La defensa de Rabat y las disputas del gabinete revelan un Ejecutivo absorbido por sus conflictos. Mientras el empleo cae y la inversión anunciada espera materializarse, Kast enfrenta una exigencia política urgente: recuperar conducción y resultados concretos
Por Richard Andrade C.
José Antonio Kast llegó a La Moneda con un mandato para cambiar Chile. Ese respaldo le permite proponer un país distinto, no pedirles a las familias que esperen mientras su Gobierno resuelve sus propias crisis. A casi ocho meses de asumir, la contradicción es evidente: prometió orden, empleo y recuperación económica, pero la agenda presidencial sigue atrapada en disputas ministeriales y defensas que prolongan los conflictos.
Fernando Rabat es el ejemplo más visible. Frente a las rebajas de condena a 56 personas sentenciadas por delitos sexuales contra menores, Kast declaró desde Roma que “la responsabilidad política la asumí yo”, ratificó su confianza en el ministro y desafió a la oposición a acusarlo constitucionalmente. Removió, sin embargo, al subsecretario Luis Silva y mantuvo al jefe de la cartera. Nombrar ministros es su facultad; explicar esa diferencia de responsabilidades, también.
La crisis ya no enfrenta solamente al Gobierno con la oposición. Chile Vamos cuestionó su manejo y Cadem registra un 70% de rechazo a la continuidad de Rabat, mientras la desaprobación presidencial alcanza el 69%. Un Presidente no gobierna siguiendo encuestas, pero tampoco puede tratar cada cuestionamiento como una amenaza a su autoridad. Mientras la permanencia del ministro se convierte en una prueba de fuerza, las víctimas y las decisiones que originaron el caso quedan relegadas.
La inestabilidad alcanza al gabinete. Las salidas de Mara Sedini, Trinidad Steinert y Natalia Duco, la remoción de Silva y el enfrentamiento entre la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, y la subsecretaria Carolina Rossi revelan dificultades de coordinación. La Moneda debió intervenir en Ciencia después de otra disputa que terminó con la salida de Rafael Araos. Las causas de cada relevo son distintas, pero la responsabilidad de seleccionar autoridades, ordenar equipos y resolver conflictos recae directamente en la Presidencia.
Fuera de Palacio, las urgencias son otras. El desempleo alcanzó el 9,8% en julio-septiembre, llegó al 10,5% entre las mujeres y la ocupación cayó 1,1% en doce meses. El Imacec de septiembre apenas creció 0,2%. La debilidad económica precede a este Gobierno, pero revertirla fue una de sus promesas centrales.
Para quienes llevan meses buscando trabajo, las disputas oficialistas importan bastante menos que la ausencia de oportunidades y la incertidumbre sobre sus ingresos.
Tampoco basta con proclamar el retorno de la inversión. El Ejecutivo informa casi US$37.000 millones en proyectos aprobados desde marzo y cerca de US$40.000 millones ingresados a tramitación. Son avances relevantes, pero una autorización ambiental no es capital ejecutado ni empleo creado.
Parte de esas iniciativas comenzó su evaluación en gobiernos anteriores y la ley destinada a agilizar permisos también fue aprobada antes de Kast. Celebrar toda esa cartera como un logro propio confunde la continuidad del Estado con los resultados efectivos de una administración.
Los empresarios no invierten porque un Presidente se los pida. Necesitan reglas estables, certeza jurídica, infraestructura y permisos oportunos. La confianza exige decisiones consistentes, acuerdos políticos y capacidad de gestión. La estabilidad que reclama el capital resulta difícil de construir cuando el propio Gobierno acumula enfrentamientos y descoordinaciones. Cada conflicto consume atención y recursos políticos que deberían concentrarse en ejecutar inversión pública y generar condiciones para la privada.
La reconstrucción todavía espera soluciones definitivas para numerosas familias, pese a las viviendas entregadas y las obras en marcha. El Presupuesto 2027 suma disputas por recursos regionales y prioridades de gasto. La disciplina fiscal es necesaria, pero requiere un rumbo claro y capacidad de negociación.
No se puede prometer desarrollo territorial mientras permanecen abiertas las diferencias sobre cómo financiar y ejecutar sus proyectos. El país necesita conducción, no un gabinete consumido por sus propias disputas.
Kast requiere una cirugía mayor al gabinete y, sobre todo, a su forma de gobernar. Responsabilidades claras, coordinación efectiva, interlocución con sus aliados y ministros evaluados por resultados, no por la lealtad que exhiben durante las polémicas. Las convicciones políticas pueden orientar un proyecto de futuro, pero no justificar que las necesidades económicas y sociales sigan esperando mientras La Moneda enfrenta una crisis tras otra.
Ser Presidente implica pensar y diseñar un Chile distinto, pero también responder por el país que existe hoy. Las urnas le entregaron autoridad para decidir, no una autorización para postergar las respuestas. Kast necesita recuperar la iniciativa política y demostrar que su Gobierno puede producir resultados más allá de sus anuncios.
Cada semana que La Moneda consume defendiendo sus propias crisis es tiempo que no vuelve para quienes esperan empleo, vivienda y estabilidad. Y ese tiempo no le pertenece al Presidente: les pertenece a los chilenos.



