Por María José Terré. Directora ejecutiva de Water Is Life
Durante años, cuando hablábamos de cambio climático, la conversación se centraba en las emisiones de carbono o el aumento de las temperaturas. Hoy existe una preocupación que avanza con la misma fuerza, pero que muchas veces pasa más desapercibida: el agua.
El reciente informe Resilient Water Futures de GHD advierte que las principales economías del mundo podrían perder hasta US$5,6 billones de su Producto Interno Bruto hacia 2050 si no adoptan medidas para enfrentar los riesgos asociados al agua. Sequías, inundaciones y fenómenos extremos ya no son eventos aislados. Se están transformando en amenazas permanentes para las ciudades, la infraestructura y la actividad económica.
Pero este escenario no es una posibilidad lejana. Ya existen ejemplos que muestran lo que ocurre cuando el agua escasea. En 2018, Ciudad del Cabo, en Sudáfrica, estuvo al borde del llamado “Día Cero”, momento en que los hogares podrían haberse quedado sin suministro regular de agua. La crisis obligó a imponer restricciones severas y puso en tensión actividades económicas tan relevantes como el turismo y los servicios.
La evidencia también muestra que los costos económicos son cada vez más visibles. Según Aquanomics, Estados Unidos podría enfrentar pérdidas acumuladas de US$3,7 billones de PIB por riesgos asociados al agua entre 2022 y 2050, mientras que China superaría los US$1,1 billones. No se trata solo de daños materiales; hablamos de impactos sobre industrias, empleos y cadenas de suministro completas.
Sin embargo, la crisis hídrica no puede medirse únicamente en cifras. Cuando una comunidad pierde acceso al agua potable, aumentan los riesgos sanitarios, se dificulta la higiene, se afecta la asistencia escolar y se profundizan las desigualdades. El agua es un requisito básico para que las personas puedan vivir, estudiar, trabajar y desarrollarse.
Desde Water Is Life vemos diariamente cómo el acceso al agua puede marcar la diferencia entre una comunidad que progresa y otra que permanece atrapada en la vulnerabilidad. El agua es salud, educación, oportunidades y resiliencia.
Por eso resulta tan relevante que los expertos impulsen soluciones como la reutilización de aguas residuales, la recarga de acuíferos, la desalinización, las soluciones basadas en la naturaleza y el uso de nuevas tecnologías para anticipar riesgos. Son herramientas necesarias, pero su éxito dependerá de que no olvidemos el objetivo central: mejorar la vida de las personas.
Con frecuencia hablamos del agua como un desafío ambiental. Hoy sabemos que es mucho más que eso. Es un desafío económico, social y humano. Porque detrás de cada punto de crecimiento que se pierde y de cada cifra que aparece en los informes, hay familias, comunidades y oportunidades que también están en riesgo.
La verdadera factura de la crisis del agua no se mide solo en el PIB. También se mide en bienestar, desarrollo y dignidad. Y esa es una cuenta que no podemos seguir postergando.
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