El equipo replicó técnicas e instrumentos de 1926 para reconstruir una imagen histórica, poniendo en valor el rol del norte de Chile en la astronomía temprana y reabriendo el debate sobre cómo la memoria científica también fortalece la proyección internacional del país en observación astronómica.
La astronomía en el norte de Chile no solo se escribe en observatorios de última generación. También se construye recuperando hitos que explican por qué este territorio se convirtió en una plataforma privilegiada para observar el Universo. Con ese propósito, astrónomos de la Universidad de Antofagasta (UA) recrearon una astrofotografía tomada en 1926 desde Chuquicamata por el científico John Paraskevopoulos, utilizando técnicas e instrumentos análogos a los de hace un siglo.
La iniciativa fue liderada por Eduardo Unda-Sanzana, presidente de la Agrupación Científico Cultural Licancabur y director del Centro de Astronomía de la UA, quien regresó al histórico enclave minero para observar el cielo en condiciones similares a las de hace cien años. El objetivo no fue solo técnico: poner en valor la historia de la observación astronómica en el norte de Chile y subrayar su aporte temprano al desarrollo de esta disciplina a nivel mundial.
“El Desierto de Atacama cuenta con condiciones atmosféricas y cielos privilegiados. Parte de las primeras observaciones documentadas en Sudamérica se realizaron desde esta zona, y algunas desde el ex campamento de Chuquicamata”, explicó Unda-Sanzana, al contextualizar un trabajo que conecta pasado científico, territorio y proyección internacional.
Un hito que marcó época
John Paraskevopoulos, doctor en Física por la Universidad de Atenas, recorrió Sudamérica en la década de 1920 en busca de una ubicación para instalar un observatorio del Harvard College.
“Exploraron Lima, exploraron Arequipa y decidieron instalarse en Arequipa, pero parte de su exploración los trajo al norte de Chile a visitar primero Pampa Central y luego Chuquicamata, donde estuvieron tomando datos durante más o menos tres años, datos que han tenido gran trascendencia en la historia de la astronomía”, relató Unda-Sanzana.
Según los registros, el 19 de febrero de 1926 fue la última noche de observación de Paraskevopoulos en Chuquicamata. “Estuvo en este lugar, donde estamos de pie ahora, haciendo las últimas observaciones con dos instrumentos: un telescopio Metcalfe de unos 25 centímetros de diámetro y una lente más pequeña, el Ross Tessar, de tres pulgadas, para imágenes de campo y estudios de estrellas variables”, detalló el astrónomo chileno.
Con esos equipos también se obtuvieron imágenes espectrales que luego permitieron construir sistemas de clasificación estelar.
Tecnología antigua, preguntas actuales
Para recrear esa experiencia, Unda-Sanzana y el astrónomo Juan Pablo Colque operaron una antigua cámara fotográfica de fuelle, cuidadosamente restaurada. “Encontramos un modelo de 1912, que finalmente adquirimos, para ponerlo en funcionamiento en una cámara de fines del siglo XIX. Así recompusimos, más o menos, las mismas condiciones en las cuales se hizo la observación en 1926”, explicó.
El ejercicio no busca competir con la astronomía moderna, sino recordar que la ciencia también avanza sobre capas de historia, ensayo y error, y que el norte de Chile ya era un laboratorio natural para la observación del cielo mucho antes del boom de los grandes telescopios.
Ciencia, territorio y memoria
La recreación de esta astrofotografía reinstala a Chuquicamata en el mapa histórico de la astronomía y aporta una dimensión cultural a un territorio conocido principalmente por su relevancia minera. Al mismo tiempo, refuerza el relato de Chile como país de observación astronómica, no solo por su infraestructura actual, sino por una tradición científica que se remonta a más de un siglo.
Más que un gesto nostálgico, el trabajo de la Universidad de Antofagasta invita a mirar la ciencia como un proyecto de largo plazo, donde memoria, territorio y conocimiento se articulan para proyectar al país en la frontera de la exploración del Universo.




