Desde Arica hasta Magallanes, diez investigadoras desarrollan ciencia de frontera vinculada a universidades regionales. Inteligencia artificial, genómica, microbiología, salud, océanos y paleontología revelan una geografía del conocimiento que crece fuera de Santiago y gana protagonismo en Chile
En Arica, una investigadora utiliza inteligencia artificial para mejorar la detección del cáncer de mama. En Coquimbo, las macroalgas del litoral abren nuevas preguntas biotecnológicas. Desde O’Higgins se cruzan genómica, supercomputación y salud, mientras en Magallanes los fósiles encontrados entre glaciares entregan nuevas pistas sobre animales que habitaron la Patagonia hace millones de años.
Miradas de manera aislada, son diez trayectorias científicas. Juntas, muestran algo mayor: la investigación de frontera que se desarrolla desde las regiones chilenas ya no puede entenderse como una actividad periférica respecto de Santiago. Universidades y centros distribuidos por el territorio han instalado laboratorios, construido redes internacionales y formado equipos capaces de trabajar en algunas de las áreas más avanzadas del conocimiento.
El proceso también está adquiriendo una dimensión institucional. En enero de 2026, el Ministerio de Ciencia adjudicó más de $77 mil millones a once universidades de diez regiones, mediante financiamiento estructural de investigación, desarrollo e innovación por un período de diez años. Siete planteles ingresaron específicamente a la línea territorial del programa, orientada a fortalecer capacidades científicas vinculadas con los desafíos de cada zona.
No parte de cero. Las universidades regionales han acumulado durante décadas capacidades de investigación, formación e innovación fuera de Santiago, aunque persisten diferencias en financiamiento, infraestructura y capacidad para atraer capital humano avanzado.
Las diez científicas seleccionadas no conforman un ranking. El criterio considera investigación desarrollada o construida desde instituciones regionales, trayectoria, impacto científico, innovación y capacidad para conectar conocimiento con desafíos territoriales. El recorrido comienza en Arica y termina frente a la Antártica.
Del desierto al océano: investigar desde el territorio
En la Universidad de Tarapacá, Cristina Alfaro Vergara está trabajando sobre uno de los problemas sanitarios de mayor impacto para las mujeres: el cáncer de mama. Tecnóloga médica especializada en imagenología y física médica, académica de la Facultad de Ciencias de la Salud e investigadora del Instituto Milenio iHEALTH, está finalizando un doctorado en Ingeniería Biológica y Médica.
Su investigación utiliza deep learning para segmentar tumores en tomosíntesis digital de mama, una tecnología que permite obtener imágenes tridimensionales del tejido mamario. El objetivo es caracterizar con mayor precisión volumen, ubicación y morfología de las lesiones y aportar herramientas para su detección. En septiembre de 2026 recibió el Premio For Women in Science, entregado por L’Oréal Chile y Unesco con colaboración de ANID.
A más de 700 kilómetros hacia el sur, Cristina Dorador Ortíz convirtió los salares y ambientes extremos del desierto de Atacama en un laboratorio natural para estudiar formas de vida microscópica capaces de sobrevivir bajo condiciones excepcionales.
Su caso requiere una precisión. Dorador desarrolló durante 17 años su trabajo académico en la Universidad de Antofagasta y en 2025 se radicó en Escocia para realizar una estadía en la University of Strathclyde. Sin embargo, continúa a cargo del proyecto MESS de la universidad nortina, que investiga los servicios ecosistémicos microbianos de los salares, su potencial biotecnológico y las amenazas ambientales que enfrentan. El territorio donde construyó su carrera sigue, por tanto, en el centro de sus preguntas científicas.
Su trayectoria ayudó además a modificar la mirada sobre estos ambientes. Los salares no son solamente depósitos asociados a minerales estratégicos. Son ecosistemas donde comunidades microbianas permiten estudiar evolución, adaptación y biodiversidad, además de explorar moléculas y procesos con posibles aplicaciones biotecnológicas.
En Coquimbo, el laboratorio de Fadia Tala González también comienza en un recurso directamente asociado al territorio. Bióloga marina, profesora titular y directora del Departamento de Biología Marina de la Universidad Católica del Norte, ha dedicado buena parte de su carrera a estudiar la ecofisiología de las macroalgas y sus respuestas frente a condiciones ambientales.
