La académica emérita de la Universidad Católica se convirtió en la primera mujer en recibir el galardón. El jurado destacó 62 años de investigación aplicada, innovación y transferencia tecnológica vinculadas a biodiversidad, apicultura y desarrollo productivo chileno
Gloria Montenegro Rizzardini convirtió más de seis décadas dedicadas a estudiar la biodiversidad chilena en un hito para la ciencia nacional. A sus 85 años, la académica emérita de la Pontificia Universidad Católica fue distinguida con el Premio Nacional de Ciencias Aplicadas y Tecnológicas 2026, convirtiéndose en la primera mujer que recibe este reconocimiento.
La decisión fue adoptada por unanimidad y reconoció una trayectoria que ha transitado desde la investigación básica hacia soluciones aplicadas. Su trabajo en flora nativa, productos apícolas y bioprospección permitió desarrollar tecnologías, patentes y productos vinculados a la biodiversidad, con efectos que trascendieron los laboratorios universitarios para alcanzar al sector productivo y comunidades rurales.
Ciencia que llega al territorio
El recorrido de Montenegro conecta con uno de los desafíos que enfrenta Chile: conseguir que el conocimiento científico se traduzca en innovación, productividad y oportunidades más allá de los grandes centros académicos. Ese proceso está comenzando a adquirir una dimensión regional, con nuevos recursos y capacidades que están modificando el mapa de la ciencia e innovación desde los territorios.
Uno de los desarrollos más reconocidos de la académica es Active Patagonia Factor (APF), creado para identificar el poder antibacterial de mieles nativas chilenas. Sus investigaciones permitieron agregar valor a estos productos y avanzar hacia aplicaciones capaces de vincular ciencia, biodiversidad y actividad productiva.
La ministra de Educación y presidenta del jurado, María Paz Arzola, destacó que la elección consideró “su trayectoria en botánica aplicada y desarrollo territorial y productivo”, junto con el tránsito sostenido realizado por Montenegro desde la ciencia básica hacia la innovación, las patentes y la transferencia tecnológica.
Su experiencia también se cruza con un proceso que comienza a mostrar mayor presencia femenina en áreas científicas y tecnológicas. Durante este año, por ejemplo, 55 mujeres iniciaron un programa STEM para escalar proyectos científicos y tecnológicos en Chile, una señal de que la brecha ya no pasa solo por ingresar a estas disciplinas, sino también por liderar innovación y llevar conocimiento hacia proyectos con impacto económico.
Una barrera que cae después de tres décadas
La dimensión histórica del premio aparece precisamente allí. La categoría de Ciencias Aplicadas y Tecnológicas surgió tras la reorganización de los Premios Nacionales establecida en 1992 y comenzó a entregarse en 1993. Montenegro es la primera científica en obtenerla.
La propia Gloria Montenegro puso el reconocimiento en una perspectiva que va más allá de su trayectoria personal y lo vinculó con las oportunidades que pueden abrirse para nuevas generaciones de científicas. “Abro el camino para que más mujeres lo ganen. Tenemos que seguir trabajando juntos, hombres y mujeres, y valorar el trabajo de cada uno”, afirmó la académica tras conocer la decisión del jurado
Su carrera incluye más de 100 artículos científicos indexados, publicaciones especializadas y de divulgación, además de patentes asociadas al desarrollo de productos derivados de la biodiversidad chilena. En 1998 también se convirtió en la primera latinoamericana reconocida con el Premio Internacional L’Oréal UNESCO For Women in Science.
El premio llega, además, en un momento en que Chile intenta conectar de manera más estrecha investigación, productividad y desarrollo territorial. La Estrategia Nacional de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación 2026 plantea precisamente fortalecer el vínculo entre conocimiento científico, crecimiento sostenible, empresas y necesidades de los territorios.
Montenegro representa una trayectoria donde esa relación comenzó a materializarse mucho antes: desde el estudio de plantas y flora nativa avanzó hacia productos, certificaciones y aplicaciones vinculadas con sectores productivos, especialmente la apicultura.
A los 85 años, el Premio Nacional incorpora su nombre a la historia de la ciencia aplicada chilena y abre por primera vez esta categoría a una mujer. Su legado, sin embargo, también se encuentra fuera de la distinción: en demostrar que investigación, biodiversidad e innovación pueden convertirse en conocimiento con impacto económico y territorial.



