La directora del Observatorio Niñez Colunga advierte que Chile tiene menos niños, pero mantiene profundas brechas en pobreza, salud y cuidados. La caída demográfica, sostiene, abre una oportunidad para invertir mejor
Chile está teniendo menos niños. Muchos menos. Entre 2017 y 2024, la población de 0 a 5 años cayó cerca de 20%, una disminución aproximada de 300 mil niñas y niños en apenas siete años, casi el equivalente a toda la población de la Región de Atacama.
Pero el descenso de la población infantil no ha significado que las brechas desaparezcan al mismo ritmo. Una de cada cuatro niñas y niños está bajo la línea de la pobreza por ingresos, cuatro de cada diez crecen en hogares con algún tipo de pobreza y uno de cada diez lo hace en pobreza severa. La primera infancia representa el 5,9% de la población y recibe apenas 3,2% del gasto programático del Gobierno Central.
Las cifras forman parte del estudio “Primera Infancia: Bienestar, brechas y propuestas para fortalecer la política pública en Chile”, elaborado por el Observatorio Niñez de Fundación Colunga a partir del Censo 2024, Casen 2024, registros del sistema público de salud y la Encuesta de Vulnerabilidad Escolar. El trabajo profundiza una alerta que la propia organización ya había levantado sobre la magnitud de la pobreza infantil en Chile.
Esta vez la pregunta va más allá del diagnóstico. Si cada año nacen menos niños, ¿puede Chile utilizar esa transformación demográfica para concentrar mejor sus recursos y llegar antes a quienes comienzan la vida bajo condiciones de mayor vulnerabilidad? La interrogante adquiere especial importancia mientras la nueva institucionalidad de protección todavía enfrenta brechas territoriales y dificultades para responder oportunamente.
El estudio también vuelve sobre una dimensión que ocurre puertas adentro de los hogares. Las tareas de cuidado continúan recayendo principalmente sobre las mujeres, una carga que termina conectando primera infancia, ingresos familiares y las desigualdades regionales que persisten en el empleo femenino.
Para profundizar en los hallazgos, las brechas y las posibilidades que abre la caída de la natalidad, Poderyliderazgo.cl conversó con Paloma Del Villar, directora del Observatorio Niñez Colunga. La conversación aborda pobreza, inversión pública, salud, cuidados y una idea que atraviesa el informe: con menos niños, el país dispone de una oportunidad para llegar con mayor intensidad a cada uno de ellos.
¿Qué otros hallazgos críticos sobre la realidad y el bienestar de la primera infancia revela el estudio?
Una de cada cuatro niñas y niños está bajo la línea de la pobreza por ingresos –ocho puntos por sobre el promedio de la población–, cuatro de cada diez crecen en hogares con algún tipo de pobreza y uno de cada diez, en pobreza severa.
Es también una generación más diversa: el 16% de los hogares con primera infancia tiene una jefatura nacida fuera de Chile, proporción que se duplicó en siete años.
Se dice que los primeros años definen buena parte de la trayectoria de una persona, y lo que sostiene ese desarrollo es algo tan cotidiano como la relación entre una niña o un niño y quienes lo cuidan. Hoy quienes crían lo hacen enfrentando enormes dificultades, muchas veces en soledad y sin el apoyo que necesitan. ¿Es así?
En esa tarea se juega el bienestar de toda una generación y el desarrollo futuro del país. Por eso, llamamos a instalar la primera infancia en el centro de la conversación pública.
Cuando se habla de la asignación de recursos por parte del Estado, la primera infancia representa el 5,9% de la población y recibe el 3,2% del gasto programático del gobierno central. ¿Es complejo ese escenario y qué dicen otras cifras?
En educación, mientras el presupuesto del sector creció un 29,9% entre 2021 y 2026, el de educación de párvulos descendió un 5,7%. Dentro del Sistema de Protección a la Infancia, el aumento se concentró en los dispositivos territoriales, las Oficinas Locales de la Niñez crecieron un 74% entre 2024 y 2026, mientras los programas de acompañamiento al desarrollo temprano retrocedieron un 8%.
Si la población infantil se ha reducido cerca de un 20%, ¿cómo abre este escenario demográfico una oportunidad para rediseñar la inversión pública y lograr una mayor cobertura y profundidad en el apoyo a cada niño y niña?