Pero sus investigaciones han ido abriendo otras posibilidades. Tala lidera un proyecto que estudia el potencial de macroalgas chilenas frente a alteraciones del neurodesarrollo, en colaboración con investigadores del área biomédica. La pregunta lleva un recurso característico del litoral desde la ecología marina hacia un terreno interdisciplinario donde convergen biotecnología y salud.
No es un detalle menor. Parte de la fortaleza de la ciencia producida desde las regiones surge precisamente de esa proximidad con ecosistemas y recursos que plantean preguntas difíciles de reproducir desde otros lugares. El desierto, los salares y el océano dejan de ser solamente geografía y pasan a formar parte del objeto mismo de investigación.
Cerebro, genes y células: ciencia avanzada desde el centro sur
En Valparaíso, Steren Chabert trabaja entre ingeniería, medicina y procesamiento de imágenes. Profesora titular de Ingeniería Civil Biomédica de la Universidad de Valparaíso e investigadora principal del Instituto Milenio iHEALTH, se ha especializado en técnicas avanzadas de neuroimagen que permiten estudiar estructura, actividad y conectividad cerebral.
Su trabajo utiliza resonancia magnética funcional y de difusión, además de herramientas de ingeniería biomédica e inteligencia artificial, para desarrollar soluciones destinadas a investigación y diagnóstico. Durante 2026 también dirigió un proyecto Fondef que desarrolló un sistema basado en IA para cuantificar automáticamente la densidad mamaria como herramienta de apoyo para la pesquisa del cáncer.
Más al sur, una universidad con apenas una década de historia está construyendo capacidades en otra de las áreas que están cambiando la medicina. Carol Moraga, doctora en Bioinformática y académica del Instituto de Ciencias de la Ingeniería de la Universidad de O’Higgins, trabaja en el cruce entre datos, genómica y salud.
En marzo fue reconocida por su participación en un proyecto de supercomputación desarrollado junto al Hospital Regional de Rancagua, orientado a acelerar diagnósticos oncológicos mediante la creación del primer banco digital de imágenes histopatológicas de O’Higgins. Meses después pasó a integrar GenomIA, proyecto Fondef que busca desarrollar reportes genómicos para población chilena con apoyo de inteligencia artificial.
La proyección va más allá de un proyecto individual. Moraga ha planteado avanzar desde la región hacia capacidades de análisis genómico que puedan colaborar con hospitales de otros territorios. Esa línea se conecta con el esfuerzo que O’Higgins y Maule están realizando para incorporar capacidades científicas y tecnológicas a las decisiones regionales y acercar investigación, instituciones públicas y necesidades territoriales.
En Talca, Ingrid Carvacho Contreras investiga procesos que ocurren mucho antes de cualquier diagnóstico clínico. Doctora en Ciencias con mención en Biología Celular y Molecular, académica de la Universidad Católica del Maule y responsable del Laboratorio de Canales Iónicos y Reproducción, estudia mecanismos celulares vinculados con la fertilización.
Su equipo investiga, entre otros procesos, cómo determinados canales iónicos intervienen en la maduración de los ovocitos y en mecanismos que permiten evitar la fecundación de un óvulo por más de un espermatozoide.
Son preguntas de ciencia básica, pero fundamentales para comprender la reproducción y el desarrollo embrionario temprano. Actualmente, Carvacho también ocupa responsabilidades institucionales en investigación dentro de la UCM.
Y en Concepción, Apolinaria García Cancino representa quizá uno de los ejemplos más claros de cómo una investigación construida durante décadas en una universidad regional puede recorrer el camino desde una pregunta científica hasta una innovación protegida por propiedad intelectual.
Profesora titular de la Universidad de Concepción y especialista en microbiología, lleva cerca de tres décadas estudiando Helicobacter pylori, bacteria relacionada con gastritis, úlceras y un mayor riesgo de desarrollar cáncer gástrico. Su trabajo permitió desarrollar y patentar una cepa probiótica capaz de inhibir la infección por este microorganismo.
La investigación terminó además convertida en productos y tecnologías transferidas fuera del laboratorio. García fue reconocida en 2025 por INAPI como Inventora del Año, con una trayectoria que suma siete patentes relacionadas con probióticos y aplicaciones para salud humana y animal. En su caso, Concepción no es únicamente el lugar donde se produjo el conocimiento: es el punto desde donde una investigación científica consiguió avanzar hacia innovación y transferencia tecnológica.
