Por Richard Andrade C., Director de Poderyliderazgo.cl
El anuncio del gabinete del presidente electo José Antonio Kast no solo definió nombres y cargos. Definió una forma de ejercer el poder. La combinación de tecnocracia económica, presencia empresarial, figuras con pasado en la exConcertación y nombramientos que reabren debates históricos dibuja un mapa político más complejo que el relato de “gobierno de emergencia” que intenta instalar el nuevo mandatario.
Desde el primer día, el gabinete mostró que no es un equipo neutro ni meramente técnico. Es un diseño político que mezcla control ideológico en áreas sensibles, tecnocracia en la economía y gestos de transversalidad selectiva. Esa mezcla puede dar flexibilidad, pero también genera tensiones internas, costos políticos y riesgos de gobernabilidad.
Cercanía al poder: Quiroz, Justicia y el núcleo político de Kast
Uno de los nombramientos más sensibles es el de Jorge Quiroz en Hacienda. Su cercanía personal y política con Kast refuerza la idea de un núcleo duro con alto nivel de autonomía frente a los partidos. No es solo un ministro técnico: es una señal de quién manda realmente en el diseño económico del nuevo gobierno.
Pero su trayectoria en el mundo de las asesorías privadas y controversias empresariales ha activado críticas que no son solo ideológicas. Se habla de conflictos de interés, de débil respaldo político y de dificultades para negociar con un Congreso fragmentado. El problema no es solo si su receta económica funciona, sino si tendrá la fuerza política para sostenerla cuando choquen intereses sociales, empresariales y parlamentarios.
En esa misma lógica de control ideológico aparece el nombramiento de Fernando Rabat en Justicia y Derechos Humanos. La presencia de figuras ligadas a la defensa judicial de Augusto Pinochet en una cartera que debe garantizar verdad y reparación es una señal política de confrontación, no de cierre de ciclos.
Kast insiste en mirar al futuro, pero sus decisiones muestran que el pasado sigue siendo parte activa de su proyecto de poder. No es una omisión: es una elección que tensiona a la oposición, a los organismos de derechos humanos y a sectores moderados que esperaban señales de distensión.
Minería, economía y desorden: los casos Mas y Montt
En paralelo, la creación del biministerio de Economía y Minería, encabezado por Daniel Mas Valdés, abrió otra fisura. La reacción de la Cámara Minera de Chile fue directa: cuestionó que se perdiera la oportunidad de nombrar a una figura con trayectoria minera en una industria clave para el país.
La señal política es potente: la minería deja de ser política de Estado diferenciada y pasa a ser una variable productiva más. Esa no es una decisión técnica, es una definición ideológica sobre el modelo de desarrollo.
A este escenario se sumó un episodio que expuso desorden y fragilidad política en el proceso de nombramientos. Mediante una comunicación inédita, la minera Los Andes Copper anunció que su gerente general, Santiago Montt, había renunciado tras ser “nombrado ministro de Minería del gobierno entrante”.
El anuncio se difundió cuando aún no existía confirmación oficial del gabinete y mientras se realizaban los últimos ajustes.
La secuencia fue políticamente grave: una empresa privada informó antes que el propio presidente electo el nombre de un ministro. El episodio reveló filtraciones, falta de control interno y debilidad en la conducción del proceso. Aunque el nombramiento se cayó y Montt no asumió formalmente, el daño ya estaba hecho: quedó instalada la idea de improvisación en una de las áreas más sensibles de la economía chilena.
El caso Montt no fue solo un error puntual. Fue una señal temprana de cómo el nuevo gobierno está gestionando la frontera entre política y grandes intereses económicos, en un sector estratégico como la minería, donde cada decisión tiene impacto fiscal, territorial y social.
Transversalidad selectiva
Al mismo tiempo, la incorporación de Ximena Rincón y Jaime Campos, ambos provenientes de la exConcertación, rompe el relato de un gabinete puramente identitario de derecha dura. Estos nombres buscan mostrar amplitud, enviar señales al centro político y mejorar la capacidad de negociación.
Pero esa apertura también genera ruido interno. Parte de la base que llevó a Kast al poder lo hizo precisamente por su distancia con la vieja política. Entonces, la pregunta no es si Rincón y Campos tienen experiencia —la tienen—, sino qué representan políticamente: ¿una apertura real o una operación táctica para sumar apoyo sin modificar el rumbo?
Un gabinete que anuncia conflicto
En conjunto, el gabinete de Kast no anuncia calma. Anuncia disputa. Disputa con la oposición, con sectores sociales, con gremios productivos y también dentro de su propia coalición. Cada nombramiento es leído como mensaje ideológico, no como simple gestión.
Antes incluso de asumir, Kast ya enfrenta su primer gran desafío político: explicar con claridad para quién gobierna y desde dónde ejerce el poder. Su gabinete no es solo una lista de ministros. Es la primera gran señal de cómo entiende la autoridad, cómo administra las lealtades y cuánta confrontación está dispuesto a asumir.
Por ahora, esa señal no tranquiliza. Anuncia un ciclo político duro, polarizado y de alta tensión, donde cada decisión será leída no solo como política pública, sino como definición de poder.



