La rectora de la Universidad de O’Higgins analiza las barreras que limitan el acceso femenino a espacios de decisión, el peso del centralismo y la necesidad de consolidar liderazgos regionales capaces de incidir efectivamente en el país
Las mujeres son mayoría entre quienes ingresan hoy a la Universidad de O’Higgins, pero esa presencia disminuye cuando la mirada se desplaza hacia los espacios de alta dirección. Para Fernanda Kri Amar, rectora de la UOH, esa distancia muestra que ampliar el acceso a la educación superior no basta si las oportunidades de desarrollo y liderazgo no avanzan al mismo ritmo.
En ese recorrido aparecen barreras que exceden la formación académica. Estereotipos sobre los ámbitos profesionales donde pueden desarrollarse las mujeres, mayores responsabilidades de cuidado y dificultades para acceder a redes y experiencias relevantes siguen influyendo en las posibilidades de alcanzar posiciones desde donde se toman decisiones.
La trayectoria también está marcada por el territorio. Desde una universidad estatal ubicada en O’Higgins, Kri plantea que el centralismo continúa concentrando recursos, redes y espacios de influencia en Santiago. En esta entrevista con PL Mujer, aborda ambas dimensiones y pone el foco en las condiciones necesarias para que más mujeres puedan construir liderazgos e incidir en el país sin abandonar sus regiones.
Más de la mitad de quienes ingresan hoy a la Universidad de O’Higgins son mujeres, pero cuando se observa quiénes encabezan universidades, empresas e instituciones públicas, esa presencia disminuye con fuerza. ¿Qué ocurre en el camino entre la formación de esas mujeres y su llegada a posiciones reales de poder?
La formación abre puertas, pero no elimina por sí sola las barreras que aparecen después. Las mujeres siguen enfrentando estereotipos sobre las áreas en que pueden desarrollarse, mayores responsabilidades de cuidado y dificultades para acceder a las redes y experiencias que suelen pesar en la selección de quienes dirigen instituciones.
Por eso, si queremos más mujeres tomando decisiones, debemos mirar toda su trayectoria, desde el ingreso a una carrera hasta las oportunidades de desarrollo y promoción profesional.
En la UOH tenemos una responsabilidad concreta. Participamos en el cupo Más Mujeres Científicas, que amplía las oportunidades de ingreso a carreras de ciencia, tecnología, ingeniería y matemática, áreas donde la presencia femenina ha sido históricamente menor. También debemos dar oportunidades de liderazgo dentro de la propia Universidad.
Hoy, además de mí, la mayoría de los principales cargos del gobierno central de la Universidad están ocupados por mujeres, como por ejemplo las vicerrectorías de Administración y Finanzas, e Investigación y Postgrado, además de la mitad de las jefaturas de direcciones. Son avances que valoramos, pero el desafío es que esas oportunidades se sostengan y se amplíen.
Usted dirige una universidad estatal desde una región ubicada a poco más de una hora de Santiago. ¿Chile continúa concentrando en la capital no solo los recursos y las oportunidades, sino también las redes desde donde se construyen los principales liderazgos políticos, empresariales y académicos?
Sí. La cercanía geográfica con Santiago no significa que O’Higgins tenga el mismo acceso a recursos, espacios de decisión o redes de influencia. Durante mucho tiempo, muchas personas de la región tuvieron que emigrar para estudiar una carrera universitaria. Eso también influyó en dónde se formaban los equipos capaces de investigar, asesorar a instituciones y conducir proyectos de mayor escala.
La existencia de una universidad estatal en O’Higgins está cambiando esa realidad. Hoy más de 9.000 estudiantes se están formando en la UOH y más de 2.000 profesionales ya han egresado de ella. La Universidad reúne capacidades para investigar las materias que tienen impacto en nuestro territorio, formar especialistas y colaborar con servicios públicos, comunidades y sectores productivos desde la propia región.
No resuelve por sí sola el centralismo, pero permite que O’Higgins genere conocimiento, talento y liderazgos propios, con capacidad de participar también en las decisiones nacionales.
