Por José Miguel Ansoleaga. Director Ejecutivo de RĒPLICA
Durante mucho tiempo, la logística global fue entendida principalmente como una capacidad para mover bienes de manera eficiente: transportar a tiempo, reducir costos, asegurar disponibilidad, coordinar rutas, administrar inventarios y responder a la demanda de mercados cada vez más interconectados.
Ese mundo ya cambió.
Hoy la logística global no transporta solamente mercancías. Transporta información, trazabilidad, cumplimiento, reputación, riesgos sociales, impactos ambientales y compromisos que las empresas ya no pueden delegar completamente en terceros. Cada producto que cruza una frontera lleva consigo una pregunta cada vez más relevante: ¿qué sabemos realmente sobre su origen y sobre las condiciones bajo las cuales fue producido?
La reciente decisión de Estados Unidos de aplicar una sobretasa arancelaria de 12,5% a determinadas importaciones provenientes de Chile, en el marco de una investigación asociada a bienes producidos con trabajo forzoso, debe leerse más allá de la controversia comercial. No se trata solo de un episodio diplomático ni de una medida arancelaria puntual. Es una señal del nuevo escenario en que se está reorganizando el comercio internacional.
Las empresas pueden cumplir contratos, producir con calidad, operar con eficiencia y mantener buenas relaciones comerciales, pero aun así quedar expuestas si no conocen suficientemente la cadena que hace posible sus productos.
La pregunta empresarial ya no es solamente si cumplimos nosotros. La pregunta es si podemos demostrar que nuestra cadena también cumple.
Ese cambio tiene una relación directa con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. El ODS 8, sobre trabajo decente y crecimiento económico, no puede avanzar si las cadenas globales toleran zonas grises en materia laboral. El ODS 12, sobre producción y consumo responsables, exige mirar el ciclo completo de los bienes, no solo el momento en que llegan al consumidor final.
El ODS 16, sobre instituciones sólidas, recuerda que la sostenibilidad también depende de reglas, transparencia, confianza y capacidad de verificar. Y el ODS 17, sobre alianzas, es probablemente uno de los más relevantes para este desafío, porque ninguna empresa puede resolver sola la complejidad de una cadena global.
Por eso, la logística debe dejar de ser vista solo como una función operativa. En el nuevo escenario, es también una infraestructura estratégica para cumplir compromisos de sostenibilidad.
Esto implica un cambio profundo.
Durante años, muchas empresas evaluaron sus cadenas de suministro con criterios centrados en precio, calidad, plazo, capacidad de respuesta y continuidad. Todos ellos siguen siendo fundamentales. Pero ya no bastan. Hoy se requiere agregar una nueva capa de análisis: origen, trazabilidad, riesgos de derechos humanos, estándares laborales, cumplimiento ambiental, subproveedores, países de exposición y evidencia documental.
El proveedor directo ya no agota la responsabilidad empresarial. Detrás de él puede existir una cadena de materias primas, componentes, procesos, transporte y manufactura distribuida en distintos países. Y en esa cadena pueden aparecer riesgos que la empresa compradora no generó directamente, pero que igualmente pueden afectar su acceso a mercados, su reputación, sus contratos y su competitividad.
La debida diligencia en derechos humanos, por lo tanto, no debe entenderse como una obligación abstracta ni como una carga adicional para las áreas de sostenibilidad. Debe ser entendida como una herramienta de gestión empresarial.
Una empresa que conoce su cadena reduce incertidumbre. Una empresa que mide exposición puede priorizar mejor. Una empresa que documenta origen e insumos puede responder con más solidez ante clientes, autoridades, inversionistas o socios comerciales. Una empresa que transforma la trazabilidad en sistema de decisión fortalece su posición competitiva.
Lo contrario también es cierto. Una empresa que no sabe de dónde vienen sus insumos depende de una confianza que puede ser insuficiente frente a mercados cada vez más exigentes.
Esta es una discusión especialmente relevante para economías abiertas como Chile. Buena parte de nuestra competitividad depende de integrarnos inteligentemente al comercio internacional. Exportamos productos, servicios, materias primas, alimentos, conocimiento y capacidades industriales. Pero también importamos insumos, tecnología, componentes, maquinaria y materias primas que se incorporan a aquello que luego vendemos al mundo.
En ese contexto, la logística global no es un asunto externo al desarrollo sostenible. Es uno de sus soportes principales.
Si los ODS quieren ser algo más que una agenda declarativa, deben bajar a la forma concreta en que las empresas compran, transportan, producen, verifican y venden. La Agenda 2030 no se juega solo en reportes corporativos ni en compromisos institucionales. También se juega en las órdenes de compra, en los contratos logísticos, en los sistemas de trazabilidad, en la selección de proveedores y en la capacidad de anticipar riesgos antes de que se conviertan en sanciones, pérdidas de mercado o crisis reputacionales.
Desde RĒPLICA vemos este tipo de escenarios como una señal de transformación estructural. La sostenibilidad deja de ser una respuesta al cumplimiento cuando permite comprender riesgos complejos y convertirlos en mejores decisiones estratégicas.
En nuestra mirada, medir la exposición de una cadena de abastecimiento no es un ejercicio defensivo. Es una forma de fortalecer el modelo de negocios.
El desafío no es revisar toda la cadena con la misma intensidad. Eso sería inviable para muchas empresas. El desafío es diseñar una metodología inteligente: identificar insumos críticos, mapear proveedores relevantes, distinguir zonas de mayor exposición, priorizar riesgos, documentar evidencia y construir capacidades graduales de respuesta.
Esa es la diferencia entre reaccionar a una exigencia externa y construir resiliencia empresarial.
La logística global será cada vez más evaluada no solo por su eficiencia, sino por su integridad. No solo por su rapidez, sino por su trazabilidad. No solo por su costo, sino por su capacidad de sostener cadenas responsables y confiables.
El futuro de la competitividad no dependerá únicamente de llegar antes o producir más barato.
Dependerá también de poder demostrar que aquello que movemos por el mundo no descansa sobre riesgos que preferimos no mirar. Porque en la economía global que viene, los derechos humanos no estarán al final de la cadena. Estarán dentro de la cadena.
Y las empresas que lo entiendan antes tendrán una ventaja que será logística, reputacional, comercial y estratégica.
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