El senador UDI defiende una derecha popular y democrática, advierte contra la imitación de los extremos y aborda la megarreforma, el quiebre con el PPD y las condiciones fiscales que deberá cumplir el Gobierno
Por Daisy Castillo Triviños
La aprobación de la megarreforma en el Senado entregó al Gobierno uno de sus avances legislativos más importantes, pero también dejó al descubierto las dificultades del oficialismo para construir acuerdos, la fragmentación opositora y las diferencias que atraviesan a la derecha sobre la forma de ejercer el poder.
Para el senador Javier Macaya, ex presidente de la UDI, el desafío de su partido no consiste en endurecer sus posiciones para competir con las fuerzas ubicadas a su derecha. Su apuesta pasa por recuperar una identidad popular, democrática y con vocación social, capaz de mantener convicciones firmes y, al mismo tiempo, dialogar y gobernar.
En entrevista con Poderyliderazgo, el parlamentario sostiene que la UDI no debe imitar a los extremos ni medir su crecimiento únicamente por el número de militantes. También plantea que debe conservar la capacidad de relacionarse con el Partido Nacional Libertario, los sectores moderados del centro político y las fuerzas opositoras dispuestas a alcanzar acuerdos.
Su diagnóstico sobre la derecha se relaciona con la experiencia que dejó la tramitación de la megarreforma. Macaya afirma que algunos sectores de izquierda se opusieron desde posiciones ideológicas, aunque también reconoce la contribución de parlamentarios que participaron en las negociaciones y ayudaron a modificar algunas disposiciones.
“Hubo sectores de izquierda que optaron por una oposición muy ideológica y que, en algunos momentos, parecían decididos a impedir cualquier rebaja de impuestos, independientemente de sus efectos, pero también hubo parlamentarios de oposición que dialogaron y ayudaron a perfeccionar algunas normas, aunque finalmente no las votaran a favor”.
El senador por la Regió de O’Higgins sostiene que la iniciativa no se limita a reducir el impuesto corporativo. También contempla un crédito tributario asociado a la creación de empleo formal, incentivos para las pymes, mayor certeza para las grandes inversiones y medidas destinadas a agilizar permisos. A su juicio, es el conjunto de esas herramientas, y no una disposición aislada, el que busca movilizar inversión y empleo.
Macaya, quien es presiente de la comisón de Hacienda del Senado, también defiende la reintegración tributaria. Explica que el mecanismo no libera del pago de impuestos a los propietarios de las empresas, sino que reconoce como crédito el tributo pagado previamente por la compañía para evitar que una misma utilidad soporte una doble carga económica excesiva.
Durante la conversación, rechaza presentar el resultado del Senado como una humillación para la oposición, admite que Hacienda entregó una señal política equivocada durante el quiebre del acuerdo con los senadores del PPD y reconoce como legítimas las advertencias sobre el impacto fiscal de la megarreforma.
Una identidad propia frente a los extremos
¿Cómo puede la UDI liderar la centroderecha sin ser destruida por los extremos?
La UDI no debe competir por ver quién grita más fuerte ni adoptar las posiciones de otros partidos para evitar perder militantes. Debe recuperar con claridad su identidad: una derecha popular, democrática, con vocación social, firme en seguridad y libertad, pero también capaz de dialogar y gobernar.
¿Hay de parte de la UDI el interés y la posibilidad de acercarse a algunos sectores para conseguir que las iniciativas no se entrampen en el Congreso?
El crecimiento de un partido no se mide solamente por la cantidad de militantes inscritos. Se mide por su capacidad de representar a una mayoría, formar equipos, construir acuerdos y hacerse responsable de las consecuencias de sus decisiones.
Nuestra tarea no es descalificar al Partido Nacional Libertario ni excluirlo de antemano. Cuando existan coincidencias, podremos conversar. Pero la gobernabilidad supone algo más que compartir diagnósticos: exige disposición a alcanzar acuerdos, respaldar políticas posibles y asumir responsabilidades.
