El Gobierno cumple 100 días entre encuestas adversas, crisis comunicacionales y promesas que chocan con la realidad. Kast conserva el libreto, pero gobernar exige más que atreverse, repetir que todo va a estar bien y culpar al antecesor
Durante la campaña, José Antonio Kast repitió hasta el cansancio una frase tranquilizadora: “todo va a estar bien”. La promesa condensaba el tono de su candidatura: orden, seguridad, crecimiento, autoridad y un cambio rápido de rumbo. Pero a 100 días de gobierno, la frase ya no funciona como consigna. Ahora exige prueba.
El programa presidencial de Kast tiene 204 páginas, 72.986 palabras extraídas y 22 ejes programáticos ordenados bajo una misma consigna: “Atrévete”. La palabra “atrévete” aparece 33 veces como término exacto y la familia de palabras asociada a atreverse suma 44 menciones.
No era una minuta de campaña. Era una promesa extensa sobre seguridad, migración, crecimiento, Estado, familia, regiones, salud, educación y pensiones. La vara no la puso la oposición. La puso el propio Presidente.
Kast prometió crecer más que Gabriel Boric, crear más empleo, atraer más inversión, expulsar migrantes irregulares y enfrentar la delincuencia con mano implacable. Tres meses después, la realidad es bastante menos épica: el crecimiento proyectado sigue bajo, el desempleo presiona, las inversiones no se destraban por decreto, las expulsiones avanzan lejos de la escala ofrecida y la seguridad continúa como deuda abierta.
El programa decía que había que atreverse. La realidad le está respondiendo que gobernar era bastante más difícil.
El primer golpe fue interno
Antes de cumplir tres meses, Kast realizó el cambio de gabinete más rápido desde el retorno a la democracia, con la salida de Trinidad Steinert desde Seguridad Pública y Mara Sedini desde la Secretaría General de Gobierno. No fue un ajuste menor: tocó dos áreas críticas para cualquier administración que prometió autoridad y eficacia, seguridad y comunicación política.
La salida de Steinert expuso una contradicción difícil de maquillar. El Gobierno que prometió enfrentar la delincuencia con decisión tuvo que remover tempranamente a su ministra de Seguridad. Lo mismo ocurrió con Sedini, cuya vocería no logró ordenar el relato gubernamental en semanas marcadas por errores comunicacionales, polémicas sobre el Estado “en quiebra” y dificultad para explicar decisiones sensibles. A esa altura, las promesas ya empezaban a chocar con la instalación real del Gobierno.
La comunicación como pirotecnia
El problema no es únicamente que el Gobierno haya cometido errores. El problema es que parece necesitar un conflicto nuevo cada semana para sostener el control de la agenda. Seguridad, migración, crisis fiscal, Codelco, Censo, Grau, menores haitianos y el fallido relato del Estado “en quiebra” han sido usados como señales de una herencia crítica.
Varios asuntos son graves, pero el uso comunicacional de cada crisis empieza a mostrar un patrón: mantener a Boric en el centro para evitar que el foco caiga sobre los resultados propios.
La frase de Gonzalo Winter resume bien esa crítica: “El Gobierno necesita fuegos artificiales todos los días”. Puede ser una cuña opositora, por cierto. Pero toca un punto sensible. Cuando un gobierno requiere instalar una emergencia diaria, el riesgo es que la emergencia deje de ordenar la acción pública y termine reemplazando la gestión.
El episodio del Estado “en quiebra” fue el primer gran síntoma. La frase buscó instalar una imagen dura de la herencia recibida, pero terminó generando un problema institucional, con la Contraloría cuestionando publicaciones oficiales de Segegob. La comunicación quiso producir impacto. El efecto fue otro: la propia estrategia comunicacional quedó bajo observación.
El caso de los menores haitianos mostró otra frontera delicada. Se trata de un hecho grave, que exige investigar responsabilidades, ubicar a los niños y revisar fallas institucionales. Pero incluso ahí el Gobierno intentó convertir la crisis heredada en prueba de su relato general: todo estaba peor, todo fue ocultado, todo confirma la emergencia.
El problema es que cuando las instituciones fallan en el seguimiento de menores migrantes, la prioridad no puede ser solo comunicacional. Tiene que ser estatal, judicial y humana.
Encuestas y economía bajan el tono
Ese desgaste ya tiene costo ciudadano. La primera encuesta CEP de su mandato mostró una aprobación de 34% y una desaprobación de 52%. Más grave todavía: 67% declaró tener poca o ninguna confianza en que cumplirá sus promesas de campaña. El golpe aparece justo donde el Ejecutivo buscaba mostrar fortaleza: confianza, capacidad de diálogo y cumplimiento de promesas.
La principal reforma económica tampoco camina limpia. El Plan de Reconstrucción Nacional y Desarrollo Económico y Social enfrenta reparos del Consejo Fiscal Autónomo, observaciones de la Corte Suprema y advertencias del Fondo Monetario Internacional. No es solo crítica opositora. Son organismos técnicos advirtiendo que la reforma emblema necesita más sustento y menos épica. Esa discusión ya instaló dudas sobre los reparos técnicos al proyecto de Reconstrucción Nacional.
El relato económico también perdió comodidad. El Banco Central recortó su proyección de crecimiento para 2026, mientras el desempleo sigue presionando y Hacienda ya reconoció que no cumplirá el equilibrio fiscal prometido por el Presidente Kast. El Gobierno insiste en que heredó una situación compleja. Puede ser cierto. Pero esa explicación tiene fecha de vencimiento.
La vara que él mismo levantó
Kast no puede pedir indulgencia como si hubiese llegado con un programa moderado. Su campaña elevó expectativas. Prometió crecer más que Boric, generar más empleos, atraer más inversión, expulsar inmigrantes irregulares y enfrentar la delincuencia de forma implacable. A 100 días, nada de eso ha ocurrido con la fuerza prometida.
En migración, una de sus banderas más duras, el contraste es especialmente incómodo. La promesa de expulsar a 300 mil migrantes desde el primer día terminó relativizada por el propio Presidente como “era una metáfora”. Para un Gobierno que hizo campaña prometiendo certezas, esa frase no fue una aclaración: fue una grieta.
Culpar al pasado sirve para ordenar un diagnóstico. No sirve para reemplazar un plan. Decir “todo va a estar bien” puede tranquilizar una campaña. No alcanza para sostener un gobierno. Y cuando un Presidente convierte la eficacia en bandera moral, cada meta incumplida deja de ser un dato técnico y pasa a ser un problema de credibilidad.
Por ahora, atreverse ya no alcanza. Culpar al otro tampoco. La realidad empezó a corregir el programa y, cuando un Presidente llega prometiendo eficacia, cada incumplimiento se convierte en una prueba de poder.



