La cartera minera supera los US$104 mil millones, pero convertir ese potencial en crecimiento dependerá de permisos más eficientes, mayor capacidad de ejecución, infraestructura habilitante y una relación más estrecha entre inversión, territorios, tecnología y capital humano
La próxima década encuentra a la minería nacional frente a una combinación poco habitual: una cartera de inversiones de gran escala, demanda internacional por minerales críticos y proyectos capaces de extender o ampliar la capacidad productiva, pero también operaciones maduras, menores leyes minerales y plazos de ejecución que pueden extenderse durante años.
La magnitud de los recursos comprometidos ya no basta, por sí sola, para anticipar un nuevo ciclo de crecimiento. La diferencia estará en cuánto de esos proyectos logra pasar desde los estudios y anuncios hasta construcción y operación, y en la capacidad para acompañarlos con energía, agua, infraestructura, financiamiento, trabajadores y acuerdos con los territorios donde se instalarán.
Esa brecha adquiere especial importancia al mirar el desempeño reciente de la industria. Una revisión de nueve grandes compañías que operan en el país mostró que cinco producen menos cobre que hace una década, confirmando que mayores inversiones no se traducen automáticamente en nuevas toneladas cuando parte importante del capital debe compensar envejecimiento de activos, menores leyes y capacidad que llega al final de su vida operacional.
En paralelo, Cochilco cifra en US$104.549 millones la cartera minera para el período 2025-2034. El volumen abre una oportunidad para recuperar producción, movilizar empleo y fortalecer cadenas de proveedores, pero también instala una pregunta que atravesará los próximos años: qué condiciones permitirán transformar esa cartera en actividad económica efectiva.
De la cartera récord a proyectos en operación
Buena parte de esa respuesta se juega antes de que comiencen las obras. Nuevas concentradoras, ampliaciones, proyectos de continuidad operacional y desarrollos asociados a cobre y litio necesitan recorrer etapas de ingeniería, evaluación ambiental, autorizaciones sectoriales y financiamiento antes de sumar capacidad productiva.
Durante la Cumbre de la Minería SONAMI 2026, Claudia Rodríguez, vicepresidenta ejecutiva subrogante de Cochilco, situó precisamente ahí la discusión al plantear que una cartera récord debe traducirse en proyectos ejecutados, nueva producción, empleo y crecimiento. Entre las iniciativas que destacó aparecen las nuevas concentradoras de Collahuasi y Escondida y Salares Altoandinos, impulsado por ENAMI y Rio Tinto.
Las condiciones geológicas agregan presión sobre esas inversiones. Marcelo Bustos, CEO de Sierra Gorda SCM, advirtió que los yacimientos con menores leyes obligarán a procesar más material para producir cantidades equivalentes de cobre. La respuesta, explicó, exige operaciones más eficientes, seguras y tecnológicamente preparadas para una minería distinta a la que permitió desarrollar los grandes depósitos durante décadas anteriores.
Los permisos aparecen entonces como parte de la ecuación productiva y no únicamente administrativa. El director del Servicio de Evaluación Ambiental, Arturo Farías, sostuvo que una porción importante de los tiempos de tramitación se utiliza en consolidar observaciones entre los distintos organismos que participan del proceso. La discusión apunta tanto a coordinación pública como a la necesidad de que los proyectos ingresen con antecedentes suficientemente desarrollados.
La política económica también ha comenzado a moverse en esa dirección. El biministro de Economía y Minería, Daniel Mas, ha situado la aceleración de inversiones y la reducción de tiempos de tramitación entre las condiciones para recuperar competitividad minera, manteniendo como principio que una mayor velocidad no implique rebajar estándares.
Esa misma combinación aparece en la mirada de Juan Pablo Schaeffer, vicepresidente de Asuntos Corporativos y Sustentabilidad de Anglo American en Chile, quien vincula permisos con productividad, proveedores y capacidad de ejecución de las compañías.
“Estamos en la senda correcta. Chile tiene historia minera, talento especializado, experiencia y grandes recursos, aunque algunos son más antiguos, con menores leyes y minerales más duros, lo que plantea nuevos desafíos. Tenemos que mejorar la eficiencia de los permisos sin bajar los estándares socioambientales. También debemos mejorar la productividad, y para eso el trabajo con Aprimin y los proveedores es fundamental”, sostuvo el ejecutivo.
Para la mediana minería, el problema incorpora además financiamiento, infraestructura y capacidad para absorber procesos prolongados. Cristián Argandoña, CEO de Las Cenizas y director de SONAMI, planteó que la demanda internacional de cobre abre espacio para crecer, pero que las operaciones medianas enfrentan restricciones distintas a las grandes compañías. Su tesis apunta a procedimientos capaces de reconocer esas diferencias de escala, especialmente cuando se trata de ampliaciones de faenas existentes.