La UOH está formando a miles de jóvenes de la Región de O’Higgins. ¿El gran desafío ahora es evitar que ese capital humano termine migrando a Santiago por falta de oportunidades para desarrollar carreras de alta responsabilidad en la propia región?
Efectivamente, además de crear las capacidades formativas que está aportando la UOH, tenemos el desafío de hacer que la opción de quedarse en O’Higgins sea atractiva y ofrezca reales posibilidades de desarrollo. Queremos que nuestras y nuestros titulados puedan crecer profesionalmente aquí, asumir responsabilidades, emprender e innovar. Al mismo tiempo, una universidad debe formar personas libres para construir su camino donde elijan.
Los antecedentes que hemos presentado son alentadores. En la Encuesta de Seguimiento de Tituladas y Titulados UOH 2025, dada a conocer este año, el 87,5% de tituladas y titulados de nuestra universidad trabaja en la Región de O’Higgins, y aporto otro dato importante: del 94% de ellos lo hace en ámbitos directamente relacionado con la carrera que estudió.
Es una señal importante de arraigo, aunque debemos seguir observando sus trayectorias en el tiempo. Nuestra tarea es formar profesionales y, junto con otros actores, contribuir a que existan más oportunidades de trabajo especializado y de liderazgo en la región. Eso requiere fortalecer vínculos con el sector público, los servicios de salud, las comunidades y el mundo productivo.
Para una mujer que quiere llegar a posiciones de alta dirección desde una región, ¿sigue siendo necesario insertarse en redes construidas principalmente en Santiago? ¿Qué tan difícil es romper esa concentración del poder y de las oportunidades?
Es innegable que el centralismo sigue siendo una realidad en Chile, pero no deberíamos aceptar que la única manera de llegar a una posición de alta dirección sea validar primero una trayectoria en la capital.
Romper esa concentración exige abrir los espacios donde se concentra el poder. También exige que las instituciones de regiones construyamos redes entre nosotras y hagamos visible el conocimiento que se genera en nuestros territorios.
Una mujer que lidera desde O’Higgins debe poder incidir en el país desde O’Higgins, sin tener que dejar atrás la región para que se reconozcan sus capacidades.
Hoy hay más mujeres encabezando universidades chilenas que hace una década. ¿Estamos realmente frente a un cambio estructural en la distribución del poder o todavía dependemos de trayectorias excepcionales? ¿Qué indicador demostraría que ese cambio ya se consolidó?
Estamos viendo avances que hace una década eran mucho menos frecuentes, pero todavía es pronto para dar por consolidado el cambio. Hoy compartimos espacios en el Consejo de Rectoras y Rectores con más mujeres que han llegado a conducir universidades. Este año, además, Marisol Durán, rectora de la UTEM, fue elegida como la primera presidenta del Consorcio de Universidades del Estado de Chile, un hito relevante para el sistema público.
Para mí, la prueba de un cambio estructural será que la llegada de una mujer a una rectoría deje de considerarse excepcional. Eso se podrá observar en una presencia sostenida de mujeres en rectorías y otros cargos de decisión, que les ofrezcan oportunidades equivalentes; y en liderazgos que surjan de universidades de distintas regiones.
El indicador más convincente será la continuidad: que, cuando termine el período de una rectora, resulte natural que otra mujer pueda sucederla.
Del talento regional a una nueva generación de liderazgos
El próximo salto no dependerá únicamente de cuántas mujeres alcancen una rectoría o un cargo directivo, sino de si el sistema consigue normalizar trayectorias diversas hacia esos espacios. Eso supone que formación, experiencia, redes y oportunidades de conducción dejen de operar como barreras acumulativas y formen parte de recorridos profesionales abiertos a más mujeres.
Para regiones como O’Higgins, ese proceso puede adquirir una dimensión adicional: convertir la capacidad formativa instalada en un ecosistema que genere investigación, innovación, emprendimiento y conducción institucional de alcance nacional. Si esa transformación madura, el liderazgo regional dejará de medirse por su cercanía con Santiago y comenzará a expresarse por su capacidad de incidir desde el territorio.



