Por Ricardo Neira Navarro, CEO Consultora GlobalVAS
La noche electoral dejó un dato nítido: Chile eligió a José Antonio Kast con un margen amplio, en un giro político que los analistas describen como el más pronunciado hacia la derecha desde el retorno a la democracia. Sin embargo, más allá del resultado, la clave del nuevo ciclo político es la productividad, un concepto menos emotivo, pero decisivo para entender lo que viene.
La productividad es el corazón del crecimiento sostenible, ya que no depende de trabajar más horas, sino de producir mejor con tecnología, organización, capital humano y asignación eficiente de recursos. En Chile, este factor muestra un estancamiento persistente.
El Informe Anual de Productividad 2024 del CNEP advierte que el crecimiento reciente se explica casi exclusivamente por trabajo y capital, con un aporte virtualmente nulo de la productividad. El Banco Central ha reiterado que la baja Productividad Total de Factores (PTF) explica el deterioro del crecimiento tendencial.
Este es el punto de partida del gobierno que asumirá en marzo de 2026: una economía con productividad estancada, inversión intermitente e incertidumbre institucional y regulatoria. Surge entonces una pregunta clave: ¿puede un cambio político mejorar la productividad? La respuesta es afirmativa solo si se transforman reglas, incentivos y capacidades; de lo contrario, el riesgo es profundizar la incertidumbre.
El programa económico de José Antonio Kast plantea una reducción del impuesto de primera categoría, incentivos a la contratación, ajuste del gasto público por US$ 6.000 millones y menores trabas regulatorias para la inversión y los permisos ambientales. En teoría, estos elementos activan canales pro-productividad: mayor inversión, certeza regulatoria y seguridad, un eje central del discurso del nuevo mandatario, según reportes de Reuters.
No obstante, el debate sobre productividad no puede limitarse a impuestos, permisos y seguridad. Existe un cuarto factor decisivo: la adopción acelerada de tecnología. La competitividad global exige integración de inteligencia artificial, automatización avanzada, robótica colaborativa, analítica de datos y ciberseguridad industrial, elementos propios de la Industria 5.0.
Este punto es crítico porque sin transformación productiva, la inversión puede terminar replicando modelos de bajo valor agregado, sin impactar la PTF. La evidencia internacional muestra que los aumentos sostenidos de productividad se logran cuando las empresas difunden tecnologías transversales y reorganizan sus procesos productivos.
El principal cuello de botella en Chile es el capital humano. La adopción tecnológica requiere competencias digitales, técnicas e híbridas, hoy escasas en varios sectores. El propio CNEP identifica brechas de capacidades e innovación empresarial como limitantes estructurales.
Por ello, una agenda seria de productividad debe priorizar formación, capacitación y reconversión laboral, con microcredenciales, trayectorias laborales certificadas e incentivos para que la automatización eleve salarios y habilidades, evitando conflictos distributivos. La Industria 5.0 bien entendida combina tecnología y personas.
Finalmente, la productividad enfrenta riesgos fiscales y político-institucionales. Un ajuste fiscal mal diseñado puede debilitar capacidades estratégicas, mientras que un Congreso fragmentado puede aumentar la incertidumbre regulatoria. La productividad requiere credibilidad, coherencia y políticas sostenidas en el tiempo.
En este contexto, la pregunta central no es ideológica, sino técnica: ¿logrará el nuevo gobierno remover fricciones, acelerar la adopción tecnológica y elevar la productividad real? Kast ganó la elección; ahora enfrenta el desafío mayor: ganar productividad, una tarea que se juega en decisiones concretas y no en discursos.
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