La presidenta del Partido Socialista y senadora por el Maule aborda la distancia entre representación y poder efectivo, los costos que enfrentan las mujeres al ejercer autoridad y el desafío de ampliar liderazgos femeninos en política chilena
La presencia femenina en el Senado alcanzó el 32% en el período legislativo iniciado en 2026: 16 de sus 50 integrantes son mujeres. La cifra marca un aumento respecto del período anterior, pero abre una pregunta que va más allá de la composición del Congreso: cuánto de esa mayor representación se traduce en capacidad para negociar, administrar recursos, definir candidaturas y conducir organizaciones políticas.
Paulina Vodanovic, presidenta del Partido Socialista y senadora por la Región del Maule, ocupa dos espacios desde los cuales esa discusión adquiere una dimensión concreta. Actualmente encabeza la mesa ejecutiva del PS y representa al Maule en el Senado para el período 2026-2034. Desde esa posición, plantea que ampliar la presencia femenina no necesariamente elimina las diferencias que persisten en los circuitos donde se construyen acuerdos y se distribuye poder.
En conversación con Poderyliderazgo.cl, Vodanovic aborda esa distancia entre estar representadas y ejercer poder efectivo, junto con los costos asociados al ejercicio femenino de la autoridad y la formación de nuevos liderazgos. Una dimensión que también cruza los estereotipos ligados a emociones y autoridad, especialmente cuando atributos como firmeza, carácter o capacidad de decisión reciben valoraciones distintas según quién ejerce el liderazgo.
El Partido Socialista se define estatutariamente como feminista y establece mecanismos de paridad en sus órganos internos. ¿Esas reglas han logrado distribuir realmente el poder entre hombres y mujeres dentro del partido o la igualdad formal todavía convive con espacios de decisión dominados mayoritariamente por hombres?
Creo que sería un error desconocer lo que la paridad ha significado para nuestro partido. Los mecanismos aprobados constituyen acciones concretas para avanzar hacia la igualdad sustantiva y fortalecer la democracia. Las mujeres somos la mitad de la población y, por lo tanto, es justo y democrático que tengamos una participación equivalente en los espacios de poder.
La igualdad no se consigue simplemente dejando que las cosas pasen. Las acciones afirmativas existen precisamente porque las desigualdades estructurales no se corrigen esperando el paso del tiempo. Estos mecanismos han permitido que hoy tengamos una representación paritaria, al menos numéricamente, en las instancias colectivas del partido y que liderazgos nuevos, como el mío, que no provenían de las estructuras tradicionales, puedan abrirse camino y ganar visibilidad.
Sin embargo, eso no cambia el hecho de que, en casi cien años de historia del Partido Socialista, solo dos mujeres hemos ejercido su presidencia: Isabel Allende y yo.
Lo que veo con preocupación es lo que ocurre en la política informal. Ahí la desigualdad se hace mucho más evidente. Son los hombres los que integran los grupos de presión, instalan opinión, definen qué temas se priorizan y establecen las formas en que se negocia y se construyen los acuerdos.
Por eso, abrir los espacios era indispensable, pero no suficiente. Necesitamos que las mujeres puedan participar en las mismas condiciones y con las mismas oportunidades en las negociaciones, en la administración de recursos y elaboración de presupuestos, en la definición de candidaturas y en el acceso a las redes políticas que permiten proyectar nuevos liderazgos.
Ahí todavía tenemos una deuda, y un partido que defiende la igualdad tiene que ser especialmente exigente consigo mismo. Ya dimos un paso importante al garantizar la presencia de las mujeres. Ahora tenemos que avanzar decididamente en la distribución real del poder.
Las mujeres han aumentado su presencia en el Congreso y en las estructuras partidarias, pero siguen siendo menos las que encabezan partidos, controlan negociaciones políticas o acceden a candidaturas altamente competitivas. ¿Dónde está hoy el principal obstáculo para transformar representación femenina en poder político efectivo?
Para mí el principal obstáculo sigue siendo bastante evidente y está directamente vinculado con la pregunta anterior: todavía somos pocas mujeres en los espacios donde se toman las decisiones. En Chile representamos aproximadamente un tercio del Congreso. En el Senado, por ejemplo, somos el 32%, y la brecha es global: las mujeres ocupan apenas el 27% de los escaños parlamentarios del mundo.
