El avance de figuras digitales hacia cargos públicos modifica la competencia política, donde la visibilidad en redes reduce barreras de entrada y obliga a los partidos a redefinir sus criterios de selección y representación
La política chilena dejó de disputarse solo en sedes partidarias y territorios; hoy también se construye en redes sociales, donde la exposición define quién instala temas y quién logra atención.
En ese espacio, el ingreso de influencers y celebridades a cargos de representación altera la competencia al permitir que perfiles sin trayectoria acumulen visibilidad suficiente para disputar espacios, en un proceso de transformación del capital político en la era digital y de cambios en los mecanismos de acceso a cargos públicos.
El fenómeno ya tiene expresión concreta. En el Congreso conviven rostros provenientes de la televisión, el espectáculo y los medios, como Javier Olivares, Franscisco Orrego, Cristián Contreras, Pamela Jiles o Ignacio Achurra, que llegaron a escaños desde trayectorias marcadas por alta exposición pública, moviendo el eje desde la estructura partidaria hacia la capacidad de instalar mensajes, con un desplazamiento de liderazgos tradicionales en política y un creciente peso de la comunicación directa en el electorado.
“Las campañas políticas se libran ahora en redes sociales también. El capital político se parece cada vez más al capital de atención. Si tienes millones de seguidores, reduces costes de entrada al sistema. Es una oportunidad estratégica”, explica Anna Isabel López Ortega, directora de la Maestría en Comunicación y Marketing Político de la Universidad Internacional de Valencia.
La visibilidad digital redefine las reglas de acceso al poder político
La acumulación de seguidores permite instalar agendas, amplificar mensajes y disputar espacios sin pasar por trayectorias tradicionales, en una dinámica donde la visibilidad deja de ser un complemento para convertirse en una vía de entrada al sistema político.
Esa exposición no siempre se traduce en votos y en procesos recientes varios candidatos con alta presencia digital no lograron resultados electorales, marcando una distancia entre notoriedad y respaldo en urnas que refleja limitaciones del capital digital en elecciones reales y diferencias entre popularidad y capacidad electoral.
El riesgo de confundir comunicación con capacidad de gobernar
El crecimiento de estos perfiles instala un debate sobre las condiciones para ejercer cargos públicos, donde la habilidad para comunicar o movilizar audiencias no necesariamente se traduce en capacidades para gestionar estructuras complejas ni sostener procesos de decisión.
Acá el mejor ejemplo es la ministra Mara Sedini (actriz, periodista y cantante), quien ha sido fuertemente criticada pos su desempeño como vocera y su rol en la gestión de la comunicaciones del gobierno.
“Uno de los principales riesgos es confundir la eficacia comunicativa con la capacidad de gobernar. La gestión pública implica negociación política, conocimiento de marcos institucionales y toma de decisiones en contextos de alta complejidad”, advierte López Ortega, al describir una distancia entre visibilidad y ejercicio del poder que expone diferencias entre liderazgo mediático y gestión pública y desafíos en la calidad de la representación democrática.
Partidos enfrentan presión para redefinir sus procesos internos
La irrupción de influencers impacta a los partidos, que ven en estos perfiles una vía para ampliar su alcance y conectar con nuevas audiencias, al mismo tiempo que enfrentan la necesidad de resguardar estándares de formación y experiencia.
“Está bien que los partidos acojan a influencers para llegar a nuevas audiencias, pero deben asumir la responsabilidad de esto. Necesitamos partidos más exigentes en sus procesos internos y votantes más críticos”, sostiene la académica, en un escenario donde el electorado evalúa propuestas, equipos y trayectorias con mayor exigencia, consolidando una mayor exigencia ciudadana en evaluación de candidatos y una necesidad de fortalecer criterios de representación política.



