Por Cristina Fritz. Cofundadora de Digital eXp, Enterprise Technology Company
Judson Althoff, jefe del negocio comercial de Microsoft, anunció en el blog de la compañía la creación de Microsoft Frontier Company: US$2.500 millones y unos 6.000 profesionales que van a trabajar dentro de las oficinas de los clientes, diseñando, construyendo y operando junto a ellos sus sistemas de inteligencia artificial. La encabeza Rodrigo Kede Lima, hasta hace poco presidente de Microsoft Asia.
Conviene precisar qué no es, porque el nombre confunde. No es una empresa aparte: cuando GeekWire preguntó directamente, Microsoft evitó llamarla así, y la mayoría de esas 6.000 personas ya trabajaba ahí. Tampoco es un gesto de buena voluntad hacia clientes que no logran despegar.
Microsoft está defendiendo un negocio. Los modelos se están abaratando y pareciéndose entre sí mes a mes, el margen se corrió hacia los servicios que hacen falta para que la tecnología rinda dentro de una organización, y ese mercado es bastante más grande que el de vender modelos. Nadie compromete US$2.500 millones por generosidad.
El punto no es lo que hizo Microsoft. Es que no fue la única empresa en hacerlo.
Amazon anunció US$1.000 millones para lo mismo dos días antes. OpenAI levantó más de US$4.000 millones junto al fondo TPG y creó una compañía dedicada exclusivamente a implementar. Anthropic se asoció con Goldman Sachs, Blackstone y Hellman & Friedman en una operación de US$1.500 millones con idéntico propósito.
Sumados los cuatro anuncios, son cerca de US$9.000 millones comprometidos en menos de sesenta días. No se trata de un fondo común ni de una alianza: son cuatro competidores directos que, por separado y casi al mismo tiempo, llegaron a la misma conclusión: Que el cuello de botella dejó de estar en la tecnología y pasó a estar en la capacidad de las empresas para hacerla funcionar.
Es una conclusión incómoda para quienes llevan dos años comprando licencias.
Primeros de la región, doceavos en la industria
El Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial, que elaboran el Centro Nacional de Inteligencia Artificial y la CEPAL, tiene a Chile en el primer lugar regional por tercer año consecutivo. En adopción de inteligencia artificial generativa el país anota 78,7 puntos, el mejor de América Latina.
El mismo índice mide adopción productiva, es decir, inteligencia artificial funcionando dentro de la industria y moviendo resultados. Ahí Chile obtiene 39,3 puntos y cae al lugar 12 entre 19 países. La brecha entre esos dos números es, en la práctica, todo el problema chileno. Somos buenos usando la herramienta y bastante malos incorporándola al negocio.
El estudio Estado de la adopción de IA en empresas chilenas, que la consultora MAS Analytics publicó en abril y que encuestó a 166 ejecutivos y gerentes de sectores clave, aterriza esa brecha con números locales: el 68,1% de las organizaciones sigue en exploración o pilotos iniciales, y apenas el 3,6% ha logrado escalar sus iniciativas con retornos medibles. Es una muestra acotada, conviene decirlo, pero coincide con lo que uno ve en las mesas de directorio.
El dato que nadie está comentando
Del estudio de MAS Analytics se ha citado mucho el 3,6%. El número que a mí me parece más revelador es otro. Cuando se les preguntó por las barreras para adoptar inteligencia artificial, los ejecutivos mencionaron el presupuesto en el 1,2% de las respuestas.
Arriba de la lista aparecieron el gobierno de los datos, con 34,3%; la cultura organizacional y la resistencia al cambio, con 23,5%; y la dificultad para integrar información entre áreas, con 21,7%. Ninguna de esas tres se resuelve firmando una orden de compra.
Lo que estamos viendo en Chile es el resultado previsible de haber tratado un problema de organización como si fuera un problema de abastecimiento. Se compran herramientas porque están de moda, cada gerencia contrata la suya, los pilotos no se hablan entre sí y nadie define quién responde por los datos.
Al final del ejercicio la empresa no se transformó: le puso una capa nueva de desorden encima del desorden que ya tenía, con información fragmentada, aplicaciones duplicadas, costos que suben y datos sensibles circulando por plataformas que nadie gobierna del todo.
La letra chica
Microsoft está prometiendo algo que suena bien: libertad para elegir el modelo que mejor sirva a cada tarea y cambiarlo cuando deje de convenir, sin quedar amarrado a un proveedor. Satya Nadella lleva meses insistiendo en que una empresa debería poder reemplazar un modelo por otro sin perder el conocimiento que construyó encima.
Habrá que ver cómo funciona eso en la práctica. Cuando son los ingenieros de un proveedor los que construyen el sistema desde adentro, la arquitectura resultante tiende a quedar apoyada en su nube y en sus herramientas. La libertad de cambiar de modelo probablemente sea real. La de cambiar de plataforma, mucho menos. La dependencia no desaparece, cambia de nivel.
No es motivo para no avanzar, pero sí para negociar sin ingenuidad y para que el diseño de la arquitectura quede en manos de la empresa y no del proveedor que la está implementando.
Cuatro preguntas para la próxima sesión de directorio
Esta discusión dejó de ser técnica hace rato. Es una discusión de gobierno corporativo, y por lo tanto le corresponde al directorio, no a la gerencia de tecnología.
Antes de aprobar la próxima compra, un directorio debería exigir cuatro respuestas. Qué problema concreto del negocio se va a resolver, con nombre de proceso, de costo o de cliente, y no un genérico “vamos a implementar IA”.
Con qué información se va a alimentar el sistema y quién responde por su calidad, porque si nadie es dueño de los datos no hay proyecto que sobreviva. Quién controla las decisiones que se automaticen y cómo se revierten, con un responsable identificable. Y cómo se va a medir el retorno y en qué plazo, definido antes de partir y no inventado después para justificar el gasto.
Si esas cuatro preguntas no tienen respuesta, lo que hay no es un problema de inteligencia artificial. Es un problema de gobierno, y ninguna licencia lo arregla.
Los proveedores más grandes del mundo acaban de gastar miles de millones en reconocer que la tecnología por sí sola no cambia una empresa. Las compañías chilenas que lo entiendan ahora van a tomar una distancia difícil de recuperar. Las otras van a seguir sumando pilotos, licencias y presentaciones sobre innovación, sin que nada de eso aparezca en sus resultados.
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