El avance de programas formativos para mayores de 50 instala una discusión clave: cómo Chile integra el talento senior en su economía, en un país que envejece y requiere nuevas estrategias de productividad, inclusión y desarrollo territorial
El crecimiento de iniciativas como la Universidad de la Experiencia deja de ser un hecho aislado y refleja un cambio en la forma en que Chile enfrenta uno de sus desafíos estructurales más relevantes: el envejecimiento de su población. En paralelo, más personas mayores de 50 años ingresan o reingresan a la educación superior, configurando un nuevo perfil de estudiante dentro del sistema.
Las cifras consolidan la tendencia y muestran la magnitud del cambio. Cerca de 27 mil personas mayores de 50 años estudian en educación superior en Chile, con un crecimiento superior al 150% en la última década, mientras los estudiantes mayores de 35 años superan los 159 mil y representan cerca del 12% de la matrícula total.
El sistema comienza a recibir trayectorias laborales previas, con necesidades formativas distintas a las tradicionales, lo que obliga a repensar la oferta académica, los formatos de enseñanza y los mecanismos de acompañamiento.
Formación continua y nuevos programas en expansión
Programas específicos comienzan a ganar escala y a mostrar resultados concretos, como ocurre con la Universidad de la Experiencia -impulsada por la Universidad del Alba junto a Caja Los Andes-, que registra más de 448 personas participantes en su primera versión y proyecta una nueva convocatoria con 500 cupos disponibles, incorporando formación en transición laboral, emprendimiento y liderazgo público.
Desde la institución, el foco se instala en el impacto integral de estas iniciativas. El rector Rafael Rosell Aiquel plantea que “el aprendizaje continuo no solo amplía oportunidades personales y sociales, sino que también tiene efectos positivos en la salud y el bienestar de las personas mayores”, agregando que estos programas permiten proyectar nuevas etapas de desarrollo y participación activa en la sociedad.
La evaluación del programa refuerza ese diagnóstico al mostrar resultados concretos. La iniciativa alcanza 73 puntos en el indicador Net Promoter Score (NPS), reflejando un alto nivel de satisfacción y recomendación entre sus participantes, lo que da cuenta de una experiencia que no solo entrega herramientas, sino que también impacta en la confianza y en la proyección personal.
La formación continua para personas mayores de 50 años se posiciona como una herramienta estratégica, ya que actualiza conocimientos, desarrolla nuevas habilidades y extiende trayectorias laborales, al mismo tiempo que abre espacio a nuevas formas de inserción económica y social en un entorno donde la experiencia comienza a adquirir mayor valor relativo.
Capital humano senior: de costo a activo estratégico
Durante décadas, el envejecimiento se aborda principalmente desde una lógica de gasto social, pero esa mirada comienza a quedar atrás a medida que el capital humano senior —con experiencia acumulada, redes y conocimiento práctico— emerge como un activo subutilizado en la economía chilena.
Sectores productivos enfrentan brechas de productividad y escasez de talento, y la incorporación activa de personas mayores no solo contribuye a cerrar esas brechas, sino que introduce capacidades difíciles de reemplazar, como experiencia en gestión, resolución de problemas complejos y transmisión de conocimiento dentro de las organizaciones.
La discusión se desplaza así desde la edad hacia el valor económico y social de la experiencia, especialmente en economías que enfrentan cambios demográficos acelerados y requieren nuevas formas de sostener su crecimiento.
Educación superior: un sistema que crece, pero no se transforma
La educación superior deja de ser un sistema de entrada para jóvenes y se convierte progresivamente en un espacio de reingreso y reconversión laboral, impulsado por estudiantes adultos que compatibilizan estudio, trabajo y responsabilidades familiares.
La estructura del sistema avanza más lento que su matrícula, y la oferta académica, los formatos y los mecanismos de reconocimiento de experiencia siguen diseñados para trayectorias tradicionales, lo que limita el potencial de este nuevo segmento.
Chile amplía el acceso a la educación superior, pero no transforma su modelo educativo con la misma velocidad, generando fricciones entre la demanda por formación flexible y una institucionalidad aún rígida. Esta brecha se traduce en una consecuencia concreta: el sistema incorpora nuevos estudiantes, pero no adapta sus reglas de funcionamiento a ese cambio, reduciendo su impacto en productividad y empleabilidad.
Comparación OCDE: el rezago en aprendizaje a lo largo de la vida
La comparación internacional permite dimensionar la distancia. En países de la OCDE, la educación a lo largo de la vida se organiza con sistemas flexibles, microcredenciales y reconocimiento de aprendizajes previos, facilitando trayectorias continuas que se ajustan a distintos momentos del ciclo laboral.
Chile avanza de forma fragmentada, y aunque la matrícula adulta crece, no existe una arquitectura integrada que facilite la reconversión permanente ni la actualización de competencias, especialmente en etapas avanzadas de la vida.
La magnitud del desafío queda reflejada en los datos. Cerca del 44% de los adultos presenta bajos niveles de habilidades según la OCDE, lo que evidencia brechas acumuladas y la falta de mecanismos efectivos para corregirlas a lo largo del tiempo.
Envejecimiento activo y bienestar: más que formación
La participación en procesos de aprendizaje impacta directamente en la salud mental, la autonomía y la calidad de vida, ya que los espacios formativos fortalecen vínculos sociales, reducen el aislamiento y promueven participación activa, factores clave en el bienestar.
Desde la investigación, María del Carmen Tejada detalla que “al recuperar el rol de estudiante, los participantes acceden a un entorno que combate activamente el aislamiento y potencia su plasticidad neuronal”, agregando que estos espacios funcionan como una herramienta concreta para sostener autonomía y calidad de vida en el tiempo.
La evidencia en neurociencia respalda esta mirada y confirma que el cerebro mantiene su capacidad de adaptación y aprendizaje en edades avanzadas, lo que refuerza la relevancia de generar entornos formativos adecuados y accesibles.
Estrategia pendiente y redefinición en marcha
El desarrollo de estas iniciativas sigue fragmentado y Chile no cuenta con una política pública robusta que articule educación superior, empleabilidad senior y aprendizaje a lo largo de la vida de manera integral. La falta de coordinación limita el impacto de programas individuales y reduce la posibilidad de transformar el crecimiento de la matrícula adulta en un motor real de productividad, en un país donde la transición demográfica ya se instala como una realidad concreta.
Esta brecha no es menor, ya que el sistema incorpora nuevos estudiantes, pero no redefine sus reglas ni su propósito frente a este cambio, lo que impide capturar el valor económico y social de una población que mantiene capacidad de aprendizaje, experiencia acumulada y potencial de contribución activa. Programas como la Universidad de la Experiencia muestran que existen demanda, resultados y modelos que funcionan, pero su alcance sigue siendo acotado frente a la magnitud del fenómeno.
La definición es directa. Chile integra de manera efectiva a su población mayor en la economía y la sociedad, o consolida un modelo que desaprovecha un capital humano clave, en un momento donde la longevidad redefine las reglas del trabajo, la educación y la productividad.



