La cofundadora de Alianza Antofagasta, reflexiona sobre los desafíos de liderazgo, tejido social y participación territorial, tras la destacada posición alcanzada por la organización en el Barómetro Regional 2025
El reciente segundo lugar alcanzado por Alianza Antofagasta en el Barómetro Regional 2025 no es solo una distinción estadística. Es también el reflejo de un trabajo sistemático liderado, entre otras personas, por Esther Croudo Bitrán, ingeniera comercial de la Universidad de Chile con una reconocida trayectoria en el ámbito directivo, académico y gerencial.
Desde 2015 ha sido una de las impulsoras clave de esta articulación intersectorial que ha logrado instalar un modelo de cooperación entre actores públicos, privados, universitarios y sociales. “Uno le debe respeto a la gente que puso ahí a Alianza Antofagasta y que confía en nosotros, y ese respeto hay que traspasarlo a acciones concretas”, señala con claridad.

A lo largo de su carrera, Croudo ha puesto énfasis en promover relaciones de confianza genuinas con el territorio, alejadas de enfoques meramente transaccionales. Considera que el secreto está en la composición misma de Alianza Antofagasta. “Desde su constitución se ve un espacio diverso que convoca a los distintos, no a un claustro, ni a la élite intelectual, cultural o económica solamente”.
Bajo su liderazgo, Alianza Antofagasta ha consolidado una estructura basada en la colaboración y en la generación de valor público desde lo local, posicionándose como un referente en cohesión y capital social. En esta entrevista exclusiva entrega las claves de un trabajo colaborativo y sostenido en el tiempo. “Esto no es un tema de recetas, es un cambio de paradigmas: se necesita un liderazgo empático que entienda al otro como un legítimo otro”.
¿Qué significa para Alianza Antofagasta estos resultados después de diez años de vida?
Significa, ¿sabes qué?, una tremenda responsabilidad. La primera lectura que uno hace, siempre desde la emoción, dice: “Wow, qué rico, estamos acá, somos medidos por primera vez, y en esta primera medición obtenemos este segundo lugar”.
Pero inmediatamente después de sentir esa primera emoción, viene sin duda la interpelación, el desafío. La confianza se construye a través del diálogo, coherencia y trabajo conjunto. Este resultado nos honra y también nos impulsa a seguir afinando la sintonía para crear proyectos significativos que contribuyan al futuro que soñamos para Antofagasta.
Y esa es la única lectura relevante después de la primera emoción: como esa confianza, la traducimos en algo concreto.
¿Cómo se traduce todo esto en trabajo concreto? ¿Qué ejemplos hay en terreno?
Hace 10 años, cuando iniciamos este camino para potenciar los espacios de confianza, era una apuesta bien sui generis. Durante las últimas dos décadas, Chile venía registrando una baja confianza institucional en comparación con países de la OCDE y también con respecto a la región.
Es así como nos propusimos potenciar el capital social, que no es otra cosa que fortalecer las relaciones, la confianza y la cooperación, y así contribuir a que el relacionamiento sea más profundo y el tejido social más fuerte y resiliente.
¿Cómo lo hacemos? Uno de nuestros programas es la Universidad Social. La Universidad Social encarna perfectamente nuestra filosofía de trabajo, ya que potencia el capital social, cultural y simbólico por intermedio de un conjunto de voluntades, de pares improbables, que se congregan para aportar nuevos saberes y herramientas a líderes sociales.
¿Quiénes son los líderes sociales? Presidentes de juntas de vecinos, agentes territoriales, presidentes de organizaciones funcionales, quienes están en contacto con el barrio, con el territorio y mediante un trabajo voluntario sostenido y dedicado aportan a mejorar la calidad de vida de los vecinos. Sin embargo y a pesar de que tienen acceso a financiamiento, tanto público como privado, necesitan herramientas concretas de formulación y evaluación de proyectos para presentar sus iniciativas a fondos concursables.
Conversamos con las universidades para materializar esta iniciativa y tres nos dijeron que sí: Universidad de Antofagasta, Universidad Santo Tomás y AIEP. Ya llevamos tres años impartiendo clases en esta virtuosa escuela de liderazgo, llamada Universidad Social.
¿Cómo funciona esta universidad?
Hay una malla curricular co-creada con juntas de vecinos. Nos demoramos un año en levantar las inquietudes de los actores: visitando sectores, reuniéndonos con dirigentes para que la malla respondiera a sus necesidades. Tiene ramos troncales, electivos y transversales. Se ha ejecutado de manera presencial con 120 horas de estudio y este año la estamos piloteando en la modalidad online llegando a convocar dirigentes de San Pedro de Atacama, Calama, Tocopilla, Mejillones.

