El académico Jorge Gallardo advierte que la hiperconectividad digital está modificando la socialización de niños, adolescentes y jóvenes, con efectos en tolerancia a la frustración, ansiedad, vínculos presenciales y desarrollo socioemocional en Chile
Con más de 30 millones de conexiones móviles activas y un promedio cercano a nueve horas diarias de conexión a internet, Chile enfrenta una pregunta cada vez más urgente: qué efectos están teniendo los teléfonos inteligentes y las redes sociales en la salud mental, especialmente entre niños, adolescentes y jóvenes.
Para Jorge Gallardo, académico del Instituto de Ciencias de la Salud de la Universidad de O’Higgins, el impacto de la hiperconectividad está siendo más bien negativo. “En la infancia observamos un uso cada vez más prematuro de teléfonos móviles y dispositivos digitales y diversas investigaciones han comenzado a advertir que esta exposición temprana podría afectar procesos asociados al desarrollo cognitivo y socioemocional”, señaló.
Individuos y algoritmos
Uno de los puntos que más preocupa al investigador es que muchas interacciones cotidianas ya no ocurren solo entre personas, sino entre individuos y algoritmos. A diferencia de los vínculos humanos, las plataformas digitales están diseñadas para ofrecer contenidos ajustados a intereses personales, generando experiencias altamente gratificantes, inmediatas y cada vez menos expuestas a la diferencia.
“Esto reduce la exposición a la frustración, a la diferencia y a la negociación con otros, que son componentes fundamentales del desarrollo social”, explicó Gallardo, al advertir que esa lógica puede alterar la forma en que niños y jóvenes enfrentan situaciones incómodas, conversaciones difíciles o experiencias que requieren esfuerzo de comprensión.
El académico sostiene que en adolescentes y jóvenes el fenómeno ya es evidente. El uso intensivo de teléfonos y redes sociales ha modificado las formas de convivencia cotidiana, disminuyendo espacios de conversación familiar, encuentro prolongado con amistades y vínculos presenciales dentro de colegios, universidades y hogares.
Pantallas como espacios de socialización
Gallardo plantea que el cambio más profundo provocado por la hiperconectividad es que los teléfonos móviles y las redes sociales dejaron de ser herramientas tecnológicas para transformarse en espacios de socialización, capaces de enseñar, orientar y mediar la manera en que niños, niñas y adolescentes comprenden el mundo.
El problema, según el investigador, es que estas plataformas no operan de manera neutral. Los algoritmos priorizan contenidos personalizados que generan agrado, interés inmediato o permanencia en pantalla. Cuando un niño evita aquello que no le gusta, el sistema aprende y le ofrece algo más atractivo, reforzando una lógica de evasión frente a lo incómodo.
Ese patrón puede trasladarse a la vida cotidiana. “Algunos niños y jóvenes comienzan a trasladar esta lógica del ‘escroleo’ a la vida cotidiana: toleran menos la frustración, presentan mayores niveles de ansiedad y experimentan dificultades crecientes para sostener interacciones sociales presenciales”, detalló el académico.
Salud mental y convivencia
En espacios escolares y universitarios, el fenómeno adquiere una expresión concreta. Asignaturas que no gustan, profesores exigentes, compañeros difíciles o conversaciones incómodas forman parte de experiencias que históricamente ayudaban a desarrollar habilidades sociales y emocionales. Sin embargo, la socialización digital altamente personalizada instala la expectativa de que todo debiera adaptarse a intereses inmediatos.
Cuando esa expectativa no se cumple, pueden emerger con más fuerza experiencias de ansiedad, aislamiento o malestar. Para Gallardo, el debate no debe reducirse al uso individual del teléfono, sino abrirse como una conversación familiar, educativa y social, donde las comunidades definan límites, horarios y criterios responsables de uso.
El académico también advierte sobre el riesgo de una mirada “tecno ingenua”, basada en asumir que toda innovación tecnológica carece de efectos negativos en la vida social, emocional y cognitiva. En su opinión, la discusión debe ser crítica, especialmente cuando involucra a niños, niñas y adolescentes.
Familias, escuelas y salud pública
Para enfrentar este panorama, Gallardo valora experiencias internacionales que han restringido el uso de dispositivos digitales en aulas y retomado modalidades más análogas de enseñanza. A su juicio, existe evidencia creciente que relaciona la hiperexposición a pantallas y redes sociales con dificultades atencionales, problemas conductuales y formas de ansiedad vinculadas a la interacción social.
El investigador sostiene que las familias cumplen un rol clave al establecer límites, horarios y criterios de uso. Pero también plantea que la salud pública debiera asumir esta discusión con mayor fuerza. “Así como existen campañas preventivas respecto de alimentación, sueño o actividad física, también debiéramos avanzar hacia políticas que promuevan usos más saludables de las tecnologías digitales”, indicó.
El primer paso, plantea Gallardo, es tomar conciencia del tiempo real de exposición a pantallas. Medir cuántas horas se utiliza el teléfono, identificar para qué se usa y observar en qué momentos reemplaza vínculos presenciales puede ayudar a recuperar espacios de encuentro y conversación.
Volver a valorar el encuentro humano
Otro riesgo asociado al uso intensivo de redes sociales es la creación de burbujas informativas, donde las personas reciben principalmente contenidos alineados con sus intereses, gustos o creencias previas. Ese aislamiento puede reducir el contacto con perspectivas distintas, noticias relevantes o temas necesarios para comprender mejor el entorno social.
Para el académico de la UOH, el desafío no pasa por rechazar la tecnología, sino por definir qué lugar debe ocupar en la vida cotidiana. “Podemos pasar muchas horas mirando una pantalla, pero las personas que queremos —padres, madres, abuelos, amigos— no estarán para siempre”, reflexionó, llamando a recuperar conversaciones, espacios compartidos y relaciones humanas presenciales.
La advertencia instala una discusión relevante para Chile: la salud mental digital ya no puede ser tratada como una preocupación secundaria. En una sociedad hiperconectada, el bienestar de niños, adolescentes y jóvenes dependerá cada vez más de la capacidad de familias, escuelas, instituciones y políticas públicas para equilibrar tecnología, convivencia y vínculos humanos.



