Por Ignacio Merino, Director Ejecutivo de Hubtec
Durante el mes de abril, el mundo celebra el Día Mundial de la Creatividad y la Innovación, una fecha establecida por la ONU para recordarnos que el ingenio humano como motor del desarrollo sostenible es nuestro recurso más valioso. Sin embargo, este año la efeméride nos encuentra en Chile con una paradoja: mientras celebramos la capacidad de crear, somos testigos de actos que erosionan las bases de la innovación.
Se suele pensar que la innovación es un asunto de algoritmos, laboratorios y capital de riesgo. Pero la realidad es más profunda: la innovación como proceso humano y creativo es un acto estrictamente humano. Antes que cualquier tecnología, existe una persona con la capacidad de imaginar algo distinto a lo que hoy existe.
El talento es nuestro activo, la curiosidad el motor y la creatividad el combustible. Pero para que esa chispa se transforme en impacto real, se requiere de un componente que no se compra en el mercado: la colaboración como base del desarrollo innovador.
Es en ese contexto que lo ocurrido recientemente con la Ximena Lincolao, ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, agredida durante una visita a la Universidad Austral de Chile, trasciende lo político. No es solo un ataque a una autoridad; es un golpe a las condiciones para el desarrollo del conocimiento. Ocurre, además, en un espacio llamado a producir conocimiento y pensamiento crítico, lo que vuelve la contradicción aún más evidente.
La innovación no ocurre en el vacío. Si es un proceso humano, el respeto como condición para innovar es una condición de borde. No puede haber creación de valor en un entorno que niega la humanidad del otro. Cuando la violencia reemplaza al argumento en una universidad, lo que realmente estamos haciendo es romper el ecosistema de innovación.
La descalificación y la agresión son las formas más agudas de fragmentación. Y una sociedad fragmentada es, por definición, una sociedad incapaz de aprender y de crear en conjunto. La violencia como barrera al desarrollo país no es solo un problema ético; es un problema estructural que limita el desarrollo de un país.
A menudo olvidamos que, en su esencia, innovar es servir. Innovamos porque alguien tiene una necesidad. La innovación orientada a resolver problemas reales ocurre cuando alguien pone su creatividad al servicio del problema de otro. Es un vínculo de generosidad y de escucha, una relación basada en empatía y colaboración.
Cuando miramos las grandes fronteras de la humanidad hoy, vemos que los avances más relevantes no son logros individuales, sino resultados de colaboración a gran escala. Lo vemos en el Programa Artemis, que busca establecer una presencia humana sostenible en la Luna como base para la exploración futura, pero también en avances más cercanos: el desarrollo de vacunas mediante colaboración global o la inteligencia artificial construida de forma distribuida entre equipos en distintos países.
Ninguno de estos avances habría sido posible en un entorno de hostilidad. La ciencia requiere condiciones básicas: confianza para colaborar y respeto mutuo para construir conocimiento.
Detrás de cada política pública, de cada decisión de inversión y de cada proyecto de laboratorio, hay personas. Si olvidamos eso, la innovación se distorsiona. La cadena de valor de la innovación basada en personas es clara: sin respeto no hay colaboración; sin colaboración no hay impacto; y sin personas, simplemente, no hay innovación posible.
El mejor homenaje no es comprar más tecnología, sino recuperar algo mucho más básico: el respeto como base del desarrollo sostenible. Es la única forma de que el conocimiento deje de ser un paper y se convierta, por fin, en bienestar para todos.
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