Son módulos concretos que permiten aumentar las habilidades, conocimientos y experiencias técnicas: formulación de proyectos sociales, sostenibilidad de organizaciones, marketing digital, nociones de derecho, resolución de conflictos. Con una diversidad de instituciones universitarias que ponen sus docentes a disposición de la generación de capital cultural.
¿Cómo fortalecen también el capital social y simbólico de los dirigentes sociales?
Hace menos de un mes, la Universidad de Antofagasta cerró el módulo de nociones de derecho para organizaciones sociales e invitaron al Colegio de Abogados de Antofagasta a la sesión final. Su presidenta, Luisa Cortés, junto a tres abogados más dieron una clase magistral, destinando su tiempo a contestar todas las preguntas que los dirigentes hacían, inquietudes que respondían a problemáticas reales de lo que viven día a día y que mediante instancias como estas acceden a nuevas redes y generan nuevas conexiones.
Hemos realizado también una acción muy significativa con El Mercurio de Antofagasta que se llama “Miradas Transformadoras para Antofagasta”, donde relevamos la figura de los dirigentes, dando a conocer los sueños y las propuestas de estos lideres sociales, amplificando lo que piensan. Ahí hay capital simbólico que los participantes valoran como una forma de reconocimiento a la labor voluntaria que realizan.
¿Cuáles son los desafíos que enfrentan estos líderes sociales una vez que terminan la Universidad Social?
Los desafíos que enfrentan los dirigentes sociales son diversos y complejos abarcando desde la necesidad de fortalecer la participación de los vecinos hasta los desafíos que enfrentan en su labor dirigencial. Uno de estos últimos es la brecha digital que hoy día afecta a los líderes sociales.
Dos, el tema generacional: hay que dotar de nuevos liderazgos y liderazgos jóvenes a las dirigencias de juntas de vecinos. Y lo tercero es que, por ser un trabajo voluntario, no siempre está la disponibilidad absoluta para transformar el quehacer dirigencial en acciones sistemáticas en el tiempo, que es lo que se necesita en las poblaciones para llegar a puerto con los proyectos, especialmente si son de largo aliento.
Después de estos tres años, hay que volver a hacer una reflexión sobre cómo seguimos con esta escuela de liderazgo social. Para que la Universidad Social sea cada vez sea más robusta y responda a los desafíos planteados hay que seguir proporcionando la formación y el apoyo necesario, además de profesionalizar mucho más el voluntariado, incorporando herramientas de medición y evaluaciones periódicas que ayuden a demostrar el valor del trabajo realizado.
¿Qué factores contribuyeron a que Alianza Antofagasta alcanzara ese segundo lugar de percepción de confianza?
Una explicación podría estar en la forma de hacer las cosas, que tiene relación con la colaboración, la integración y la participación ciudadana. Cada iniciativa realizada por Alianza Antofagasta ha sido diseñada por equipos diversos que se forman para propósitos puntuales y son esos colaboradores los que potencian el impacto en las comunidades.
Y además por su conformación. La Alianza está compuesta por diversas instituciones. No es un proyecto exclusivo de una empresa, ni de un gremio, ni de una universidad. A ella concurren varios actores: empresas, gremios, emprendedores, sociedad civil, universidades. Y eso hace que sea un conjunto de voluntades que se unen, ¿para qué? Para un propósito que es muy sentido hoy día, y que es reconstruir el tejido social.
Desde sus inicios la Alianza se ha entendido como un espacio diverso que convoca a los distintos a trabajar colaborativamente. No convoca a un claustro, ni a un nicho, ni a un grupo de la élite intelectual, cultural o económica, sino que convoca a la diversidad. La Alianza como espacio de articulación ha convocado a los comprometidos con el desarrollo sostenible, equitativo e inclusivo del territorio.
Este reconocimiento se interpreta como una validación ciudadana al modelo de trabajo colaborativo, intersectorial y con fuerte sentido público.
¿Por qué aparecen también bien ranqueadas las empresas socias de Alianza Antofagasta?
Aparecen también nuestros socios estratégicos: Fundación Minera Escondida, Escondida-BHP, Antofagasta Minerals, Puerto Antofagasta, Aguas Antofagasta, por las diversas estrategias para potenciar la confianza que están implementando dichas empresas.
No es menor que en el Estudio de Confianza 2024 y en el de 2025 de PwC (Price Waterhouse Chile) sea el sector minería el que reflejó mayor grado de confianza empresarial.
¿Cómo piensan fortalecer la participación territorial y sumar más actores a esta articulación intersectorial?
Primero que nada, hay una reflexión que tienen que hacer las empresas. A diferencia de lo que planteó Milton Fridman post 1973, en el pleno auge de los Chicago Boys, donde la empresa existía sólo para maximizar utilidades y mantenerse en el tiempo, y donde las relaciones que establecía con el estado eran vía el pago de impuestos y las relaciones con las comunidades y con sus colaboradores era meramente transaccionales, hoy no es así.

Hoy se espera que las empresas contribuyan directamente a la búsqueda de soluciones tanto a los problemas globales como también a las inequidades estructurales locales. Cada vez que la confianza en las instituciones públicas, en los políticos, en el gobierno, va a la baja, se hace imperioso que las empresas se involucren más en la reconstrucción de confianza y de tejido social.
La alternativa planteada que los problemas los solucionamos en conjunto de manera colaborativa amerita un cambio de paradigmas. Y esa transformación es lenta. Algunas empresas lo entienden así y trabajan en ello, pero otras no todavía.
¿Qué se necesita para que Alianza Antofagasta pueda crecer más y sumar más empresas?
Cuando tú me dices cómo crecemos, cómo hacemos que esta Alianza Antofagasta esté conformada no por cinco socios estratégicos, sino por más empresas, tiene que ver con un cambio de mentalidad también de esas empresas.
Y por nuestra parte continuar cultivando relaciones genuinas con el territorio, potenciando el capital social, el capital cultural y el capital simbólico, más allá del mero capital económico. Y buscando resultados concretos y tangibles que demuestren el valor de la gestión colaborativa.
¿Qué oportunidades y desafíos ves para los próximos años en Alianza Antofagasta?
Yo creo que el mayor desafío, es entender que la generación de confianza no es un tema de recetas. Hay que tener claro que estamos hablando de una transformación cultural.

La invitación es volver a confiar en las personas más allá de nuestro círculo cercano y para ello la clave está en tres valores fundamentales: el de la meritocracia (en todos los ámbitos de la vida pública y privada), el de la de rendición de cuentas y el de la empatía.
Nuestra sociedad necesita liderazgos que entiendan aquello que subyace al tejido social chileno, que inspiren una visión de futuro y validen la coordinación de acciones que impliquen la aceptación del otro como un legítimo otro.



