La implementación incorpora bandas horarias, cambios al Artículo 22 y nuevas reglas operativas que obligan a reorganizar turnos, redefinir indicadores de desempeño y ajustar la relación entre eficiencia, bienestar y resultados en un mercado laboral cada vez más exigente
La entrada en vigencia de la jornada laboral de 42 horas dejó de ser un cambio normativo para transformarse en una redefinición operativa. Las empresas comenzaron a ajustar sus modelos de trabajo, enfrentando un escenario donde la reducción de horas impacta directamente en la productividad y la organización interna, obligando a revisar prácticas instaladas en la cultura laboral chilena.
El cambio no se limita a la distribución del tiempo. Implica una revisión más profunda de cómo se mide el desempeño. En ese proceso, las empresas deben migrar desde el control horario hacia modelos basados en resultados y eficiencia, dejando atrás esquemas donde la presencia física definía el aporte del trabajador.
Productividad bajo presión y nuevas exigencias del mercado
Las primeras señales muestran que la implementación de la ley está reordenando prioridades. De acuerdo con el estudio HR Trends 2026, un 57% de los líderes empresariales anticipa que asegurar la productividad será su principal desafío, mientras que un 67% de los trabajadores considera el equilibrio vida-trabajo como un factor decisivo al momento de elegir o mantenerse en un empleo.
La presión también se refleja en la movilidad laboral. La flexibilidad dejó de ser un beneficio y pasó a ser una condición. El 18% de las renuncias responde a la búsqueda de esquemas laborales más flexibles, lo que obliga a las empresas a ajustar su propuesta de valor frente al talento.
De la norma a la reingeniería del trabajo
Desde Randstad advierten que el cambio en curso es estructural. Rodrigo Jeldres, CFO de la compañía en Chile, sostiene que “no estamos frente a un ajuste administrativo, sino ante una reingeniería del contrato productivo”, donde la eficiencia y la experiencia del talento convergen en un mismo indicador de competitividad.
El ejecutivo agrega que este proceso obliga a abandonar prácticas tradicionales. “la cultura del presentismo pierde sentido frente a modelos de alto desempeño basados en resultados”, lo que redefine la forma en que las organizaciones gestionan sus equipos y evalúan su desempeño.
Empresas ajustan operación y estrategia
La implementación de la jornada reducida está forzando cambios en la operación. Las empresas comienzan a rediseñar turnos, optimizar procesos y priorizar la gestión por objetivos, especialmente en sectores donde la continuidad operacional no puede detenerse.
En paralelo, el desarrollo de capacidades se vuelve crítico. La inversión en formación, upskilling y tecnología se instala como la principal vía para sostener productividad, compensando la reducción del tiempo disponible sin afectar resultados.
Trabajadores enfrentan un nuevo estándar de desempeño
El ajuste no es solo organizacional. También redefine el rol de los trabajadores. La reducción de la jornada exige mayor foco, autonomía y eficiencia en el uso del tiempo, especialmente en entornos donde la carga laboral se mantiene constante.
En ese proceso, la tecnología comienza a ocupar un lugar central. La automatización y la inteligencia artificial permiten delegar tareas rutinarias y potenciar el trabajo estratégico, generando nuevas dinámicas en la forma de producir valor dentro de las organizaciones.
Un cambio que redefine competitividad
La reducción a 42 horas abre una discusión más amplia sobre el futuro del trabajo en Chile. El foco deja de estar en la cantidad de horas trabajadas y se desplaza hacia el valor generado en cada jornada, lo que redefine los estándares de desempeño y competitividad.
En ese nuevo marco, las empresas que logren alinear eficiencia operativa con bienestar del talento marcarán la diferencia. La capacidad de adaptación se instala como el principal factor competitivo del mercado laboral, en un ciclo donde la regulación actúa como punto de partida para transformaciones más profundas.



