La ofensiva contra el proyecto del Gobierno terminó exponiendo una fractura mayor en la centroizquierda: partidos que negocian por separado, bancadas que anuncian acciones antes de coordinarse y una conducción política que nadie termina de ejercer
Por Richard Andrade C. Director de Poderyliderazgo.cl
La oposición chilena no está perdiendo frente a la megarreforma solo por la fuerza del Gobierno. Está perdiendo, sobre todo, por su incapacidad para actuar como oposición. Tiene argumentos, tiene votos y tiene espacio para incomodar al Ejecutivo. Pero le falta lo esencial: liderazgo político y unidad mínima para transformar la crítica en estrategia.
Lo ocurrido en los últimos días lo confirma. Mientras el PPD avanzó en un acuerdo con el Ejecutivo para modificar la invariabilidad tributaria, la bancada del Partido Socialista salió antes a anunciar que recurriría al Tribunal Constitucional. Un sector negociaba, otro judicializaba, otros reclamaban falta de coordinación y el Gobierno miraba como sus adversarios debilitaban su propia ofensiva.
El problema no es que existan posiciones distintas. En una oposición amplia eso es natural. El problema es que cada partido actúe como si la estrategia común fuera un trámite secundario. Cuando una bancada corre al TC antes de cerrar una definición colectiva, y cuando otro partido opta por negociar una salida propia, lo que queda instalado no es pluralismo. Es ausencia de mando.
Ahí las declaraciones del senador Francisco Huenchumilla golpean donde duele. Desde la Democracia Cristiana, planteó que la centroizquierda necesita una suerte de primus inter pares y apuntó al Partido Socialista como el partido llamado a asumir ese rol. La pregunta es inevitable: ¿puede el PS conducir si ni siquiera logra ordenar los tiempos de una ofensiva institucional tan sensible? Liderar no es salir primero a declarar. Liderar es ordenar, contener, negociar y asumir costos.
La pregunta tampoco se agota en el PS. ¿Qué lugar ocupan los partidos chicos, que muchas veces condicionan acuerdos sin cargar con el peso principal de sostenerlos? ¿Dónde queda el Frente Amplio, todavía atrapado entre su aprendizaje de gobierno y la pérdida de centralidad política? ¿Qué ocurre con el Partido Comunista, disciplinado hacia adentro, pero no siempre disponible para una estrategia común hacia afuera? La oposición parece una suma de islas con voceros, pero sin capitán.
Ese vacío tiene consecuencias. Si se va a recurrir al Tribunal Constitucional, la presentación debe ser seria, transversal y jurídicamente robusta. No puede parecer una reacción ansiosa para marcar identidad. Si se va a negociar con el Gobierno, debe quedar claro qué se gana, qué se cede y cuál es el límite político. Y si se va a rechazar la megarreforma, la oposición debe explicar qué propone en reemplazo. La crítica sin alternativa puede servir para una cuña, pero no construye mayoría.
El Gobierno no necesita hacer demasiado cuando al frente tiene un bloque que se desordena solo. Cada declaración cruzada le permite aparecer como el actor que negocia, mientras la oposición queda reducida a un archipiélago de intereses. Cada anuncio anticipado debilita una ofensiva que requería precisión. Cada gesto solitario confirma una sospecha incómoda: más que una estrategia opositora, hay una competencia interna por protagonismo.
Lo más grave es que la discusión no es menor. La megarreforma toca materias sensibles para el país: impuestos, inversión, empleo, sostenibilidad fiscal y reglas de largo plazo para grandes proyectos. Precisamente por eso, la oposición tenía la obligación de elevar el nivel del debate. Podía cuestionar la invariabilidad tributaria, advertir riesgos fiscales, exigir mayor equilibrio territorial y disputar el relato económico del Gobierno. Pero para eso necesitaba actuar como bloque, no como una colección de bancadas apuradas por marcar punto.
La política no premia solo a quien tiene razón. Premia a quien sabe convertir esa razón en poder, orden y conducción. Hasta ahora, la oposición ha mostrado más ansiedad que estrategia. El PS quiso tomar la delantera. El PPD buscó su propio acuerdo. La DC pidió conducción. El Frente Amplio aparece sin centro de gravedad. El PC juega con sus propios tiempos. Y los partidos menores administran su capacidad de veto como si eso bastara para influir.
Ese cuadro no incomoda solo por su desorden. Incomoda porque revela una pregunta mayor: ¿puede esta oposición presentarse como alternativa de gobierno si no logra coordinarse frente a una reforma legislativa? Los ciudadanos pueden compartir sus críticas al Ejecutivo, desconfiar de ciertos beneficios tributarios o mirar con preocupación el impacto fiscal de la iniciativa. Pero difícilmente confiarán en un sector que convierte cada decisión relevante en una disputa por visibilidad.
La oposición tiene espacio para golpear al Gobierno. Pero antes debe dejar de golpearse a sí misma. No basta con anunciar acciones ante el TC, negociar por separado o levantar discursos duros para la galería. Lo que falta es una conducción capaz de ordenar a los propios antes de enfrentar al adversario.
En política, la unidad no exige silencio ni obediencia ciega. Exige algo más básico: saber quién conduce, quién acompaña y cuál es el objetivo común. Cuando eso no existe, la oposición deja de ser contrapeso. Se convierte en su propio problema.



