Por Verónica Poblete Reyes. Directora Ejecutiva de Bee Partners
Lorena Gallardo, psicóloga y creadora de “Fundadoras”, acaba de publicar Diario de una fundadora, un libro sobre emprendimiento femenino que tiene una particularidad: habla bastante menos de cómo hacer crecer una empresa que de la mujer que tiene que crecer para conseguirlo.
La tesis que atraviesa el libro es que ninguna empresa crece más que la mujer que la construye. Y desde ahí Gallardo aborda cuestiones que rara vez aparecen en los libros de negocios: cuánto nos creemos, cuánto seguimos buscando validación, cómo nos relacionamos con nuestros errores, con quién nos rodeamos y qué estamos dispuestas a dejar atrás cuando una empresa empieza a cambiar.
De todas esas ideas, hay una especialmente interesante: las mesas. La autora sostiene que muchas fundadoras permanecen demasiado tiempo sentadas en mesas que fueron importantes en algún momento, pero que ya no corresponden al lugar hacia el que están creciendo. Y propone cambiar la pregunta. En vez de preguntarnos quién nos quiere o quién nos apoya, preguntarnos quién nos expande, quién nos desafía, quién nos obliga a crecer.
No es un tema menor. Cuando una empresa comienza, las relaciones que se construyen a su alrededor son parte importante de lo que permite que avance. Están los primeros socios, los primeros equipos, los primeros clientes, los amigos que aconsejan, las personas que abren puertas.
Pero las empresas cambian y no necesariamente todas esas relaciones cambian con ellas. Crecer también obliga a revisar con quién conversamos, a quién escuchamos y quiénes nos están desafiando a pensar un poco más allá de lo que ya conocemos. Y obliga a dejar ir.
Una persona puede haber sido muy importante en una etapa y no ser la indicada para la siguiente. Una relación profesional puede haber funcionado durante años y dejar de hacerlo. Incluso una idea en la que se insistió durante mucho tiempo puede simplemente no funcionar. Lorena dedica parte del libro a esa distinción.
Insistir no siempre es una virtud. A veces crecer significa cerrar, renegociar, simplificar o soltar. La madurez empresarial también está en saber qué merece seguir siendo sostenido y qué debe terminar.
Pero la idea de las mesas permite una reflexión adicional. Durante buena parte de la carrera profesional el desafío está en llegar a ellas, a conversaciones más exigentes, a conocer personas que saben más y entrar a determinados círculos profesionales. Pero ¿qué pasa cuando finalmente se llega?
Ocupar un puesto de decisión no sirve de mucho si solo lo usamos para instalarnos nosotras. La verdadera diferencia está en darles espacio en el juego a otras mujeres. Cuando se logra estar ahí, el objetivo deja de ser solo mantenerse en la silla y pasa a ser abrir la puerta, meter a más gente a la conversación y asegurarse de que las decisiones no las sigan tomando las de siempre.
Por eso Diario de una fundadora engaña un poco con su portada. Se presenta como un libro sobre cómo armar y gestionar empresas, pero en realidad habla de algo mucho más profundo: cómo elegimos evolucionar como personas.
Saber a quién escuchar, tener el criterio para cambiar de rumbo, la valentía de soltar proyectos o relaciones que ya cumplieron su ciclo, y la solidez para hacerle espacio a las demás no son tácticas corporativas; son aprendizajes fundamentales para pararnos en la vida.
Una lectura sumamente recomendada, no solo para quienes están liderando un negocio, sino para cualquiera que sienta que llegó el momento de revisar en qué mesa está sentada y hacia dónde quiere seguir creciendo.
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