Por Rafael Rosell Aiquel, rector de Universidad del Alba
Cada vez que se publican los resultados de la PAES, el ritual se repite con una precisión inquietante. Titulares que celebran a los “mejores colegios”, rankings que se difunden sin contexto y una narrativa implícita —pero poderosa— que asocia puntajes altos con mérito, calidad y excelencia.
Sin embargo, basta observar con atención los datos para constatar una verdad incómoda: la PAES no mide talento en condiciones de igualdad; mide la segregación estructural del sistema educativo.
Los resultados de los cien colegios con mejores promedios en la PAES lo confirman con crudeza. La abrumadora mayoría, 99 establecimientos particulares pagados, y solo 1 colegio municipal entre 100. ¿De verdad creemos que el talento, el esfuerzo y la capacidad intelectual se distribuyen de manera tan desigual según el origen socioeconómico? La respuesta es evidente. Lo que está distribuido de forma desigual no es el talento, sino las oportunidades educativas.
He sostenido reiteradamente desde hace muchos años, y lo reitero hoy, que la PAES, tal como está concebida y utilizada, funciona más como un instrumento de clasificación social que como una herramienta justa de acceso a la educación superior. No es una prueba neutra. Evalúa trayectorias educativas desiguales, acumuladas durante años, donde el acceso a buenos docentes, materiales, apoyo familiar, capital cultural y preuniversitarios marca una diferencia decisiva.
El problema no es la existencia de una prueba estandarizada en sí misma. El problema es la pretensión de que sus resultados reflejan mérito individual desconectado de las condiciones estructurales. Cuando se publican rankings absolutos como sinónimo de “calidad educativa”, se termina naturalizando la desigualdad y legitimando un sistema que premia el punto de partida más que el recorrido.
Más grave aún, esta lógica envía un mensaje corrosivo a miles de jóvenes: que el problema son ellos, y no un sistema que los dejó atrás. Esa es una forma profunda de injusticia educativa.
Si de verdad queremos avanzar hacia una educación superior más equitativa, debemos decir las cosas por su nombre. La PAES, en su uso actual, ratifica la segregación social en Chile. No la corrige, no la compensa y, en muchos casos, la reproduce.
El desafío no es maquillar la prueba. Es repensar los mecanismos de acceso, incorporando criterios de contexto, esfuerzo relativo, trayectorias y potencial, y no solo el resultado de una medición estandarizada. De lo contrario, seguiremos confundiendo privilegio con mérito y falta de equidad con excelencia.
Mientras eso no ocurra, cada nuevo ranking de la PAES no será una noticia educativa: será el espejo de un país que aún no quiere enfrentar su propia segregación.
El contenido expresado en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor (a) y no representa necesariamente la visión ni línea editorial de Poderyliderazgo.cl
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