Por Dra. Evelyn Silva, Gerente del Centro de Investigación e Innovación en Cáncer FALP
“Derechos, Justicia y Acción”. Ese es el llamado del 8M de este año, fecha en la que se conmemora un nuevo Día Internacional de la Mujer y que invita a pensar la equidad más allá de los discursos. En salud, y especialmente en oncología, la equidad no es una aspiración ética: es una condición del rigor científico. Durante décadas la medicina se basó principalmente en evidencia científica obtenida en hombres, una herencia que todavía influye en cómo investigamos y tratamos la enfermedad.
Lejos de ser un juicio retrógrado esto es un hecho histórico. Hasta 1993 era común que los ensayos clínicos excluyeran a las mujeres. Se favorecía la participación masculina para buscar la simplificación de resultados, minimizar los riesgos fetales o la variabilidad hormonal.
La suposición era que los datos recabados en hombres podían aplicarse fácilmente en las mujeres. Esta subrepresentación duró años, hasta que la Ley de Revitalización de los Institutos Nacionales de Salud (NIH, por sus siglas en inglés) volvió obligatoria la inclusión de las mujeres en investigaciones con fondos públicos.
En la actualidad, las mujeres representan solo el 30% del total de pacientes en ensayos clínicos de áreas no oncológicas y, si bien se ha observado un aumento de su participación en estudios clínicos oncológicos de 20 a 40% en promedio, el resultado sigue siendo un sesgo masculino persistente en la medicina basada en evidencia.
Los impactos no son teóricos. La evidencia muestra que las mujeres metabolizan ciertos medicamentos de manera diferente, tienen variabilidades inmunológicas y hormonales que afectan su respuesta al tratamiento y pueden presentar síntomas que no siempre corresponden con lo que muestran los estudios en hombres. En cáncer, investigaciones recientes muestran que las mujeres pueden tener mayores tasas de efectos secundarios frente a tratamientos como la inmunoterapia, con toxicidades que en algunos casos alcanzan hasta un 49%.
Estos datos no buscan generar alarma, sino subrayar un hecho esencial: para una medicina de precisión necesitamos evidencia representativa. La buena noticia es que el cambio se está produciendo. Hoy existe un amplio consenso respecto a que no hay un “paciente estándar”, sino personas con atributos biológicos, genéticos, metabólicos y sociales propios que determinan la seguridad y eficacia de los tratamientos.
En el Centro de Investigación e Innovación en Cáncer de Fundación Arturo López Pérez (FALP) reconocemos la importancia de la precisión y de considerar estas diferencias para entregar un tratamiento personalizado. En un universo de 2.000 pacientes históricos de los estudios clínicos realizados por FALP, el 46% corresponde a hombres y el 44% a mujeres, lo que refleja un esfuerzo por avanzar hacia una investigación más representativa.
Este 8 de marzo es un recordatorio importante de que la ciencia crece cuando escucha y corrige sus propios sesgos históricos. También nos recuerda que la oncología moderna debe construirse sobre evidencia que represente a todas las personas. Al ampliar nuestra perspectiva, la medicina no pierde precisión: la gana. Y en esa precisión, más justa y humana, hay una profunda razón para la esperanza.
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