Por Mónica Aguirre Matulič. Relacionadora pública, Magíster en Comunicación Estratégica y Corporativa
Hay una delgada línea entre la constancia y lo imperceptible. Llevo desde los 18 años trabajando, construyendo mi camino y mi identidad alrededor del rigor, la comunicación y el oficio. Para mí, el trabajo nunca ha sido una narrativa teórica de superación; ha sido una disciplina diaria.
Son 36 años de madrugadas, de adaptación constante a las nuevas tecnologías, de cultivar la voz, la presencia y el manejo del escenario. Por eso, cuando enfrentas la realidad de nuestro mercado laboral actual, la distorsión desconcierta.
Hace poco, la productora de una organización me comunicó que no contaría conmigo para su próximo evento. Mi especialización como locutora y maestra de ceremonias no estaba en duda: no hubo críticas a la técnica, ni a la puntualidad, ni a la entrega. La razón fue tan subjetiva como punzante: “es que ya estabas muy repetida”.
Acepto las dinámicas del mercado, pero la comunicación también reside en las formas. Un profesional de la producción no solo gestiona recursos; gestiona personas y lidera relatos. Entregar un mensaje de rotación o cambio de línea estética exige empatía, sutileza y tino comercial: se puede argumentar una búsqueda de nuevas propuestas sin desmerecer la trayectoria ni reducir el recorrido de años a una etiqueta simplista.
El verdadero profesionalismo sabe decir “buscamos una alternativa diferente para esta ocasión” con el respeto y la elegancia que la dignidad del trabajo ajeno merece, entendiendo que las palabras en nuestro gremio construyen o destruyen realidades.
Al principio, uno podría intentar leerlo como una simple decisión estética. Pero mirando el panorama con perspectiva —e incluso con un enfoque holístico sobre la vida y el paso del tiempo—, esa frase encierra una síntesis dolorosa: la peligrosa confusión entre la madurez del oficio y una supuesta obsolescencia por desgaste.
Desde una mirada sociológica, esto expone sesgos profundos que nos afectan de lleno a las mujeres maduras: el edadismo laboral y el descarte de la memoria. Se da una paradoja muy curiosa: cuando un hombre de más de 50 años se sube a un escenario o toma un micrófono, su trayectoria suele leerse como autoridad, templanza y prestigio.
En cambio, a las mujeres en la misma etapa se nos juzga rápidamente bajo la lupa de la “renovación visual o auditiva”. La palabra “repetida” muchas veces no es más que el eufemismo con el que la industria maquilla su incapacidad para valorar la maestría acumulada.
Pero hay también una dimensión humana y espiritual que no puedo ignorar. ¿Qué significa realmente “estar repetida” cuando hablamos de una voz que ha sabido sostener la energía de cientos de eventos, que conoce los silencios, que sabe cómo reaccionar ante lo imprevisto y que domina el arte sutil de conectar con la emoción de una audiencia?
En el universo del sonido y la comunicación, la voz no se gasta con los años; se asienta. Al igual que los árboles viejos no compiten con los brotes jóvenes, sino que sostienen el ecosistema, la experiencia que aportan los años entrega una vibración y un aplomo que ninguna frescura improvisada puede impostar. La técnica se puede aprender en un curso rápido, pero la empatía, el respeto por el público y el temple en el escenario se pagan con tiempo y vida.
Descartar a profesionales con trayectoria por el mero deseo de “cambiar la cara” es síntoma de una sociedad fragmentada, que consume personas al mismo ritmo acelerado con el que consume contenidos en redes sociales. Cuando una organización decide que una voz “ya cansó” solo por haber estado presente, no solo prescinde de un talento: despoja a su propia comunidad de un hilo conductor de sobriedad, humanidad y excelencia.
Quienes llevamos décadas en esto no buscamos complacencia ni nostalgias. Buscamos el respeto básico por el dominio de una profesión. La verdadera innovación no consiste en desechar lo que funciona para poner algo nuevo por el solo hecho de serlo, sino en saber integrar la energía emergente con el valor insustituible de la maestría.
Mientras no entendamos que la experiencia no es repetición, sino sabiduría en movimiento, seguiremos apagando las voces más claras justo cuando más tienen para decir.
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