Enólogas, empresarias, exportadoras y líderes de proyectos ganan espacio en una industria históricamente masculina. Aunque persisten brechas salariales y de acceso a las decisiones, su avance está transformando el negocio, el enoturismo y la manera de vivir el vino
El vino chileno está cambiando desde adentro. En una industria donde durante décadas los espacios técnicos y las principales decisiones estuvieron mayoritariamente en manos masculinas, enólogas, agrónomas, empresarias, exportadoras y sommelieres comienzan a ocupar posiciones desde las cuales también están modificando la forma de producir, vender, comunicar y relacionarse con los consumidores.
Pía Ravanal, directora de Exportaciones de Viña Ravanal; María Ignacia Eyzaguirre, enóloga, directora ejecutiva de Viña Encierra y presidenta de Viñas de Colchagua; y Cristina Álvarez, presidenta de la Asociación Mujeres del Vino Chile, representan distintas expresiones de esa transformación. Sus trayectorias cruzan tradición familiar, gestión empresarial, territorio, comunicación y nuevas experiencias asociadas al vino.
El fenómeno forma parte de una discusión que atraviesa a distintos sectores productivos del país: una mayor presencia femenina no significa necesariamente una participación equivalente en los espacios donde se concentra el poder. Esa distancia también se observa en otros ámbitos empresariales donde las mujeres han aumentado su participación, pero continúan lejos de las principales instancias de decisión.
Del viñedo a las decisiones
“Ha cambiado muchísimo”, resume Pía Ravanal al comparar la industria actual con aquella en la que comenzó su padre durante la década de 1960. Entonces era excepcional encontrar mujeres en salas de barricas o dirigiendo equipos de vendimia. Hoy, explica, la presencia femenina se extiende al viñedo, los laboratorios, la enología, las exportaciones y otras áreas estratégicas.
Su propia historia muestra cómo también se está produciendo un recambio generacional dentro de las viñas familiares. “Crecí literalmente entre viñedos y barricas. El patio de la casa de mis padres era la viña, y aunque al principio quise tomar distancia debido a que crecí viendo las largas jornadas laborales que realizaba mi padre enólogo, la vida me llevó a ser Ingeniero Agrónomo y luego Enóloga. Hoy es mi vida y mi pasión”.
Para María Ignacia Eyzaguirre, el cambio ya puede observarse desde la formación profesional. Según señala, más del 40% de los nuevos enólogos que se están formando son mujeres, mientras aumenta también su presencia como directoras técnicas, socias y propietarias de viñas. “En los últimos años la presencia femenina en el sector vitivinícola ha cambiado de manera notable, tanto en número como en el tipo de roles que ocupamos”, afirma.
Sin embargo, llegar a la industria no equivale necesariamente a llegar a su cúspide. La Encuesta Mujeres del Vino Chile 2025 revela una fuerte presencia femenina en áreas comerciales, producción y comunicación, pero solo un 3,1% de las participantes declara integrar directorios o ejercer presidencias. El mismo estudio muestra que un 34% se identifica como propietaria o fundadora de un proyecto.
El poder sigue siendo la frontera
La encuesta de MUV Chile permite observar esa tensión con mayor profundidad. El estudio recogió respuestas de 302 mujeres vinculadas profesionalmente al mundo del vino entre abril y mayo de 2025. Su muestra fue no probabilística, por lo que sus resultados no deben extrapolarse automáticamente a toda la industria, pero ofrecen una radiografía relevante sobre experiencias, expectativas y brechas dentro del sector.
Uno de sus resultados más significativos es que 39,9% de las participantes declara percibir diferencias salariales en sus ingresos asociadas a ser mujer. Al mismo tiempo, un 75% considera que la capacitación o el perfeccionamiento podría mejorar su situación laboral y un 87% valora la asociatividad como mecanismo para construir redes de apoyo profesional y humano.
Cristina Álvarez observa que la visibilidad de nuevas referentes puede ayudar a ampliar las posibilidades para las generaciones siguientes. Una mujer que lidera una viña, se desempeña como enóloga o sommelier o desarrolla un proyecto enoturístico abre un espacio que antes podía parecer inaccesible. El desafío, plantea, no debe convertirse en una competencia entre hombres y mujeres, sino avanzar hacia “la necesidad de que las oportunidades estén abiertas y que sean el talento y las capacidades los que determinen el éxito”.
El emprendimiento constituye otra vía de avance. Mujeres que crean proyectos propios, comercializan productos o desarrollan experiencias asociadas al vino están construyendo espacios de autonomía económica y liderazgo, una tendencia que también aparece en iniciativas destinadas a fortalecer las capacidades comerciales de negocios liderados por mujeres.
Otra manera de vivir el vino
La transformación no ocurre solamente dentro de las estructuras empresariales. También alcanza la relación entre las viñas y quienes las visitan. El enoturismo está dejando atrás la experiencia centrada exclusivamente en recorrer una bodega y degustar vinos, para incorporar gastronomía, naturaleza, patrimonio, bienestar y una conexión más profunda con el lugar.
“Ya no se trata solo de mostrar barricas y contar la historia de la bodega, sino de crear un vínculo genuino con quien nos visita”, sostiene Ravanal. Esa evolución coincide con el crecimiento de Colchagua como destino donde vino, gastronomía, paisaje y experiencias comienzan a integrarse en una propuesta de alcance internacional.
La comunicación también forma parte de esta nueva etapa. Álvarez llegó al sector desde el periodismo y posteriormente se formó como sommelier, vinculando el conocimiento del vino con las historias, paisajes y personajes de los territorios. Eyzaguirre observa que las mujeres han ayudado además a acercar el producto hacia nuevos públicos, haciéndolo más comprensible y menos intimidante.
A esa mirada se suma la sostenibilidad. Eyzaguirre identifica entre las nuevas preocupaciones de la industria el uso responsable del agua, el cuidado de la tierra, las comunidades y las prácticas agrícolas, ampliando la conversación desde la calidad del producto hacia la relación que las viñas construyen con su entorno.
Las tres trayectorias terminan encontrándose en una misma idea: conectar. Ravanal articula tradición familiar y nuevos mercados; Álvarez vincula vino, personas y territorio; Eyzaguirre conecta industria, pequeños productores y nuevas formas de desarrollo. Son maneras diferentes de ingresar a una industria que ya no puede explicarse únicamente desde sus estructuras tradicionales.
El cambio más relevante, entonces, no es simplemente que haya más mujeres trabajando en el vino chileno. La verdadera transformación comenzará a consolidarse en la medida que esa mayor presencia se convierta también en capacidad de decisión, propiedad, influencia y liderazgo. Las mujeres ya están cambiando la manera de producir, emprender, comunicar y vivir el vino. La próxima frontera es cuánto poder tendrán para definir hacia dónde se mueve la industria.
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