Por Maritza Blanco V. Master en Dirección de Comunicaciones
“Enfadarse es fácil, pero enfadarse con la persona adecuada, en el momento oportuno, con el propósito justo y de la forma correcta no resulta sencillo”. Así lo planteaba el filósofo Aristóteles en su obra Ética a Nicómaco, alrededor del año 349 a. C.
Más de dos mil años después, aquella reflexión constituye uno de los fundamentos de lo que hoy entendemos como Inteligencia Emocional (IE), concepto que el psicólogo estadounidense Daniel Goleman desarrolló magistralmente a partir de 1995 y que transformó la manera de comprender las relaciones humanas.
Para Goleman, la inteligencia emocional es la capacidad de reconocer, comprender y gestionar las propias emociones, así como de relacionarse eficazmente con los demás. El autor identifica cinco componentes fundamentales de la inteligencia emocional que adquieren especial relevancia en quienes ejercen roles de liderazgo: autoconciencia, autorregulación, motivación, empatía y habilidades sociales.
La autoconciencia implica comprender las propias emociones y reconocer cómo estas pueden afectar a los demás. La autorregulación gestiona impulsos y reacciones frente a situaciones complejas. La motivación sostiene el compromiso y moviliza a otros hacia un propósito. La empatía facilita el comprender emociones y perspectivas de quienes nos rodean, y las habilidades sociales permiten construir vínculos, comunicarse eficazmente y relacionarse de manera adecuada.
Y aunque pueda parecer sencillo todo esto, no lo es…. la autogestión emocional es una de las capacidades más difíciles de desarrollar y precisamente por ello, es una de las cualidades que distingue a un buen líder.
Y planteo la pregunta: ¿qué pueden tener en común personajes históricos como Jesús, Nelson Mandela, Martin Luther King o Winston Churchill?
Más allá del contexto histórico y convicciones, todos ellos fueron capaces de persuadir, comunicar, dirigir, influenciar, inspirar, motivar y perseverar frente a escenarios complejos. Porque no hay liderazgo sin seguidores, no hay influencia sin persuasión y no hay confianza sin coherencia.
El liderazgo entonces, puede entenderse como el arte de persuadir a otros para movilizarlos hacia el logro de un objetivo común. Y para ejercerlo de manera efectiva no basta con poseer determinadas cualidades personales: también es necesario comprender el comportamiento, el entorno y el contexto en el que se toman las decisiones.
Desde una perspectiva conductual y situacional, el líder es quien inicia, orienta y organiza el trabajo, pero también quien contribuye a construir un clima adecuado para que las personas puedan desarrollarse. Un buen líder debe ser capaz de adaptarse a contextos cambiantes sin perder de vista el propósito.
Un verdadero líder reconoce las fortalezas y debilidades de otros. No busca imponer miedo, sino desarrollar capacidades, genera respeto y admiración a partir de la confianza que inspira. Tiene carisma y habilidades comunicacionales que le permiten saber escuchar, comprender antes de responder, respetar diferencias y argumentar con fundamentos, entre otros.
Sin duda, la inteligencia emocional exige humildad y quizá este sea uno de los atributos más relevantes -y menos valorado- del liderazgo actual. Su opuesto es la arrogancia, que suele cerrar puertas y deteriorar relaciones.
Frente a escenarios cada vez más complejos, la mejor estrategia seguirá siendo una combinación de todos estos elementos, porque liderar no es ocupar una posición sino movilizar voluntades y construir confianza, y desde allí la inteligencia emocional trasciende al liderazgo institucional, los asuntos públicos, la gestión de crisis y el relacionamiento con stakeholders.
Y quizás Aristóteles tenía razón cuando planteaba que el desafío no está en reaccionar frente a nuestras emociones, sino en aprender cuándo, cómo, por qué y con quién hacerlo.
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