El planteamiento del estudio, apunta a que, con cohortes más pequeñas de niñas y niños entre 0 y 5 años, el mismo presupuesto redistribuido puede llegar con mayor profundidad a cada uno de ellos.
Frente al avance institucional de las últimas tres décadas en Chile, ¿cómo se explica que, en la etapa donde cada peso rinde más y deja una huella para toda la vida, la inversión estatal haya retrocedido y los recursos sigan sin llegar con la misma fuerza a todas las familias?
En las últimas tres décadas, Chile construyó una institucionalidad ejemplar para la primera infancia que pocos países de la región tienen. Sin embargo, lo que muestran estos datos es que esa red no llega con la misma fuerza a todas las familias, y que la etapa en que cada peso rinde más –cuando niñas y niños tienen entre 0 y 5 años– es también donde la inversión ha retrocedido.
¿Cuáles son las fallas concretas que revela el estudio en el sistema de salud para la primera infancia, considerando que es una de las áreas clave donde el Estado debería blindar a las familias?
En salud, la sintomatología depresiva de las madres asciende al 20% a los seis meses posparto, cuando la derivación a atención de salud mental disminuye; la prematurez pasó del 8% al 13% entre 2017 y 2024 y las cesáreas alcanzan el 46% de los partos en el sistema público.
De las más de 530 mil acciones que los planes de intervención mandataron para responder a los riesgos detectados, seis de cada diez permanecían sin gestionar a julio de 2026.
Un capítulo está dedicado a los cuidados, que el informe describe como la infraestructura sobre la que descansan las demás políticas. ¿Qué puede comentar sobre este aspecto?
Las mujeres dedican en promedio 28 horas semanales al cuidado de niñas y niños pequeños, frente a 12 horas de los hombres. La madre es la cuidadora principal en el 75% de los hogares y la abuela, en el 27%. Cerca de 7.500 niñas y niños menores de seis años permanecen solos en casa al menos una vez por semana.
Estas cifras se leen en el contexto laboral que el propio estudio incorpora: en junio de 2026 la desocupación superó el 9%, y las crisis del empleo y de los cuidados se superponen sobre las mismas familias.
Si la tasa de fecundidad cayó por debajo de un hijo por mujer y la evidencia internacional demuestra que invertir en la primera infancia multiplica los retornos hasta 19 veces, ¿por qué el país sigue perdiendo esta histórica ventana demográfica en lugar de reasignar los recursos para blindar a las familias cuando más lo necesitan?
La agenda sitúa el diagnóstico en lo que denomina una ventana demográfica. La tasa de fecundidad descendió por primera vez por debajo de un hijo por mujer, fenómeno que motivó la creación de una Comisión Asesora Presidencial.
El estudio plantea que esa caída, además de un desafío, abre la posibilidad de invertir con mayor intensidad por cada niña y niño. La evidencia internacional que cita estima que los retornos de la inversión en los primeros años se sitúan entre ocho y diecinueve veces su costo.
¿Qué es lo que hace falta y ustedes proponen?
Lo que propone y enfatiza esta agenda no es que el país gaste más, sino que gaste mejor: poner los recursos donde la evidencia indica que dejan una huella para toda la vida, y hacerlo antes de que las brechas se acumulen.
Una oportunidad que no estará abierta para siempre
Chile tiene una oportunidad difícil de repetir. La reducción de la población infantil puede permitir que los recursos lleguen con mayor profundidad, pero esa ventaja pierde sentido si cuatro de cada diez niños continúan creciendo bajo alguna forma de pobreza, 42% vive en barrios con violencia crítica y uno de cada cinco pertenece a un hogar con inseguridad alimentaria. A ello se suma una discusión todavía pendiente sobre la cobertura real de la educación parvularia, donde las mediciones oficiales no entregan una fotografía completamente coincidente.
La caída de la natalidad está obligando al país a preguntarse cuántos seremos mañana. El estudio de Colunga instala una pregunta anterior y probablemente más urgente: qué país estamos construyendo para los pocos niños que están naciendo hoy.
La respuesta dependerá menos de declarar a la infancia como prioridad que de conseguir que los recursos, los cuidados, la salud y la educación lleguen a tiempo, antes de que las desigualdades comiencen a definir trayectorias que después serán mucho más difíciles y costosas de cambiar.



