Ambas regiones lideraron las mayores tasas de desocupación del país, seguidas por Ñuble y Maule. El dato confirma que la presión laboral golpea con más fuerza a territorios marcados por servicios, agricultura, comercio y empleo estacional
El desempleo volvió a instalar una alerta nacional, pero su impacto no se distribuye de la misma manera en el territorio. Mientras la tasa de desocupación en Chile llegó a 9,4% en el trimestre marzo-mayo de 2026, el mapa regional muestra que Valparaíso y O’Higgins encabezaron las mayores tasas del país, ambas con 10,2%.
El dato cobra especial relevancia porque ambas regiones combinan alta presencia de servicios, comercio, agricultura, agroindustria, actividad portuaria, turismo y empleo estacional. Es decir, sectores intensivos en mano de obra, pero también sensibles a ciclos económicos, inversión, consumo interno y condiciones productivas.
A nivel nacional, el Instituto Nacional de Estadísticas informó que 981.315 personas estaban desocupadas en el período. La cifra se explica por un crecimiento de 1,3% de la fuerza de trabajo, superior al avance de 0,8% de las personas ocupadas. En simple: más personas están buscando empleo, pero la economía no está generando suficientes puestos para absorber esa mayor presión.
Centro del país concentra la mayor presión
El ranking regional deja una señal clara. Valparaíso y O’Higgins lideraron la desocupación con 10,2%, seguidas por Ñuble, con 10,1%, y Maule, con 10,0%. Son cuatro regiones sobre los dos dígitos, ubicadas principalmente en la zona centro y centro-sur del país.
En Valparaíso, el dato golpea a una región con fuerte peso urbano, portuario, turístico, comercial y de servicios. La presión laboral no solo afecta a quienes buscan empleo directamente, sino también a economías locales que dependen del consumo, la temporada turística, la logística, el comercio minorista y los servicios profesionales.
En O’Higgins, la lectura es distinta pero igual de sensible. La región combina actividad agrícola, agroindustrial, minera, logística y servicios públicos, con una fuerte presencia de empleo estacional. Cuando la desocupación llega a dos dígitos, el impacto se siente en comunas rurales, ciudades intermedias y hogares que dependen de trabajos temporales o vinculados al ciclo productivo agrícola.
Ñuble y Maule completan la alerta
La situación también preocupa en Ñuble y Maule, regiones donde el desempleo se ubicó en torno al 10%. En ambos casos, la presión laboral se cruza con estructuras productivas donde la agricultura, los servicios, el comercio y el trabajo por cuenta propia tienen un peso relevante.
El caso de Ñuble es especialmente sensible por su menor tamaño económico relativo y por el peso de la informalidad laboral. En territorios con menor diversificación productiva, una tasa alta de desempleo puede traducirse rápidamente en subempleo, trabajos por cuenta propia de baja protección o salida temporal del mercado laboral.
En Maule, la alerta se conecta con una economía regional fuertemente marcada por la agroindustria, la ruralidad, la construcción, el comercio y los servicios. La desocupación de dos dígitos confirma que la recuperación laboral sigue siendo desigual y que las regiones agrícolas enfrentan presiones distintas a las de la Región Metropolitana o las zonas mineras del norte.
| Región | Tasa de desocupación | Impacto territorial |
|---|---|---|
| Valparaíso | 10,2% | Alta presión en servicios, comercio, turismo, puertos y empleo urbano. |
| O’Higgins | 10,2% | Alerta en agricultura, agroindustria, minería, logística y empleo estacional. |
| Ñuble | 10,1% | Desempleo alto en una economía regional con fuerte ruralidad e informalidad. |
| Maule | 10,0% | Presión laboral en agricultura, agroindustria, comercio y servicios. |
| Biobío | 9,8% | Mercado industrial, portuario, forestal y de servicios bajo presión. |
| Región Metropolitana | 9,8% | Mayor volumen absoluto de personas desocupadas del país. |
Informalidad agrava el cuadro regional
El desempleo no es la única señal crítica. El boletín nacional del INE mostró que la tasa de ocupación informal llegó a 27,0%, con 2.540.509 personas ocupadas informales en el país. La informalidad aumentó 1,0 punto porcentual en doce meses, mientras las personas ocupadas informales crecieron 4,6%.
