[Opinión] Si no cambiamos… todo se repite

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Por: Pablo Cantero B. Ceo Agencia Cafeína


Drayke Hardman un niño de 12 años se quitó la vida por causa del bullying, con el que fue acosado por otro niño durante un año. Trescientos sesenta días en donde las cosas pasaban ante los ojos de todos. Donde la perversa competencia en la que vivimos, la impunidad, la desconexión, la falta de empatía, de escucha, de contemplación, de reflexión, de felicidad y de colaboración, generaron un drama que hoy nos conmueve a todos hasta las lágrimas.

Casi siempre que escuchamos este tipo de noticias nos conmovemos por un momento, sufrimos como si nos pasara a nosotros. ¿Pero luego qué? ¿Reflexionamos en búsqueda de evitarlo? ¿Por qué no se conmovieron antes quienes podían evitar las conductas que llevaron a un niño a la muerte? Quizás, como nosotros, estaban muy ocupados viendo como se hace normal, lo que no es normal.

Esto pasa en muchos lugares, justo ahora por ejemplo, en las escuelas públicas, en colegios privados altamente religiosos y dogmatizados, en los equipos de fútbol, en las oficinas, incluso en tu grupo de WhatsApp. Quizás alguien está sufriendo y nosotros no nos hemos dado cuenta.

En casi todos los ecosistemas relacionales del mundo, siempre hay un sujeto que interactúa con otros con una actitud idiota que quiere competir y someter a otro sujeto.

Lo más sorprendente es que algunas veces ese idiota, que hace bullying podríamos ser nosotros mismos, y no nos damos cuenta hasta que la vida nos obliga a comprender y comenzamos la búsqueda de respuestas. Tal vez nuestras actitudes influyen en la de nuestros seres queridos y estas influyen en su entorno y así sucesivamente. Quizás no nos hemos detenido a reflexionar.

Todo depende de nuestro sistema de creencias y hoy, para bien o para mal, hay diversidad máxima de estas. Algunos sistemas de creencias categorizan a los buenos y malos, y los que juzgan generalmente quieren ser los buenos, pero ¿se puede ser bueno todo el tiempo?

Desde la antigüedad aseguran que el bien y el mal, como la luz y la oscuridad, están dentro de todos nosotros, en constante lucha y el campo de batalla es el corazón del hombre.

Esto quiere decir que somos nosotros mismos quienes decidimos si mostramos nuestra parte idiota o exaltamos nuestra parte colaborativa y consiente, esto abre la posibilidad de que nuestro ser más querido y cercano, también pueda hacer el mal según las circunstancias, o cuando no lo vemos.

Lo real es que hoy más que nunca, la sociedad está compuesta por sujetos competitivos, nos gusta ganar, nos cuesta el diálogo, somos hipócritas, a tal punto que nos engañamos a nosotros mismos.

Lo bueno es que aún hay esperanza, algunas veces somos empáticos, reflexivos y capaces de colaborar, lo que abre las posibilidades de perfeccionamiento de nuestra conducta, para luego contagiar a otros.

Nuestra sociedad está sumida en un estrés y una competencia permanente, que perturba la mente y exalta el yo. Potencia nuestro Ego, haciéndonos hacer quizás lo que no haríamos.

La esperanza es que aún nos acordamos del amor, del respeto, de la tolerancia, aunque sea en fechas puntuales donde aflora nuestra conducta consciente y empática, como si nos tomáramos un “corto” de amor que nos hacen creer que aún existen actitudes humanas que alimentan la creencia que aún tenemos esperanza como sociedad. Hay personas que lo dicen todo el tiempo, pero quizá no las escuchamos, no leemos o logramos ver la solución a un mundo mejor.

El objetivo de esta columna es la reflexión, más allá del mero hecho, es una invitación a dialogar con nosotros mismos, a viajar al interior, a remover esos secretos que solo uno mismo sabe. Es imperativo comenzar a formarnos con el objetivo de sacar lo mejor de nosotros y de esta forma tener consciencia que nuestras acciones repercuten más allá de lo que podemos ver y que nuestras palabras pueden ser filosas como un machete recién afilado.

Suena fácil, pero es difícil, es el trabajo de nosotros mismos, un constante diálogo interno para equilibrar la luz y la oscuridad que nuestro interior podría llegar a tener.

Se trata de una autoevaluación constante, de una revolución interna necesaria que nos ayude a vivir con mayor armonía y nos liberé del competir, del someter, del ganar y finalmente de esta conducta humana nuestra, de nuestros hijos, que hoy cobra vidas bajo el seudónimo de bullying.


El contenido expresado en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no representa necesariamente la visión ni línea editorial de Poder y Liderazgo.


 

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