La UDI debe ser capaz de relacionarse tanto con quienes están a su derecha como con sectores moderados del centro político, sin perder sus convicciones. Los extremos se fortalecen cuando los partidos tradicionales dejan de escuchar a la ciudadanía o parecen preocuparse únicamente de sus disputas internas. Por eso, debemos volver a los problemas concretos: empleo, seguridad, salud, vivienda y crecimiento.
No temo que la UDI sea destruida por los extremos. Sí me preocuparía que perdiéramos nuestra identidad intentando imitarlos. Nuestro espacio está en combinar convicciones firmes con responsabilidad democrática y vocación de mayoría.
“Nadie le torció la mano a nadie”
¿La aprobación de la megarreforma representa un triunfo del Gobierno y logró torcerle la mano a la izquierda?
Es indudablemente un paso significativo para el Gobierno, probablemente el avance legislativo más importante desde que asumió, pero yo no hablaría de torcerle la mano a nadie. La democracia no consiste en derrotar o humillar al adversario, sino en construir mayorías y lograr que los proyectos mejoren durante su tramitación.
El proyecto que salió del Senado es mejor que el que ingresó. Se mejoraron normas laborales, medioambientales, de invariabilidad tributaria, del crédito al empleo y de contribuciones. Algunas disposiciones laborales y medioambientales, incluso, fueron aprobadas con respaldos muy amplios o unánimes. Eso demuestra que el Senado cumplió su tarea.
Por supuesto, todavía falta un trámite. Por eso debemos actuar con seriedad y sin triunfalismos. Pero se dio un paso importante para cambiar el rumbo de una economía que lleva muchos años creciendo poco y generando insuficientes empleos.
Los efectos sobre el empleo
¿Qué garantiza que la rebaja tributaria generará empleos y no sólo una menor recaudación?
En economía, nadie puede ofrecer una garantía matemática de que una medida aislada generará una cantidad exacta de empleos. Quien prometiera eso no estaría siendo serio. Lo que sí podemos hacer es mirar los datos, corregir los incentivos equivocados y evaluar posteriormente los resultados.
Chile subió el Impuesto de Primera Categoría desde un 20% a un 27% a partir de la reforma de 2014. Sin embargo, entre 2015 y 2025 la recaudación de ese impuesto se mantuvo, en promedio, alrededor del 4% del PIB. Es decir, aumentar significativamente la tasa no produjo un incremento equivalente y permanente de la recaudación. Al mismo tiempo, Chile perdió competitividad, inversión, capacidad de crecimiento y creación de empleos.
La tasa promedio del impuesto corporativo se ha reducido en la mayoría de los países desarrollados. Chile recorrió el camino contrario y quedó con una tasa superior al promedio de la OCDE. La rebaja al 23% no nos convierte en un paraíso tributario: simplemente nos aproxima a los países con los cuales competimos por inversión.
Finalmente, la mejor garantía debe ser la transparencia. El Gobierno tendrá que informar periódicamente cuánto aumentó la inversión, cuántos empleos formales se crearon, cuál fue el efecto sobre la recaudación y si las proyecciones se están cumpliendo. Si los resultados no aparecen, será nuestra obligación revisar las medidas. Pero mantener las mismas políticas que durante una década coincidieron con estancamiento tampoco ofrece ninguna garantía.
El costo fiscal de la megarreforma
¿Los costos son ciertos mientras los beneficios son sólo una apuesta?
La crítica fiscal es legítima y no debemos caricaturizarla. El Consejo Fiscal Autónomo ha advertido que, sin medidas adicionales y aun incorporando los efectos esperados del crecimiento, el proyecto podría mantener un impacto deficitario durante sus primeros años.
El informe original estimó un déficit máximo de alrededor de 0,71% del PIB en 2030 antes de considerar efectos indirectos, cifra que se reducía al incorporar mayor crecimiento, pero que seguía exigiendo medidas de mitigación y seguimiento.
