Por Richard Andrade C. Director de Poderyliderazgo.cl
La decisión de AES Andes de desistir del proyecto INNA de hidrógeno y amoníaco verde en Taltal, estimado en cerca de US$10.000 millones, no solo marca el retiro de una inversión relevante. Expone una falla estructural en la forma en que Chile aborda sus proyectos estratégicos y abre una interrogante crítica para la Región de Antofagasta: qué lugar ocupará en la carrera por el hidrógeno verde si los proyectos no logran consolidarse en el territorio.
Durante la última década, Antofagasta ha sido posicionada como una región clave para la transición energética, por su potencial solar, su infraestructura energética y su cercanía con la gran minería. Sin embargo, el caso INNA demuestra que el potencial técnico no basta cuando la gobernanza territorial es débil y el diálogo se activa demasiado tarde.
El costo estratégico para la región
La salida de un proyecto de esta magnitud tiene efectos que van más allá de la empresa involucrada. En un contexto global altamente competitivo, donde regiones y países disputan inversiones, talento y cadenas de valor asociadas al hidrógeno verde, cada proyecto que no avanza debilita la posición relativa del territorio.
Antofagasta compite con Magallanes, con otras regiones del norte y con polos internacionales que han avanzado con mayor claridad regulatoria, planificación territorial y acuerdos locales. La señal que deja INNA es incómoda: la región tiene ventajas comparativas, pero carece aún de un marco político e institucional que permita transformarlas en ventajas competitivas sostenidas.
Transición energética: del discurso regional a la ejecución territorial
El hidrógeno verde ha sido presentado como una oportunidad para diversificar la matriz productiva de Antofagasta, reducir su dependencia histórica de la minería tradicional y generar empleo de mayor valor agregado. Sin embargo, sin proyectos ancla que materialicen esa visión, la transición energética corre el riesgo de quedar atrapada en el plano discursivo.
La cancelación de INNA no solo posterga una inversión. Retrasa aprendizajes, encadenamientos productivos, formación de capital humano y posicionamiento internacional, elementos clave en industrias emergentes donde llegar tarde tiene costos estructurales.
El problema no es ambiental, es político-territorial
El caso Taltal no debe interpretarse como un rechazo al hidrógeno verde ni como una incompatibilidad insalvable con la protección ambiental. Debe leerse como una advertencia sobre la ausencia de mecanismos tempranos de gobernanza territorial, capaces de integrar desde el inicio a comunidades, ciencia, autoridades y empresas.
Mientras los proyectos se sigan diseñando de manera centralizada y los territorios sean convocados solo en etapas avanzadas, la región seguirá enfrentando conflictos que terminan expulsando inversión, incluso aquella alineada con objetivos climáticos y productivos de largo plazo.
Antofagasta ante una decisión estratégica
La Región de Antofagasta enfrenta hoy una disyuntiva silenciosa. Puede consolidarse como un polo de innovación energética, articulando minería, energía y nuevas industrias. O puede quedar relegada a observar cómo otros territorios capturan las oportunidades del hidrógeno verde gracias a modelos de gobernanza más ágiles y participativos.
La diferencia no está en los recursos naturales ni en la tecnología disponible. Está en la capacidad del Estado y de los actores regionales para anticipar conflictos, construir acuerdos y decidir con el territorio antes de que los proyectos se transformen en problemas.
La lección pendiente
El retiro del proyecto INNA no es una derrota inevitable. Es una señal de alerta. Si Chile no corrige la forma en que aborda los proyectos estratégicos en los territorios, Antofagasta corre el riesgo de perder su lugar en una industria que se está definiendo ahora, no en diez años más.
El hidrógeno verde no esperará a que el país aprenda a gobernar sus decisiones.
Y las regiones que no logren transformar potencial en proyectos quedarán fuera de la carrera.
Taltal no es el problema. El problema es un modelo que aún no entiende que sin territorio no hay transición energética posible.



