La instalación del gobierno de Kast revela un problema más profundo que errores puntuales: una estrategia comunicacional que no logra alinear vocería, decisiones y conducción política en un momento crítico
La política no se mide solo por lo que se decide, sino por la capacidad de sostener esas decisiones en el tiempo. En ese plano, las primeras semanas del gobierno de José Antonio Kast muestran una dificultad que excede lo comunicacional: evidencian un Ejecutivo que no ha logrado ordenar su propio sistema de mensajes.
La instalación del concepto de “Estado en quiebra” respondió a una decisión deliberada —ordenar la agenda desde la urgencia—, pero su rápida corrección dejó en evidencia una falla más relevante: el gobierno no logró sostener su propio marco.
Ahí aparece el primer problema de fondo. No es la dureza del diagnóstico, sino su inconsistencia. Cuando un gobierno instala una idea de alto impacto y luego la corrige, no ajusta el mensaje: debilita su credibilidad. Y en contextos económicos sensibles, esa señal no se interpreta como prudencia, sino como falta de control.
En este escenario, la Secretaría General de Gobierno no ha logrado cumplir su función principal: ordenar el mensaje. La vocería no aparece como el espacio donde se filtra y jerarquiza la información, sino como una instancia que administra consecuencias.
Mara Sedini enfrenta una limitación que es tanto estructural como operativa. En sus intervenciones públicas se han evidenciado imprecisiones, vacilaciones y dificultades para sostener líneas argumentales bajo presión. No es solo un problema de forma. Cuando una vocería duda o corrige sobre la marcha, lo que se erosiona no es el discurso, es la confianza en la decisión que intenta defender.
El resultado es visible: una vocería expuesta, que responde por definiciones que no articula y que amplifica el impacto de los errores en lugar de contenerlos.
Mucho mensaje, poco orden
Parte de esta fragilidad se explica por el diseño comunicacional. La apuesta por copar la agenda ha llevado al gobierno a instalar múltiples temas simultáneamente, pero sin una narrativa que los articule.
El problema no es la cantidad de mensajes, sino su falta de jerarquía. Cuando todo es urgente, nada termina siendo claro. Y cuando los asesores diseñan el mensaje, los ministros lo matizan y la vocería lo enfrenta, lo que se produce no es coordinación. Es desorden. No hay silencio. Pero tampoco hay dirección.
El problema ya no es solo discursivo
El hackeo de las redes del Presidente no es un episodio menor. No por su contenido, sino por lo que expone.
En política, el canal es parte del mensaje. Y cuando un gobierno no logra resguardar sus propios canales oficiales, la señal es evidente: hay una dificultad para controlar no solo lo que se dice, sino cómo circula. En combinación con errores previos, el efecto es acumulativo. La fragilidad deja de ser puntual y pasa a ser perceptiva.
A esto se suma una decisión que condiciona la comunicación del Ejecutivo. El relato parece construido más para consolidar su base que para ampliarla. Esa lógica puede ser eficaz en campaña. En el gobierno, reduce el margen de acción. Porque gobernar implica hablarle también a quienes no comparten el punto de partida. Cuando eso no ocurre, la firmeza se transforma en rigidez, y la claridad en desconexión.
El gabinete, en ese contexto, refuerza esa percepción. Explicaciones técnicas, bajo registro político, que no logran traducirse en una narrativa que conecte con la experiencia cotidiana.
Las dudas ya no vienen solo desde fuera
Un elemento adicional comienza a emerger: las críticas desde el propio sector. Cuestionamientos al manejo comunicacional, especialmente frente a decisiones sensibles, reflejan una incomodidad que no es menor.
Cuando las dudas aparecen dentro, el problema deja de ser percepción externa. Pasa a ser conducción interna. Y ahí la comunicación deja de ser un tema táctico y se transforma en un problema político.
El gobierno ha optado por instalar la urgencia como marco. Pero esa decisión exige algo clave: consistencia.
Porque un gobierno que comunica crisis de manera permanente necesita resultados rápidos para sostenerla. Si esos resultados no aparecen, la narrativa se agota. Y cuando eso ocurre, lo que queda no es la emergencia. Es el desgaste.
Entonces, no es un problema de vocería. No es un problema de asesores. Es un problema de ansiedad e inexperiencia que hace perder el control.
Un gobierno funciona cuando sabe quién define su mensaje, quién lo valida y quién lo sostiene. Hoy, esa línea no está clara. Y cuando un gobierno no logra ordenar su propio relato, no solo pierde la agenda.
Empieza a perder la capacidad de gobernar lo que intenta conducir.