Según fuentes internacionales, alcanzar una participación igualitaria de mujeres y hombres en las más altas posiciones de decisión política podría tardarnos alrededor de 130 años. Es un panorama desalentador y pone en evidencia que no estamos haciendo lo suficiente.
La participación de las mujeres importa no solamente por una cuestión de justicia o de representación. Quién está sentado en la mesa también influye en los temas que llegan a ella. Las parlamentarias en el mundo han tenido un papel especialmente relevante en impulsar materias como violencia de género, licencias parentales, cuidados infantiles, pensiones, legislación sobre igualdad y reformas electorales.
Las legisladoras priorizamos políticas sociales porque el bienestar de la sociedad, en su conjunto, es una prioridad para nosotras las mujeres. Esto no significa que todas las mujeres pensemos igual ni que por el solo hecho de ser mujer exista una determinada posición política. Pero cuando la mitad de la población está subrepresentada, también están subrepresentadas sus experiencias, sus necesidades y su capacidad de poner determinados problemas en la agenda pública.
Usted preside uno de los partidos históricos de Chile y debe negociar, ordenar posiciones internas y enfrentar conflictos políticos. ¿Una mujer que ejerce poder sigue pagando un costo distinto al de un hombre cuando impone autoridad o disputa espacios de liderazgo?
Sí. Las mujeres todavía pagamos un costo distinto cuando ejercemos poder, ponemos límites, tomamos decisiones difíciles o disputamos espacios de liderazgo. Hemos avanzado muchísimo, pero todavía existen estereotipos muy instalados. Muchas veces, una conducta que en un hombre se reconoce como firmeza o liderazgo, en una mujer se juzga de otra manera.
Eso se expresa en cosas muy cotidianas. A las mujeres todavía se nos pregunta con quién dejamos a nuestros hijos cuando tenemos que trabajar o viajar, algo que rara vez se les pregunta a nuestros compañeros hombres. Se comenta cómo nos vestimos, si estamos más flacas o más gordas, si somos demasiado duras o demasiado emocionales.
Cuando ejercemos autoridad, muchas veces se nos exige hacerlo sin incomodar demasiado. Pareciera que tenemos que demostrar permanentemente que somos capaces de ejercer el poder, pero cuidando que a nadie le moleste que lo hagamos.
Y no es solo una sensación. Existen datos concretos que muestran hasta dónde pueden llegar esos prejuicios. El propio Servel ha estado midiendo lo que pasa en redes sociales y, durante las elecciones de 2025, detectó más de 15 mil publicaciones tóxicas. El 54% de ese contenido se concentró en candidatas mujeres.
También lo vimos durante la última elección presidencial. Basta recordar cómo se trató tanto a Jeannette Jara como a Evelyn Matthei. Más allá de nuestras diferencias políticas, ambas enfrentaron ataques personales, descalificaciones y la circulación de información falsa que buscaba poner en duda sus capacidades y debilitar sus liderazgos.
Ahí hay algo que no podemos normalizar. Una cosa es la crítica política, que es legítima y necesaria en democracia, y otra muy distinta es recurrir a la violencia y la desinformación para desacreditar a una mujer que está disputando espacios de poder. Hoy las redes sociales hacen que esa violencia se expanda mucho más rápido y llegue mucho más lejos, amplificando el daño.
Por eso me parece importante que Chile haya reconocido expresamente la violencia política contra las mujeres en la Ley N.º 21.675. Es un avance que valoro, pero una ley por sí sola no cambia la realidad. Hay que poner recursos detrás de ella, porque donde ponemos los recursos también mostramos cuáles son nuestras prioridades. Esto no puede depender del gobierno de turno: la violencia política afecta a mujeres de izquierda, de centro y de derecha.
Su partido ha advertido sobre posibles retrocesos en derechos de las mujeres durante el actual ciclo político. ¿Cuáles son las materias en las que el PS plantea que no debería retrocederse y cuáles deberían ser hoy las nuevas prioridades de una agenda de género?
Yo creo que tenemos que hacer las dos cosas al mismo tiempo: defender lo que hemos conquistado y seguir avanzando. No estamos dispuestas a retroceder en nada. Cada uno de los derechos que hoy tenemos las mujeres ha sido una conquista, fruto de décadas de organización y lucha de muchas mujeres que nos antecedieron. Ninguno ha sido un regalo.
Hay una advertencia de Simone de Beauvoir que me parece especialmente vigente: “Basta una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados”. Y eso es justamente lo que estamos viendo en nuestro país y en distintas partes del mundo. Derechos que creíamos consolidados hoy vuelven a estar en discusión y riesgo.