La presión no proviene únicamente de los permisos. Más producción requerirá también más energía, transmisión y agua de mar. Las proyecciones de Cochilco muestran que el consumo eléctrico de la minería del cobre crecerá con mayor velocidad que la producción durante la próxima década, principalmente por menores leyes, concentración y desalación.
Harlan Simonetti Jara, director de Ingeniería Civil Industrial de la Universidad Central Región de Coquimbo, advierte que esas variables ya no pueden abordarse como proyectos separados. “Almacenamiento, transmisión, desalación renovable e hidrógeno verde para desplazar el Diésel de los camiones de extracción no son proyectos aislados, sino piezas de un mismo sistema. Y cuando los mercados comienzan a exigir cobre con huella de carbono trazable, esa integración deja de ser un gesto ambiental y se vuelve ventaja competitiva”, plantea.
Las regiones entran en la ecuación del crecimiento
El segundo movimiento ocurre fuera de las operaciones. Gobernadores de Tarapacá, Antofagasta, Atacama y Coquimbo han comenzado a reclamar una relación más directa entre inversión minera y planificación territorial, entendiendo que carreteras, ciudades, proveedores, educación, conectividad y servicios públicos también forman parte de la competitividad.
Desde Tarapacá, José Miguel Carvajal puso el acento en que la capacidad competitiva del sector se juega tanto dentro como fuera de las faenas. Miguel Vargas, gobernador de Atacama, vinculó las inversiones con educación, salud, gobernanza y acuerdos público-privados, mientras Cristóbal Juliá, en Coquimbo, planteó incorporar con mayor fuerza la actividad minera dentro de la planificación regional y visibilizar el peso de más de mil pequeñas faenas.
Antofagasta ofrece probablemente la expresión más clara de esa transformación. El crecimiento simultáneo de minería, energía, desalación e hidrógeno verde está aumentando la presión sobre carreteras, puertos, conectividad digital, ciudades y servicios públicos de la región. La capacidad para atraer capital empieza así a depender también de la infraestructura y calidad urbana que puede sostenerlo.
Esa relación entre territorio y actividad productiva puede determinar, además, cuánto valor permanece en las regiones. Ricardo Díaz, gobernador de Antofagasta, ha planteado la necesidad de proyectar internacionalmente conocimiento y formación minera, pasando desde una economía concentrada en exportar recursos hacia otra capaz de ofrecer ingeniería, servicios, tecnología y capital humano especializado.
Simonetti lleva esa idea un paso más allá al advertir sobre el riesgo de limitar el papel del norte a proveer recursos naturales. “Si el norte solo aporta sol, agua de mar y mineral, repetiremos la historia del salitre. La diferencia la harán la formación de técnicos e ingenieros en la región, la investigación aplicada en nuestras universidades y una gobernanza que reparta los beneficios donde se asumen los costos. La transición puede transformar el norte, siempre que el conocimiento también se produzca aquí”, sostiene.
El capital humano se convierte, por esa misma razón, en una variable económica. Las compañías necesitan incorporar nuevas generaciones al mismo tiempo que automatización, teleoperación, inteligencia artificial y electrificación modifican las competencias requeridas en faena y en toda la cadena de proveedores.
Jorge Cantallopts, director ejecutivo de CESCO, sitúa esa transformación mucho más allá de la contratación de trabajadores. “La minería puede abrir oportunidades de desarrollo para Chile que van mucho más allá de la extracción de minerales. Pero ese potencial depende de nuestra capacidad de formar e incorporar talento que genere conocimiento, desarrolle tecnología y encuentre soluciones a los desafíos de la industria”, afirma.
La tecnología abre también posibilidades para productores de menor escala. ENAMI ha comenzado a combinar conocimiento geológico con drones, geofísica, teledetección e inteligencia artificial para orientar exploraciones y reducir incertidumbre.
Carolina Cisterna, subgerenta de Exploraciones y Abastecimiento subrogante de la estatal, resume esa lógica desde la continuidad productiva: “Buscamos generar confianza, certeza y continuidad. La exploración temprana no es un lujo, es el puente indispensable para evitar el estancamiento y asegurar que nuestros pequeños productores tengan horizontes productivos claros”.
La próxima década se decide antes de producir
La cartera superior a US$104 mil millones ofrece una base que pocos países mineros poseen, pero el resultado del próximo ciclo no se medirá únicamente por capital anunciado o proyectos ingresados a evaluación. Importará cuántos llegan a construcción, en qué plazos comienzan a producir y cuánto empleo, conocimiento, infraestructura y actividad empresarial generan alrededor de las operaciones.
Las decisiones que se adopten ahora sobre permisos, transmisión, agua, exploración, formación y planificación regional comenzarán a reflejarse varios años después. Allí se jugará buena parte de la posición minera del país hacia la próxima década: no solo en cuántas toneladas sea capaz de producir, sino en cuánto valor consiga construir alrededor de ellas.