Por eso esta reforma no puede desligarse del compromiso del Gobierno con reducir gasto ineficiente, ordenar las finanzas públicas y converger gradualmente hacia el equilibrio fiscal. Una rebaja tributaria sin disciplina en el gasto sería insuficiente. Pero también sería irresponsable creer que el problema fiscal se resuelve únicamente subiendo impuestos sobre una economía estancada.
Los costos tributarios pueden calcularse de manera más inmediata, mientras que los beneficios de la inversión y el crecimiento se manifiestan gradualmente. Eso ocurre con prácticamente todas las políticas de crecimiento: infraestructura, educación, capacitación o incentivos a la inversión. Que un beneficio futuro sea incierto no significa que sea ficticio; significa que hay que diseñar bien la política, controlar sus resultados y corregirla cuando corresponda.
Además, no hacer nada también tiene costos muy concretos: menor inversión, empresas que postergan proyectos, empleos que no se crean, salarios que no aumentan y una base tributaria que se debilita. Chile no puede financiar derechos sociales de manera permanente con deuda y crecimiento cercano a cero.
Las correcciones del Gobierno
¿Qué piensa de las modificaciones que terminó incorporando el Gobierno?
El Gobierno corrigió indicaciones durante la tramitación y mantuvo la rebaja en 23%, en lugar de llevarla al 22%. Eso demuestra que hubo límites institucionales y disposición a escuchar. El desafío ahora es complementar la reforma con una trayectoria fiscal creíble, evaluaciones periódicas y ajustes automáticos si la recaudación o el crecimiento se apartan sustancialmente de lo proyectado.
No fue un “día negro para las arcas fiscales”. Fue la decisión de intentar que, en el futuro, existan más empresas, más trabajadores formales y una economía más grande sobre la cual recaudar. La verdadera irresponsabilidad sería resignarnos a administrar el estancamiento.
La señal equivocada de Hacienda
¿Qué rol tuvo el ministro de Hacienda, Quiroz, en la crisis del PPD y es ese partido confiable?
El ministro hizo lo que debe hacer un ministro de Hacienda: conversar, buscar votos y tratar de construir acuerdos. Es cierto que la indicación que planteó transitoriamente una rebaja al 22% tensionó las conversaciones y generó una comprensible sensación de que se alteraban las bases de lo conversado. Fue una señal política equivocada y estuvo bien que se retirara, pero atribuirle por eso la división del PPD sería exagerado.
Respecto de si el PPD es confiable, yo no entregaría un certificado general de confiabilidad o desconfianza a ningún partido. Los acuerdos se construyen con personas concretas, sobre textos concretos y con compromisos verificables. Hubo senadores del PPD que demostraron voluntad de dialogar y que contribuyeron a mejorar normas importantes, aunque después su colectividad no respaldara el conjunto del proyecto.
Nosotros debemos mantener los canales abiertos con el PPD, el Partido Socialista, la Democracia Cristiana y cualquier sector dispuesto a conversar. Pero también hemos aprendido que los acuerdos deben quedar formalizados con claridad, porque las presiones internas pueden modificar las posiciones partidarias.
Chile necesita una oposición que fiscalice con firmeza, pero que también tenga capacidad de llegar a acuerdos.
El desafío de construir mayoría
La definición de Macaya ubica a la UDI ante un desafío que supera la discusión inmediata sobre la megarreforma. El partido deberá demostrar si puede recuperar una identidad diferenciada, relacionarse con las fuerzas ubicadas a su derecha y mantener puentes con sectores moderados sin diluir sus convicciones.
La tramitación pendiente del proyecto ofrecerá una primera prueba. El Gobierno necesita sostener acuerdos, responder a los cuestionamientos fiscales y demostrar que los incentivos aprobados pueden traducirse en inversión y empleos. La UDI, en tanto, deberá resolver si su camino pasa por competir con los extremos o por reconstruir una vocación de mayoría.



