El Mandatario utilizó la principal tribuna multilateral para cuestionar su funcionamiento, pedir una reforma del Consejo de Seguridad y ofrecer a Chile como socio en seguridad e inversión, mientras defendió mantener espacios concretos de cooperación internacional efectiva
José Antonio Kast había dedicado buena parte de su primer discurso ante la Asamblea General de Naciones Unidas a hablar de Chile, seguridad, inversión y crecimiento cuando decidió cambiar el tono. Desde la misma tribuna que representa al sistema multilateral, advirtió que llegaba al punto más incómodo de su intervención y cuestionó directamente la capacidad de la organización para responder a las crisis que golpean al mundo.
“Naciones Unidas tiene un rol que jugar y lo tiene que hacer con el carácter y la energía que hasta hoy no ha mostrado”, sostuvo el Presidente antes de entrar de lleno en la crítica. La frase abrió el tramo más político de una intervención de 18 minutos, porque Kast no estaba cuestionando un conflicto específico ni una decisión puntual: estaba poniendo bajo revisión la forma en que funciona la organización.
Fue entonces cuando lanzó la definición que terminó marcando su debut en Nueva York: “Esta organización no ha estado a la altura de los desafíos de nuestros tiempos”. El problema, agregó, no se reduce a quién conduce Naciones Unidas, sino a una estructura que, a su juicio, perdió capacidad para transformar las deliberaciones internacionales en decisiones efectivas.
Una crítica lanzada desde dentro de Naciones Unidas
La tensión recorrió buena parte del discurso. Kast cuestionó a la ONU, pero no propuso que Chile se aleje de ella. Por el contrario, utilizó la propia Asamblea para plantear una reforma y defender espacios en los que su Gobierno quiere mantener e incluso ampliar la participación chilena.
Su diagnóstico partió por el Consejo de Seguridad. “No es posible mantener vigente el orden mundial del año 1945 en un mundo del 2026”, afirmó, para luego describir una arquitectura internacional que, según planteó, “delibera en exceso y ejecuta con lentitud”. Para Kast, la composición del principal órgano de seguridad de Naciones Unidas continúa reflejando un equilibrio de poder surgido tras la Segunda Guerra Mundial y no la realidad geopolítica actual.
No era una crítica completamente desconectada de las decisiones tomadas por La Moneda durante las últimas semanas. A comienzos de septiembre, el Ejecutivo resolvió fortalecer su agenda de cooperación con el BID mientras Chile abandonaba la negociación tributaria impulsada en Naciones Unidas, una señal de que el Gobierno comenzó a diferenciar los espacios multilaterales en los que busca profundizar su participación de aquellos en los que mantiene reparos.
En Nueva York, Kast llevó esa posición un paso más adelante. Tras cuestionar la burocracia y la multiplicación de agendas dentro del organismo, sostuvo que “Chile cree en Naciones Unidas” y que precisamente esa pertenencia obliga, desde la perspectiva de su Gobierno, a exigir que sus instituciones “cumplan con su mandato”.
Desde ahí planteó tres caminos: reducir burocracia y redirigir recursos hacia situaciones donde existan vidas en riesgo; revisar agendas consideradas no prioritarias; y modificar el Consejo de Seguridad para recuperar capacidad y legitimidad en sus decisiones. No habló, por tanto, de abandonar el sistema, sino de intentar modificarlo desde dentro.
La mejor expresión de esa aparente contradicción apareció pocos minutos después. Mientras cuestionaba a Naciones Unidas, Kast reafirmó la candidatura de Valparaíso para albergar la Secretaría Ejecutiva del acuerdo BBNJ, destinado a proteger la biodiversidad marina en aguas internacionales. “Ese es exactamente el multilateralismo en que creemos: concreto, ambicioso y capaz de mostrar resultados”, sostuvo al defender la postulación chilena.
“Chile está de vuelta”, pero con problemas aún abiertos
Antes de confrontar a la ONU, Kast había utilizado buena parte del discurso para instalar otro mensaje: mostrar ante líderes políticos e inversionistas que Chile inició, según su Gobierno, un cambio de rumbo después de años de menor crecimiento, deterioro de la seguridad y aumento de las restricciones para invertir.