Lo vemos en la situación del programa INDAP-PRODEMU, que ha acompañado durante décadas a las mujeres rurales; en la discusión sobre sala cuna, donde tenemos diferencias importantes porque queremos una universalidad real, sin letra chica ni copagos; y en la incertidumbre sobre el futuro de las cuotas de género, que respecto de las elecciones parlamentarias termina en 2029.
Son temas distintos, pero todos nos recuerdan que los avances necesitan recursos, voluntad política y una institucionalidad que los sostenga, y de eso hoy no tenemos certeza alguna.
La agenda de género que necesitamos para los próximos años tiene que hacerse cargo de los problemas reales y cotidianos de las mujeres, no ser una agenda de élite ni una conversación que se quede solamente entre quienes estamos en política.
Una agenda que le hable a la mujer que no puede salir a trabajar porque no tiene con quién dejar a sus hijos, a la que trabaja y gana menos que sus compañeros, a la que cuida a sus padres mayores, a la mujer rural que necesita apoyo para sacar adelante su emprendimiento y a todas las que necesitan una salud pública que las acompañe durante toda su vida, no solamente cuando están embarazadas o son madres.
Personalmente, como presidenta del Partido Socialista y senadora por el Maule, seguiré trabajando en estas materias y en abrir más espacios de liderazgo y toma de decisiones para las mujeres, porque cuando las mujeres ejercemos el poder también ponemos sobre la mesa las necesidades de otras mujeres e impulsamos decisiones que mejoran sus vidas.
Michelle Bachelet llegó dos veces a La Moneda. ¿Por qué un sector que ha incorporado el feminismo a su identidad no ha conseguido, más de una década después, proyectar otra mujer hacia una candidatura presidencial con similar protagonismo?
Creo que sería un error pensar que tenemos que encontrar “otra Michelle Bachelet”. Los liderazgos no se repiten y cada generación tiene que construir los suyos. La presidenta Bachelet fue un liderazgo excepcional, pero justamente por eso la pregunta que debemos hacernos es cómo generamos las condiciones para que muchas más mujeres puedan recorrer ese camino hacia los espacios más altos del poder.
Hoy el Partido Socialista cuenta con tres senadoras, algo inédito en nuestra historia, y hemos hecho esfuerzos por apoyar y fortalecer liderazgos femeninos a lo largo del país, desde concejalas y alcaldesas hasta nuestras parlamentarias. Sabemos que aún queda mucho por hacer y que persisten brechas importantes, por eso seguimos trabajando para que cada vez más mujeres tengan oportunidades reales de ejercer liderazgo y acceder a los espacios de poder.
No basta con hablar de igualdad o incorporarla en nuestros programas. Tenemos que mirar cómo estamos distribuyendo las oportunidades, los recursos, las candidaturas competitivas y los espacios de conducción. No podemos esperar que cada veinte años aparezca una mujer extraordinaria; tenemos que construir las condiciones para que muchas mujeres puedan desarrollar sus liderazgos y proyectarse políticamente.
Michelle Bachelet rompió el techo de cristal, y lo hizo para todas las mujeres y niñas chilenas. Nos permitió imaginar un país donde una mujer podía estar a la cabeza, tomar las decisiones más importantes y conducir con un estilo propio. Hoy las niñas pueden crecer sabiendo que llegar a la Presidencia es una posibilidad real para ellas.
Y creo que ese tiene que ser su gran legado: que no tengamos que esperar a otra Michelle Bachelet para volver a tener una mujer Presidenta, sino que existan muchas mujeres preparadas y con oportunidades reales de llegar hasta ahí.
Lo que viene después de la representación
La elección parlamentaria de 2029 será la última contemplada por el mecanismo transitorio de cuota de género vigente, que establece que ningún sexo puede superar el 60% de las candidaturas parlamentarias presentadas por un partido. El término de ese período volverá a situar sobre los partidos la pregunta por las reglas y prácticas con que seleccionan, financian y proyectan sus candidaturas.
Los próximos ciclos políticos permitirán observar si el aumento de mujeres en cargos electivos se refleja también en una mayor presencia en conducción partidaria, negociación y administración de recursos. La pregunta excede al Congreso: la presencia femenina en el mapa territorial del Estado forma parte de un debate más amplio sobre quiénes acceden a los distintos niveles donde se adoptan decisiones públicas.



