Chile cerró abril-junio con 980.270 personas desocupadas. El empleo aumentó, pero todo el avance provino de ocupaciones informales mientras se perdían 32.828 puestos formales. El deterioro golpea con mayor fuerza al centro-sur, las mujeres y los jóvenes
Chile sumó 81.778 personas ocupadas durante el último año. Sobre el papel, podría parecer una señal positiva. Sin embargo, detrás de ese crecimiento aparece una contradicción decisiva: las ocupaciones informales aumentaron en 114.606, mientras el país perdió 32.828 empleos formales. Hubo más personas trabajando, pero el avance descansó completamente en puestos con menor protección.
Esa paradoja resume el momento del mercado laboral chileno. La ocupación crece, pero también aumenta el número de personas que busca trabajo sin encontrarlo. Las oportunidades formales se reducen y una parte cada vez mayor de quienes logra incorporarse lo hace por cuenta propia, sin contrato o sin acceso completo a cotizaciones y seguridad social.
El trimestre abril-junio de 2026 terminó con 980.270 personas desocupadas y una tasa nacional de 9,4%, medio punto porcentual más que hace un año. La fuerza de trabajo aumentó 1,5%, por encima del crecimiento de 0,9% registrado por la ocupación: más personas comenzaron o volvieron a buscar empleo que las que consiguieron incorporarse al mercado laboral.
Pero el promedio nacional cuenta solo una parte de la historia. Desde Valparaíso hasta Los Ríos, siete regiones quedaron sobre el 10% de desempleo. En cinco de ellas, esa falta de oportunidades convive además con tasas de informalidad superiores al 30%. El problema no es únicamente encontrar trabajo, sino la calidad del empleo disponible y el territorio en que se busca.
Más ocupación, menos empleo protegido
La tasa de informalidad llegó a 27%, un punto porcentual más que en igual período de 2025. Cerca de 2,54 millones de personas se encuentran en ocupaciones sin acceso pleno a contratos, cotizaciones previsionales o protección laboral. La informalidad aumentó 4,7%, mientras el empleo formal completó cuatro trimestres consecutivos de retroceso anual.
El crecimiento fue impulsado principalmente por los trabajadores por cuenta propia, que aumentaron 8,6%, y los asalariados informales, que avanzaron 2,8%. Esto significa que el mercado está generando alternativas para obtener ingresos, pero no necesariamente puestos capaces de entregar estabilidad, protección y perspectivas de desarrollo.
La diferencia es especialmente importante fuera de la Región Metropolitana. Las brechas de salarios, formalidad y estructura productiva entre las regiones determinan que una misma tasa de ocupación pueda esconder realidades profundamente distintas: desde empleos asalariados protegidos hasta actividades independientes, estacionales o de subsistencia.
También hay contrastes entre los sectores productivos. Transporte, servicios administrativos y salud impulsaron la ocupación, mientras minería retrocedió 8,9%, comunicaciones disminuyó 15,2% y administración pública cayó 3,1%. La expansión de la actividad económica, por lo tanto, no se traduce automáticamente en más puestos de trabajo ni se distribuye de manera uniforme entre los territorios.
El corredor del desempleo
La mayor concentración de desempleo se instaló en el centro-sur. Ñuble registró la tasa más alta del país, con 10,5%, mientras Valparaíso, O’Higgins, Maule y Biobío llegaron a 10,4%. Los Ríos alcanzó 10,2% y La Araucanía, 10,1%.
El mapa dibuja una extensa franja de desempleo de dos dígitos. No todas las variaciones anuales tienen la misma significación estadística —el INE destacó especialmente las alzas de Maule y Valparaíso—, pero la concentración territorial revela economías regionales que siguen sin generar suficientes oportunidades para absorber a su fuerza laboral.
Desempleo e informalidad por región
| Región | Desempleo | Informalidad |
|---|---|---|
| Arica y Parinacota | 9,6% | 33,4% |
| Tarapacá | 8,0% | 28,4% |
| Antofagasta | 6,2% | 22,3% |
| Atacama | 9,0% | 27,3% |
| Coquimbo | 9,2% | 30,7% |
| Valparaíso | 10,4% | 28,9% |
| Metropolitana | 9,4% | 23,6% |
| O’Higgins | 10,4% | 30,3% |
| Maule | 10,4% | 31,1% |
| Ñuble | 10,5% | 36,6% |
| Biobío | 10,4% | 28,3% |
| La Araucanía | 10,1% | 35,9% |
| Los Ríos | 10,2% | 33,4% |
| Los Lagos | 7,2% | 28,0% |
| Aysén | 4,6% | 27,4% |
| Magallanes | 6,9% | 21,2% |
Fuente: elaboración propia con datos de la Encuesta Nacional de Empleo del INE, trimestre abril-junio de 2026.
La tabla revela dos crisis relacionadas, pero no idénticas. Trece de las 16 regiones superan el promedio nacional de informalidad, mientras O’Higgins, Maule, Ñuble, La Araucanía y Los Ríos combinan desempleo de dos dígitos con más de 30% de trabajo informal.
Ñuble concentra la situación más adversa: encabeza el desempleo, con 10,5%, y presenta la mayor informalidad, con 36,6%. La Araucanía alcanza 35,9% y Los Ríos 33,4%. En esos territorios, conseguir una ocupación no siempre significa salir de la vulnerabilidad.
El contraste también obliga a leer con cautela las tasas más bajas. Aysén registra solo 4,6% de desempleo, pero su informalidad llega a 27,4%, levemente por encima del promedio nacional. Antofagasta y Magallanes exhiben el panorama comparativamente más favorable, al combinar desocupación inferior al 7% con los menores niveles de informalidad del país.
