Por Richard Andrade C. Director de Poderyliderazgo.cl
Hay algo más preocupante que un ajuste fiscal mal explicado: un gobierno que parece convencido de que puede modificar la realidad simplemente cambiando el lenguaje.
Porque eso es exactamente lo que comienza a instalarse como sello político de la administración de José Antonio Kast. No solo en Hacienda. No solo en Salud. También en seguridad pública, crecimiento económico, inversión estatal, gasto fiscal y manejo político de las crisis.
Cada vez que aparece una contradicción incómoda, el oficialismo parece recurrir al mismo mecanismo: reemplazar el problema por una nueva descripción del problema.
Así, los recortes dejan de ser recortes y pasan a llamarse “pausas”. La reducción de capacidades estatales se convierte en “optimización”. Y disminuir recursos para servicios públicos termina presentado como una oportunidad para “hacer más con menos”.
La frase del ministro de Hacienda no fue simplemente un error comunicacional. Fue una definición política profundamente reveladora.
Porque decir que el Estado puede entregar mejores servicios mientras pierde financiamiento no es solamente optimismo técnico. Es instalar la idea de que las palabras pueden reemplazar la realidad.
Pero la realidad insiste en no obedecer.
Los hospitales siguen colapsados. Las listas de espera continúan creciendo. Los Cesfam trabajan bajo presión permanente. Los municipios permanecen asfixiados financieramente y comienzan a reducir programas comunitarios, operativos sociales y apoyo territorial. Y cualquier ciudadano entiende algo bastante elemental: menos presupuesto normalmente implica menos capacidad operativa del Estado.
Las familias que esperan meses por una atención médica no viven dentro de una metáfora. Tampoco el adulto mayor que debe madrugar para conseguir una hora en un consultorio o el municipio que enfrenta crecientes demandas sociales con menos recursos disponibles.
Y ahí aparece el verdadero problema político para La Moneda. Porque esto ya no es únicamente una discusión económica. Empieza a transformarse en una discusión sobre credibilidad pública y conducción política.
La tendencia a reinterpretar permanentemente la realidad se está convirtiendo en una marca de Gobierno. El propio Presidente Kast ya había mostrado esa lógica cuando justificó polémicas declaraciones señalando que se trataba de una “metáfora”, como si el problema no fueran las palabras pronunciadas, sino la incapacidad del resto para comprenderlas correctamente.
Cuando un gobierno comienza a discutir más sobre el lenguaje que sobre los resultados, normalmente es porque los resultados dejaron de acompañarlo.
Lo mismo ocurrió cuando desde el oficialismo se habló de haber recibido “un país quebrado”, instalando una narrativa catastrófica para justificar estrecheces fiscales y futuros ajustes presupuestarios. Pero simultáneamente esa supuesta gravedad convivía con promesas de rebajas tributarias, reducción del gasto y mantención íntegra de beneficios sociales.
Otra vez la contradicción convertida en discurso oficial.
Y cuando comenzaron las preguntas incómodas sobre cómo se financiarían ciertas promesas, apareció otra frase imposible de ignorar: que “no se sabía” que debía presentarse un plan detallado.
Una confesión sorprendente en cualquier administración seria. Pero completamente coherente con un gobierno donde muchas veces pareciera que el relato político antecede al diseño técnico y la narrativa intenta reemplazar la planificación real.
Mientras tanto, desde La Moneda se sigue insistiendo en que “no se recortará ningún beneficio social”, aunque paralelamente disminuyan programas, recursos y capacidades operativas del Estado. Porque nuevamente la apuesta parece ser semántica: mientras no se utilice la palabra “recorte”, el recorte simplemente dejaría de existir.
Pero gobernar no consiste en administrar relatos. Consiste en administrar realidades.
El consultorio que pierde financiamiento no se sostiene con eufemismos. El municipio que enfrenta menos recursos no resuelve sus problemas mediante frases creativas. La seguridad pública no mejora porque se cambie la descripción de una crisis. Y el crecimiento económico tampoco aparece simplemente porque el Gobierno decida instalar optimismo discursivo en base a rebajas tributarias que solo benefician a un determinado y exclusivo sector de la sociedad.
La ciudadanía puede aceptar tiempos difíciles, restricciones presupuestarias o incluso decisiones impopulares. Lo que resulta muchísimo más difícil de tolerar es que intenten presentar esas dificultades como si fueran señales de éxito.
Porque una cosa es defender austeridad fiscal. Y otra muy distinta es intentar convencer al país de que reducir capacidades públicas fortalecerá los servicios.
El problema no es cambiar las palabras. El problema es creer que cambiando las palabras desaparecen los problemas.
Eso no es eficiencia. Eso es relato político intentando reemplazar la realidad.
Y cuando un gobierno comienza a depender más de las metáforas que de los resultados, el desgaste político deja de ser una amenaza futura y comienza a transformarse en una crisis de confianza.



