El proyecto liderado por el Dr. Uri Aceituno desarrolla biocarbón a partir de residuos de viñedos para tratar purines de cerdo, combinando ciencia aplicada y economía circular con una solución tecnológica que busca reducir impactos ambientales y escalar desde la Región de O’Higgins hacia otros territorios productivos
Un residuo agrícola puede transformarse en una herramienta clave para reducir impactos ambientales en la agroindustria. Esa es la apuesta del proyecto que lidera el Dr. Uri Aceituno en la Universidad de O’Higgins (UOH), donde se desarrolla un biofiltro con biocarbón para tratar purines de cerdo y avanzar en soluciones de economía circular con foco territorial.
La iniciativa, impulsada desde el Instituto de Ciencias Agroalimentarias, Animales y Ambientales (ICA3), busca responder a un problema productivo concreto: cómo gestionar mejor los residuos de la industria porcina utilizando recursos disponibles en la propia región.
“El proyecto busca, a través de un sistema de biofiltro a base de biocarbón, poder filtrar los purines de cerdo de las industrias que se están generando en la región”, explica Aceituno. La lógica es simple y ambiciosa a la vez: convertir un desecho agrícola en una solución ambiental, cerrando ciclos productivos y reduciendo presiones sobre suelos y aguas en un territorio donde conviven agricultura intensiva e industria pecuaria.
Del residuo al valor: una solución nacida en el territorio
La materia prima del biofiltro proviene de restos de poda de viñedos, particularmente de una viña asociada al proyecto. Ese material se transforma en biocarbón mediante pirólisis, un proceso en el que la biomasa se somete a altas temperaturas y baja presencia de oxígeno. Según detalla el investigador, el biocarbón se obtiene en rangos entre 400 y 700°C, dependiendo del tipo de biomasa utilizada.
“Utilizamos un horno pirolítico de doble fondo, donde la mayor parte del carbono presente en la biomasa queda secuestrada en el biocarbón, evitando que el dióxido de carbono se libere a la atmósfera”, señala Aceituno. Ese proceso da origen a un material altamente poroso, una característica decisiva para su función como filtro, ya que aumenta significativamente la superficie de contacto con los residuos que se busca tratar.
El equipo ha debido ajustar temperaturas, tiempos y condiciones de operación del horno para obtener un material con propiedades consistentes. No se trata solo de producir biocarbón, sino de estandarizar un insumo que pueda comportarse de manera predecible cuando entra en contacto con los purines de cerdo.
Ese trabajo fino es clave para pasar de una prueba de laboratorio a una solución tecnológica replicable. En la práctica, significa convertir un subproducto agrícola en un componente de un sistema de tratamiento con potencial de uso en distintas instalaciones productivas de la región.
Porosidad, captura de nutrientes y eficiencia ambiental
La porosidad del biocarbón mejora el desempeño del material como medio filtrante. A mayor superficie de contacto, mayor capacidad de interacción con los compuestos presentes en los residuos. Pero el proyecto va un paso más allá: el equipo busca optimizar la captura de nutrientes mediante activación química del biocarbón, con el objetivo de incrementar su capacidad de intercambio catiónico y mejorar la retención de los compuestos presentes en los purines de cerdo.
“Al alcanzar estas temperaturas se genera un material con una gran porosidad… además, nuestro laboratorio busca optimizar la capacidad de absorber los nutrientes presentes en los purines de cerdo mediante la activación química del biocarbón”, explica el investigador, subrayando que el enfoque es experimental, pero orientado a una aplicación práctica con impacto ambiental medible.
Del laboratorio al piloto: la hoja de ruta del proyecto
La iniciativa tiene una duración total de dos años y actualmente se encuentra en su primera etapa. En este período, el equipo está concentrado en optimizar el funcionamiento del horno y definir las condiciones más adecuadas para la producción del biocarbón. La meta es que durante el primer año se logre obtener el biofiltro a escala piloto, un hito que permitirá comenzar a evaluar su desempeño en condiciones más cercanas a la operación real.
Ese salto de escala es clave: marca la diferencia entre un desarrollo académico y una solución tecnológica con potencial de adopción productiva. A partir de ahí, se abre la puerta a validar costos, mantenimiento y eficiencia en escenarios reales de uso.
Trabajo en red y validación científica
El proyecto se apoya, además, en una colaboración interdisciplinaria dentro de la propia UOH. Aceituno destaca el apoyo del investigador postdoctoral Dr. Felipe Puga, quien asesora en el análisis de las isotermas de absorción, además de las evaluaciones de capacidad de intercambio catiónico, parámetros decisivos para medir la eficiencia del material y su comportamiento frente a distintos tipos de residuos.
Esta fase de validación es la que permitirá traducir resultados de laboratorio en criterios técnicos para un uso más amplio, un paso indispensable si se busca que la solución pueda replicarse en otras zonas con actividad agroindustrial.
Economía circular con impacto regional
Más allá del componente tecnológico, el proyecto se perfila como una alternativa concreta de economía circular: reutiliza residuos agrícolas locales para abordar un problema ambiental relevante de la industria porcina, fortaleciendo el vínculo entre investigación científica, sector productivo y sostenibilidad territorial.
Si los resultados acompañan, la iniciativa puede escalar a otros territorios, aportando una herramienta basada en ciencia para reducir impactos, valorizar residuos y mejorar la gestión ambiental. En ese sentido, el proyecto resume una idea cada vez más presente en la agenda productiva: cuando la innovación nace en el territorio y responde a problemas reales, la investigación deja de ser solo laboratorio y se convierte en desarrollo aplicado.



