, abril de 2021 y noviembre de 2021. Esos tres retiros, más el IFE Universal, significaron inyectar a los hogares recursos equivalentes a cerca de 35% del producto en un año.
Y, claro, eso después tuvo consecuencias sobre la inflación. Volvimos a ver tasas de inflación de dos dígitos. En agosto de 2022 llegó a 14,1%.
Luego, en 2022, hubo un recorte de alrededor de 23% del gasto público y pasamos de un déficit cercano a 8% del producto a un superávit de aproximadamente 1,5% en un año. Ese fue uno de los ajustes fiscales más grandes que hubo en el mundo.
¿Cuál fue la lógica detrás de las respuestas que se adoptaron frente a esas crisis?
En cada uno de esos episodios respondimos con medidas, en buena medida inéditas. Algunas cosas las terminamos inventando sobre la marcha porque no había mucho referente del cual agarrarse.
Fueron medidas muy sustantivas, muchas de ellas bastante originales.
La lógica que seguimos siempre fue ir más allá de lo que esperaba el mercado, más allá de lo que se estaba hablando. Uno no podía quedarse corto.
¿Y qué permitió finalmente esa estrategia?
Permitió que esos tres shocks sucesivos se superaran. Y logramos algo que no es muy común en los ciclos económicos: volver al nivel de actividad al que habríamos llegado si se hubiera mantenido la tendencia previa a la crisis. Eso ocurrió en 2024.
La “billetera”, el poder y la descentralización
Su paso por Hacienda lo instaló también como quien administraba la “billetera” del Estado. ¿Qué era lo más complejo al momento de decidir dónde poner los recursos?
En el tema de la billetera, yo diría que lo más complejo es tomar decisiones sobre asignaciones de recursos cuando uno no es experto en todas las materias.
Desde Hacienda uno no es experto en cultura, ciencia o salud. Entonces tiene que ser capaz de dialogar y extraer de las contrapartes, de los ministros y de los equipos sectoriales dónde están realmente sus prioridades más urgentes y cuáles son los temas que tienen un impacto de más largo plazo y en los que vale la pena invertir.
¿y cómo se evita que la mirada de Hacienda termine imponiéndose sobre las prioridades de los ministerios sectoriales?
Teniendo capacidad para escuchar y capacidad para explicar.
Durante su gestión se avanzó con el royalty minero, pero otros cambios en descentralización quedaron pendientes. ¿Qué siente que faltó concretar?
En el período anterior se avanzó básicamente con el royalty minero, que aportó recursos adicionales importantes a los gobiernos regionales y a buena parte de los municipios.
Desgraciadamente, una frustración fue no avanzar más con el proyecto Regiones Más Fuertes. Es un proyecto que yo personalmente apoyé mucho. Me involucré bastante en el detalle de lo que contenía y luego en la discusión que hubo en la comisión de la Cámara de Diputados.
Pero eso avanzó hasta que vino el caso Convenios. Ahí muchos de los enemigos de la descentralización aprovecharon esa coyuntura para frenar el proceso y, desgraciadamente, no se pudo hacer más.
Esa fue una frustración del período: no haber podido llegar más lejos.
Cuando se habla de resistencia a la descentralización se suele mirar al poder central. ¿dónde están esos enemigos realmente?
A veces son los mismos parlamentarios los que ven a los gobernadores o a las autoridades locales como potenciales competidores.
Muchas veces se genera una visión que no es realista: decir que aquí no hay preparación suficiente y que solamente cuando los gobiernos regionales estén preparados se les van a transferir recursos.
Pero manejar bien los recursos se aprende administrándolos. No se aprende de un libro ni de un curso de capacitación.
¿Está Chile en condiciones de dar un paso más profundo en descentralización?
A mí me parece que es una cuestión urgente. Chile tiene un nivel de centralismo insólito, que no tiene comparación ni siquiera en nuestra región.
Y creo que eso nos pesa mucho. No nos damos cuenta, pero cuando hablamos de productividad y competitividad, el centralismo es un lastre para la productividad.
Comunicación y gestión política
Usted plantea que para ejercer responsabilidades como Hacienda hay que saber escuchar y explicar. ¿Cómo observa la manera en que el actual Gobierno está comunicando las cifras y su lectura de la economía?
Siempre se puede explicar un poco más. Pero cuando ya se entra a tergiversar las cosas, hay que esperar a que la verdad caiga por su propio peso. Y creo que algo de eso está ocurriendo durante estos meses.
Mirando hacia atrás, ¿al Gobierno anterior también le faltó explicar mejor lo que estaba haciendo?
Siempre se puede explicar un poco más.
Después de haber trabajado con distintas generaciones políticas, ¿qué mensaje le dejaría a los jóvenes que deberán tomar este tipo de decisiones en los próximos años?
Yo creo, sobre todo, que se apoderen del futuro. En Chile estamos demasiado tiempo discutiendo sobre el pasado, cobrándonos cuentas y echándonos culpas por tantas cosas.
Pero, al final, hoy día tenemos desafíos especialmente importantes.
El desafío de apropiarse del futuro
“La montaña rusa” reconstruye un período en que buena parte de las decisiones económicas debieron tomarse bajo presión y con escasos precedentes. Pero detrás de la crónica aparece también una reflexión sobre la capacidad de las instituciones para aprender de las crisis sin transformar las experiencias del pasado en el único marco desde el cual enfrentar los desafíos futuros.
Esa mirada atraviesa varios de los asuntos que Marcel identifica como pendientes. Una descentralización todavía incompleta, el desafío de recuperar productividad y la necesidad de aprovechar mejor las transformaciones tecnológicas muestran que parte de la agenda del país ya no depende únicamente de administrar la próxima contingencia, sino de anticipar decisiones cuyos efectos pueden extenderse durante años.
Después de pasar por la Dirección de Presupuestos, el Banco Central, Hacienda y la academia, Marcel sitúa ahí uno de los principales desafíos para quienes asumirán responsabilidades públicas durante los próximos años: aprovechar las lecciones acumuladas sin permanecer atrapados en ellas y desplazar parte de la conversación política hacia las decisiones que definirán las próximas décadas.