La secuencia comenzó con una mirada hacia atrás. Recordó el periodo de crecimiento que atravesó el país durante los años noventa y comienzos de los 2000, para luego situar el quiebre en los años posteriores y especialmente en la crisis iniciada en octubre de 2019. Desde allí construyó la idea con la que presentó sus primeros seis meses en La Moneda.
“Estimados delegados, he venido hasta este foro, a contarles, que Chile está de vuelta”, señaló ante la Asamblea. La afirmación funcionó como hilo conductor para exhibir las primeras cifras de su administración y defender una agenda basada en orden público, reducción de regulaciones y recuperación de la inversión.
Kast destacó una caída de 11,5% en los homicidios durante el primer semestre y sostuvo que los ingresos irregulares por la frontera disminuyeron 86%. También presentó el Acuerdo de Santiago como parte de la estrategia para enfrentar regionalmente al crimen organizado transnacional. Son cifras que el propio Mandatario escogió para sostener ante la comunidad internacional que Chile comienza a recuperar control interno.
Pero el Presidente introdujo él mismo un contrapunto que evitó presentar una recuperación ya terminada. “Si bien la economía aún no despega y el desempleo, que angustia a miles de familias, se mantiene alto, el cambio va a llegar”, afirmó, reconociendo que parte importante de las reformas que defendió todavía debe traducirse en resultados económicos.
Esa admisión no frenó el mensaje hacia los capitales internacionales. Kast aprovechó la audiencia global para hacer una invitación directa: “Elijan Chile para invertir. Encontrarán reglas que no cambian de un día para otro”, sostuvo, poniendo el foco en estabilidad institucional, contratos, minería, energía y recursos naturales como activos del país.
En ese inventario apareció también el extremo austral. El Presidente presentó al Estrecho de Magallanes como “una alternativa indispensable para el comercio mundial”, reforzando una dimensión económica y geopolítica que ha ganado presencia durante las últimas semanas. El tema ya había vuelto al centro de la agenda por la creciente posición estratégica del Estrecho de Magallanes en las rutas globales y la relación con Argentina.
Entre las guerras y una ONU que Kast quiere reformar
El discurso volvió entonces al escenario internacional. Con conflictos abiertos en distintas regiones, Kast sostuvo que la capacidad de los países para crecer, invertir o combatir al crimen organizado también depende de un orden global capaz de contener las guerras y evitar que sus consecuencias económicas traspasen las fronteras.
Ahí estuvo el puente para volver sobre Naciones Unidas. Kast no discutió su necesidad como foro internacional; cuestionó su capacidad para actuar. Esa diferencia terminó siendo una de las claves de su intervención: Chile seguirá sentado en la mesa, pero el Gobierno quiere cambiar parte de las reglas y prioridades que hoy ordenan esa mesa.
Por eso, el mismo discurso pudo contener una crítica frontal al funcionamiento de la ONU y, minutos después, una defensa de Valparaíso como sede de una institución vinculada al organismo. También pudo pedir menos agendas internacionales mientras promovía coordinación sudamericana contra el crimen organizado y cooperación para proteger los océanos.
La primera intervención de José Antonio Kast ante la Asamblea General dejó así algo más que una colección de mensajes sobre seguridad, inversión o política exterior. Expuso el tipo de relación que su Gobierno busca construir con el sistema multilateral: participar, pero seleccionar prioridades; cooperar, pero exigir resultados; y mantenerse dentro de Naciones Unidas mientras reclama cambios en una estructura que considera desfasada frente al mundo de 2026.
La prueba comenzará después del discurso. Chile deberá sostener la candidatura de Valparaíso, avanzar en sus alianzas regionales de seguridad, atraer las inversiones que Kast invitó a mirar hacia el país y demostrar hasta dónde llegará la revisión de su relación con los organismos internacionales. En Nueva York, el Presidente dejó definida la posición inicial. Lo que sigue será convertirla en política exterior.