Del suelo patagónico a los mares australes
En La Araucanía, la investigación de María de la Luz Mora Gil comienza bajo los pies. Académica de la Universidad de La Frontera y directora del Núcleo Científico y Tecnológico de Biorecursos, BIOREN, ha construido una extensa trayectoria estudiando la relación entre suelo, plantas, nutrientes y producción agrícola.
Su trabajo se concentra en áreas como interacción suelo planta, nutrición y fisiología vegetal, rizosfera y procesos vinculados con la productividad. En 2025 recibió el Premio a la Trayectoria de la Sociedad Chilena de la Ciencia del Suelo y desde 2024 integra la Academia Chilena de Ciencias. En 2026 fue una de las investigadoras de la UFRO incorporadas a la Tabla Periódica de Científicas Chilenas de la Biblioteca del Congreso Nacional.
El suelo puede parecer una frontera menos espectacular que la inteligencia artificial o la genómica, pero sobre él descansan buena parte de la agricultura y la producción de alimentos. Investigar sus propiedades desde una región donde esa actividad es central conecta ciencia básica, producción y adaptación a nuevas condiciones ambientales.
En Valdivia, Leyla Cárdenas Tavie ha utilizado genética y genómica para mirar hacia el océano. Profesora titular de la Universidad Austral de Chile e investigadora del Centro IDEAL, su trabajo estudia biodiversidad marina, estructura poblacional y variabilidad genética de algas, peces e invertebrados, con una especial atención en los ecosistemas antárticos y subantárticos.
Sus investigaciones han incorporado herramientas genómicas y transcriptómicas para comprender procesos evolutivos, reproducción y conexiones biológicas entre Patagonia y Antártica. Nacida y criada en Aysén, Cárdenas construyó desde el sur una trayectoria que conecta universidades, ecosistemas de altas latitudes y redes científicas internacionales.
El recorrido termina en Magallanes, donde Judith Pardo Pérez trabaja literalmente sobre capas de la historia del planeta. Bióloga, doctora en Ciencias, profesora asociada de la Universidad de Magallanes e investigadora vinculada al Centro Internacional Cabo de Hornos, se ha especializado en paleontología de vertebrados.
Uno de los hallazgos más conocidos de su equipo es “Fiona”, un ictiosaurio hembra preñado encontrado en el glaciar Tyndall. La investigación sobre el fósil fue incluida entre las cinco presentaciones científicas más relevantes de la 85ª reunión de la Society of Vertebrate Paleontology, donde se expusieron más de 300 trabajos.
El impacto no termina en el fósil. Durante 2026, Pardo continuó liderando campañas de terreno y redes internacionales desde Magallanes e impulsó junto a especialistas extranjeros formación técnica para preparar y conservar material paleontológico. La UMAG desarrolló allí el primer curso certificado de preparación paleontológica del país, instalando capacidades que antes eran difíciles de encontrar en Chile.
Cuando el territorio se convierte en la pregunta científica
Las diez historias recorren disciplinas diferentes, pero permiten identificar un patrón. Las regiones no funcionan únicamente como el domicilio de estas científicas. Son parte de sus preguntas. El cáncer de mama en Arica, los microorganismos de los salares, las algas de Coquimbo, las capacidades de salud en O’Higgins, los suelos de La Araucanía, la biodiversidad subantártica y los fósiles de Magallanes vinculan investigación con características concretas de los territorios.
Ese proceso ocurre mientras el mapa de la ciencia y la innovación comienza a incorporar nuevos centros de decisión desde las regiones. Fondos de largo plazo, universidades con mayores capacidades, infraestructura y redes científicas internacionales están modificando lentamente una estructura históricamente centralizada.
Todavía existen brechas de financiamiento, equipamiento y capital humano avanzado. Pero la pregunta está cambiando. Ya no se trata de demostrar si es posible hacer ciencia de frontera fuera de Santiago. Desde Arica hasta Magallanes, estas investigadoras muestran que esa ciencia ya se está haciendo y que una parte creciente de sus preguntas nace, precisamente, desde los territorios.



