La directora ejecutiva de WATERisLIFE aborda el rol de la minería frente al acceso al agua, la colaboración con el Estado y las comunidades, y plantea que la sostenibilidad empresarial debe traducirse en soluciones capaces de construir confianza territorial
La minería chilena ha desarrollado durante los últimos años capacidades técnicas, financieras y humanas para enfrentar uno de sus desafíos más sensibles: la gestión del agua. Desalación, recirculación, monitoreo y nuevas tecnologías forman parte de una transformación que ha permitido a la industria reducir su dependencia de fuentes continentales y enfrentar operaciones de creciente complejidad.
Ese avance también abre una pregunta que trasciende la operación. Las capacidades desarrolladas para asegurar agua para producir pueden convertirse en una herramienta para contribuir a resolver necesidades de las comunidades que conviven durante décadas con la actividad minera. Allí se cruzan sostenibilidad empresarial, desarrollo territorial y una relación con el entorno que ya no depende únicamente de inversiones o compromisos.
En conversación con Poderyliderazgo.cl, María José Terré, directora ejecutiva de WATERisLIFE, analiza cómo la transformación hídrica de la minería chilena puede proyectarse más allá de las faenas, cuál debe ser el papel del Estado y de las empresas y por qué resolver problemas concretos puede resultar más determinante para construir confianza que cualquier estrategia comunicacional.
La minería ha realizado importantes inversiones para resolver sus propios desafíos hídricos. ¿Qué reflexión le genera que todavía existan comunidades cercanas a grandes operaciones con dificultades para acceder a agua segura?
Lo primero es reconocer algo que a veces se omite: la minería chilena ha sido capaz de innovar como pocas industrias en materia de gestión del agua. Hoy vemos desalación, recirculación, monitoreo en tiempo real y tecnologías que hace veinte años parecían impensadas. Eso demuestra que cuando existe una prioridad, la industria tiene la capacidad técnica, financiera y humana para resolver desafíos muy complejos.
Precisamente por eso creo que hoy existe una gran oportunidad. Si esa capacidad ha permitido transformar la forma en que la minería gestiona el agua dentro de sus operaciones, también puede convertirse en una herramienta extraordinaria para mejorar el acceso al agua de las comunidades vecinas.
No hablo desde la crítica, sino desde la convicción de que Chile tiene una oportunidad única de demostrar que desarrollo económico y desarrollo social pueden avanzar de la mano.
¿Hasta dónde debería llegar el rol de la industria minera en materia de acceso al agua y dónde comienza la responsabilidad del Estado?
Garantizar el acceso al agua potable es una responsabilidad del Estado y eso no debería estar en discusión. Pero una cosa es quién tiene la obligación legal y otra muy distinta es quién tiene la capacidad de acelerar las soluciones.
Las compañías mineras conocen el territorio, tienen equipos técnicos, capacidad de gestión y una presencia de largo plazo en las regiones donde operan. Eso las convierte en socios naturales para trabajar junto al Estado, los municipios y organizaciones especializadas.
No se trata de reemplazar a nadie. Se trata de entender que los grandes desafíos del país ya no los resuelve un solo actor. Cuando el sector público, el privado y la sociedad civil trabajan juntos, los proyectos avanzan mucho más rápido y llegan mucho más lejos.
Algunas compañías ya desarrollan proyectos de este tipo. ¿Qué falta para que dejen de ser iniciativas aisladas y formen parte de una visión más amplia de sostenibilidad?
Creo que el cambio ocurre cuando dejamos de entender el agua como parte de la estrategia de relacionamiento comunitario y comenzamos a verla como parte de la estrategia de negocio.
Hoy hablamos mucho de licencia social para operar, pero la confianza no se construye con campañas de comunicación. Se construye resolviendo problemas reales.
El acceso al agua es probablemente uno de los problemas más concretos que una empresa puede ayudar a resolver. Cuando una comunidad siente que el desarrollo también mejora su calidad de vida, la conversación cambia completamente. Para mí, esa es la evolución natural de la sostenibilidad.
Usted ha trabajado en acceso al agua tanto en Chile como en África. ¿Qué relación observa entre resolver esta necesidad y construir confianza con los territorios?
He aprendido que el agua tiene algo que pocas intervenciones consiguen: genera confianza de manera casi inmediata. Cuando una comunidad recibe agua segura, no solo mejora su salud o su calidad de vida. También siente que alguien escuchó una necesidad que llevaba años esperando respuesta.
He visto esa transformación en Kenia, en México, en Argentina y también en Chile. Las culturas son distintas, pero hay algo que se repite en todas partes: cuando una solución cambia la vida cotidiana de una familia, cambia también la forma en que esa comunidad mira a quienes hicieron posible ese cambio.
El agua tiene la capacidad de unir a actores que muchas veces parecen estar en posiciones opuestas.
Desde esa perspectiva, ¿qué legado debería aspirar a dejar una compañía minera después de décadas operando en un territorio?
Creo que las empresas deberían preguntarse cómo quieren ser recordadas cuando algún día ya no estén en ese territorio. Por la cantidad de cobre que extrajeron, probablemente serán recordadas en los indicadores económicos. Pero por la forma en que mejoraron la vida de las personas, serán recordadas por generaciones.
Me gusta pensar que el verdadero legado de una compañía no es solamente lo que produjo, sino las oportunidades que dejó instaladas. Si una empresa logra que las comunidades donde estuvo presente tengan acceso permanente a agua segura, mejor educación y mejores oportunidades, habrá construido un legado mucho más valioso que cualquier obra física.
Creo que durante muchos años hemos visto a las empresas como posibles financiadores. Yo prefiero verlas como socios de desarrollo. Cuando una compañía pone sobre la mesa su capacidad de gestión, su conocimiento técnico, su presencia territorial y trabaja junto al Estado y organizaciones especializadas, el impacto es muchísimo mayor. Ese es el tipo de alianzas que Chile necesita.
Cuando la sostenibilidad se convierte en legado
La conversación con Terré proyecta una discusión que va más allá de la eficiencia hídrica de una faena. La minería seguirá siendo evaluada por cuánto produce, cómo utiliza el agua y cuál es su desempeño ambiental, pero también por las capacidades y soluciones que permanecen en los territorios. Experiencias como el reúso de aguas tratadas para minería e industria que avanza en Antofagasta muestran que la gestión hídrica puede comenzar a conectar necesidades productivas, sostenibilidad y desarrollo urbano.
El desafío será convertir esa lógica en relaciones de largo plazo y no en proyectos aislados. Si empresas, Estado y organizaciones especializadas logran combinar capacidades para resolver necesidades concretas, la sostenibilidad tendrá una expresión mucho más tangible. Y la confianza, como plantea Terré, dejará de depender exclusivamente de lo que una compañía dice sobre su relación con el territorio para medirse también por aquello que fue capaz de transformar.