Este dato es clave para entender lo que ocurre en regiones. En territorios con alta estacionalidad, menor diversificación productiva y fuerte presencia de pequeñas empresas, comercio local y trabajo por cuenta propia, la informalidad suele operar como válvula de escape frente a la falta de empleos formales.
El problema es que esa salida no siempre ofrece cotizaciones, estabilidad, protección social ni ingresos sostenibles. Por eso, el aumento de la informalidad profundiza el impacto empresarial de la informalidad laboral, especialmente en zonas donde el comercio, los servicios y la actividad rural sostienen buena parte del empleo disponible.
Sectores productivos explican parte del mapa
El informe nacional también muestra señales relevantes por actividad económica. La ocupación creció en industria manufacturera, con 5,2%; actividades de salud, con 6,0%; actividades profesionales, con 11,6%; y transporte, con 6,0%. Sin embargo, hubo retrocesos importantes en agricultura y pesca, con -5,0%; administración pública, con -4,8%; y minería, con -7,4%.
La caída en agricultura y pesca pega directamente en regiones con empleo rural y actividades estacionales. La baja en administración pública puede afectar especialmente a capitales regionales y comunas donde el Estado es un empleador relevante. El retroceso minero, en tanto, abre una señal de cuidado para territorios donde la inversión y los servicios asociados a faenas sostienen cadenas de empleo indirecto.
Por eso, el dato regional no puede leerse solo como una estadística laboral. También habla de matriz productiva, inversión, capacidad de absorción del empleo local y calidad de los puestos disponibles, temas que han estado presentes en la cobertura sobre empleo, inversiones y Plan Invierno.
Mujeres siguen con mayor presión laboral
El boletín del INE también mostró una brecha relevante por sexo. La desocupación femenina llegó a 10,5%, mientras que la masculina se ubicó en 8,6%. Aunque las mujeres aumentaron su participación laboral, el mercado no logró absorber con la misma fuerza esa mayor disponibilidad.
La señal importa para regiones donde muchas mujeres se insertan en comercio, servicios, salud, educación, turismo, cuidados, empleo temporal o trabajo por cuenta propia. Si la economía regional no genera empleos formales suficientes, la mayor participación femenina puede convivir con desempleo, informalidad o subutilización laboral.
El mismo informe muestra que la tasa combinada de desocupación y fuerza de trabajo potencial llegó a 17,1% a nivel nacional, pero en mujeres alcanzó 20,3%, frente al 14,4% de los hombres. Esa brecha confirma que la presión laboral femenina va más allá del desempleo abierto.
Reactivación con brechas territoriales
El desempleo de 9,4% a nivel nacional ya es una señal de alerta. Pero el liderazgo de Valparaíso y O’Higgins en el ranking regional confirma que el problema tiene rostros territoriales distintos. No todas las regiones enfrentan el desempleo desde la misma estructura productiva ni con las mismas capacidades de recuperación.
La discusión económica, por lo tanto, no puede limitarse al promedio país. En regiones, el empleo depende de sectores específicos, temporadas productivas, inversión pública y privada, encadenamientos locales y capacidad de generar puestos formales. Cuando una región supera el 10% de desocupación, el impacto se mueve desde la estadística hacia los hogares, proveedores, pequeños comercios y economías comunales.
El desafío para la política pública es claro: crear más empleo, pero también mirar dónde se está perdiendo, qué tipo de trabajo se está generando y cuánta formalidad acompaña la recuperación. Sin esa lectura territorial, la reactivación puede avanzar en los discursos, pero seguir llegando tarde a las regiones que muestran mayor presión laboral.



