Daniel Vercelli Baladrón, Cofundador y Managing Partner de Manuia Consultora, director de empresas
2025 no fue un año fácil para la agenda de sostenibilidad. Conflictos geopolíticos, tensiones comerciales, elecciones polarizadas y presiones inflacionarias parecieron empujar el debate ambiental hacia los márgenes. En Estados Unidos, el lenguaje “verde” se volvió incómodo en la arena política. En Europa, parte de la regulación se flexibilizó en nombre de la competitividad, y en los mercados emergentes el costo de la energía tensionó las metas de transición.
Sin embargo, mientras el debate público se entrampaba, los datos contaban otra historia. Lejos de retroceder, la sostenibilidad avanzó en silencio como parte de una lógica económica. Recordaremos 2025 como el año en que la sostenibilidad dejó de explicarse y empezó a ejecutarse, incluso con la cancha en contra.
Primero, el dinero habló claro. La economía verde consolidó su escala y su atractivo financiero. La mayor parte de la inversión energética global se dirigió a tecnologías limpias y el mercado de bonos sostenibles volvió a romper récords. El Green Economy Report 2025 estimó el tamaño del sector sostenible en US$ 5 billones, con proyección a US$ 7 billones en 2030.
Más relevante aún, los directorios integraron la sostenibilidad al análisis de riesgo, costo de capital y acceso a financiamiento. El mensaje hacia 2026 es claro: conectar métricas ESG con desempeño financiero permite acceder a capital más barato y estable.
Segundo, la transición energética cruzó un punto de no retorno. En 2025, más del 90% de la nueva capacidad eléctrica global provino de fuentes renovables, impulsada por la caída de costos y una demanda corporativa inédita. La IEA confirmó un boom solar y eólico sin precedentes, con reducciones de costos de -85% en solar y -70% en baterías desde 2010. En paralelo, uno de cada cuatro autos nuevos vendidos en el mundo fue eléctrico. La electrificación del transporte y la industria es hoy una ventaja competitiva concreta en costos, eficiencia y cumplimiento regulatorio.
Tercero, en gobernanza, la sostenibilidad corporativa se institucionalizó. Pese al ruido sobre un supuesto “retroceso ESG”, la mayoría de las grandes empresas mantuvo o amplió sus estrategias, comunicando menos. Harvard Business Review confirmó que el retroceso fue más mediático que real, y Capgemini mostró que 82% de las organizaciones aumentará su inversión ambiental en 2026. Así, la sostenibilidad pasó de comunicaciones a la mesa de gobierno corporativo, como herramienta de gestión de riesgo operativo y regulatorio.
Cuarto, la sostenibilidad se volvió condición de continuidad operativa. El MIT Sustainability Supply Chain Report 2025 reveló que 85% de las empresas mantiene o amplía metas de sostenibilidad en su cadena de valor, y el HSBC Pulse Survey confirmó que 96% ve la sostenibilidad como motor de crecimiento. Medir, trazar y demostrar impactos dejó de ser voluntario: es lo que permite seguir operando, exportando y financiándose.
Quinto, 2025 confirmó que entramos en la década de la ejecución. El Net Zero Stocktake 2025 mostró que los compromisos de neutralidad cubren más del 90% del PIB mundial, y la Science Based Targets initiative (SBTi) informó que casi 11.000 empresas en 86 países ya cuentan con metas alineadas con la ciencia climática. En dos años, estas compañías crecieron cerca de un 66%, pasando de 7.500 a más de 12.500. La ventaja competitiva de 2026 no será tener objetivos, sino demostrar resultados con datos.
En síntesis, 2025 mostró que la sostenibilidad no retrocede, sino que se integra. Empresas, mercados y reguladores están alineando incentivos, datos y gobernanza hacia una economía más limpia, eficiente y rentable. Ser sostenibles y ser rentables ya no es contradictorio, y esa redefinición marcará el camino de los próximos años.
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