Mujeres y jóvenes entran por la puerta más estrecha
Las mujeres enfrentan una doble dificultad. Su tasa de desempleo llegó a 10,4%, frente al 8,7% de los hombres. Al mismo tiempo, la informalidad femenina alcanzó 28,9%, 3,4 puntos por encima de la masculina, y el número de mujeres ocupadas informalmente aumentó 6,6% durante el último año.
La brecha comienza incluso antes de buscar trabajo. Solo el 53,7% de las mujeres en edad de trabajar participa del mercado laboral, frente al 71,3% de los hombres. La tasa de ocupación femenina llega a 48,1%, mientras la masculina alcanza 65,2%. Menos de la mitad de las mujeres en edad de trabajar tiene una ocupación.
Las diferencias se profundizan según el territorio, como evidencia el mapa regional del empleo femenino. En O’Higgins, la desocupación de las mujeres llegó a 14,2%, casi el doble del 7,7% registrado entre los hombres. En Ñuble, alcanzó 13,2%, frente al 8,5% masculino.
Las cifras vuelven especialmente relevante la discusión sobre los cuidados. La diputada Tamara Ramírez, integrante de la Comisión de Trabajo, pidió acelerar Sala Cuna Universal porque, según afirmó, “las mujeres están sufriendo los embates de esta crisis”. La disponibilidad de cuidados, el transporte y la corresponsabilidad familiar no son factores secundarios: condicionan la posibilidad de buscar, aceptar y conservar un empleo.
Para los jóvenes, el primer trabajo continúa siendo una puerta difícil de abrir. La tasa de desempleo entre las personas de 15 a 24 años se mantuvo en 23,6%, pese a disminuir un punto respecto del trimestre anterior. Es más de dos veces y media la tasa nacional.
El INE contabilizó además 90.421 personas buscando trabajo por primera vez, 9,8% más que hace un año. Este grupo acumula nueve trimestres móviles consecutivos de crecimiento, mostrando que la dificultad para comenzar una trayectoria laboral no responde a una variación pasajera.
La paradoja es que el elevado desempleo juvenil convive con industrias que no encuentran técnicos especializados. La contradicción no significa que sobren oportunidades, sino que existe una desconexión entre la formación, la experiencia exigida, la intermediación laboral y los perfiles que requieren sectores como minería, energía y tecnología.
La disputa por el empleo que Chile necesita
Las cifras no solo reactivaron la discusión sobre cómo reducir la cesantía. También abrieron una disputa sobre qué clase de empleo debería surgir de una eventual recuperación.
El ministro del Trabajo, Tomás Rau, interpretó la estabilidad respecto del trimestre anterior como una posible señal de cambio. “Esperamos que se haya llegado a un punto de inflexión”, sostuvo, vinculando esa expectativa con la recuperación de la actividad observada durante junio. Pero el propio Ejecutivo reconoce que contener el deterioro todavía no equivale a revertirlo.
El biministro de Economía y Minería, Daniel Mas, fue más cauteloso. Afirmó que el empleo continúa siendo “la principal urgencia del país” y señaló que evitar una caída mayor constituye apenas una primera señal. El Gobierno apuesta por subsidios a la contratación, programas municipales, apoyo al emprendimiento y coordinación con los gobiernos regionales.
Parte de esa respuesta comenzó a desplegarse mediante incentivos para contratar trabajadores en empresas regionales. Su impacto no debería medirse únicamente por el número de postulaciones, sino por cuántos puestos adicionales crea, cuánto duran y qué proporción permanece cuando termina el aporte estatal.
Un día antes de publicarse las cifras, el Presidente José Antonio Kast había situado la confianza, la inversión privada y la colaboración con las empresas en el centro de la estrategia económica del Gobierno. La tesis es que destrabar proyectos y recuperar la inversión permitirá acelerar las contrataciones. El punto pendiente es cuánto demora esa inversión en transformarse en trabajo formal y dónde se localizarán esas nuevas oportunidades.
Desde el mundo empresarial, la presidenta de la Cámara de Comercio de Santiago, María Teresa Vial, rechazó que el país normalice un escenario con casi un millón de desocupados y más de 2,5 millones de trabajadores informales. “Nos negamos a aceptar que esa es nuestra nueva realidad como país”, sostuvo al proponer incentivos a la contratación, apoyo para las nuevas cotizaciones y mecanismos de protección para trabajadores independientes.
La Central Unitaria de Trabajadores comparte el diagnóstico de crisis, pero discrepa de la salida. Su presidente, José Manuel Díaz, advirtió que “esa crisis no la deben pagar las y los trabajadores” y cuestionó que la flexibilización de las jornadas o de las condiciones de contratación termine multiplicando empleos inseguros sin recuperar los puestos formales perdidos.
Entre esas posiciones se juega una discusión que marcará los próximos meses. Chile necesita generar empleos rápidamente, pero también evitar que la emergencia consolide un mercado dividido entre quienes conservan un trabajo protegido y quienes deben aceptar cualquier ocupación para obtener ingresos.
La recuperación no podrá medirse únicamente por una futura disminución de la tasa nacional. También deberá observarse si vuelven a crecer los empleos formales, si las mujeres logran incorporarse sin quedar concentradas en la informalidad, si los jóvenes acceden a una primera experiencia y si las inversiones crean oportunidades duraderas en las regiones donde se ejecutan.
El verdadero desafío no es conseguir que más personas aparezcan como ocupadas. Es construir un mercado capaz de ofrecer trabajo formal, estable y conectado con las economías regionales.



