Estudio de Clapes UC estima que la inteligencia artificial generativa puede elevar la productividad y el PIB en diez años, aunque advierte que su impacto será moderado sin capacitación, adopción empresarial y políticas públicas
La inteligencia artificial generativa comienza a instalarse como una variable económica concreta para Chile. Un documento de trabajo elaborado por Clapes UC estima que su adopción podría elevar el nivel del PIB chileno entre 0,75% y 3,0% en un horizonte de diez años, dependiendo de la velocidad con que empresas, trabajadores e instituciones integren estas herramientas en sus procesos productivos.
El estudio, desarrollado por Felipe Larraín B., director de Clapes UC, y Carmen Cifuentes V., investigadora del centro, busca medir el impacto potencial de la IA generativa en la productividad laboral, la productividad total de factores y el crecimiento económico. La principal conclusión es prudente: la tecnología puede aportar al crecimiento, pero no resolverá por sí sola el bajo dinamismo productivo que enfrenta el país.
De acuerdo con la investigación, los efectos económicos de la inteligencia artificial generativa serían positivos, aunque moderados. En cifras absolutas, el aporte podría ir desde cerca de US$2.700 millones adicionales en un supuesto conservador hasta aproximadamente US$10.500 millones o US$11.000 millones si la adopción tecnológica avanza con mayor intensidad.
Productividad, empleo y adopción tecnológica
El documento toma como punto de partida estimaciones del Centro Nacional de Inteligencia Artificial, CENIA, que indican que el 62% de los ocupados en Chile, dentro de las 100 ocupaciones más comunes, está expuesto a la IA generativa. Además, cerca de un 45% del tiempo laboral en esas ocupaciones podría acelerarse mediante estas herramientas.
Sin embargo, el informe advierte que exposición tecnológica no equivale a adopción efectiva. La posibilidad de acelerar tareas no se convierte automáticamente en mayor productividad, porque existen barreras de capacitación, costos de implementación, brechas digitales, reorganización interna y diferencias importantes entre grandes empresas, pymes y servicios públicos.
Para estimar el impacto, los autores aplican dos metodologías. La primera, basada en un modelo de crecimiento tipo Solow, considera tres escenarios de adopción tecnológica. En un supuesto conservador, con una adopción efectiva de 5%, el impacto acumulado sobre el PIB sería de 0,75%. Con una adopción media de 10%, llegaría a 1,5%. En un escenario alto, con 20% de adopción, alcanzaría 3,0% del PIB en diez años.
La segunda metodología utiliza el marco macroeconómico de automatización de tareas propuesto por Daron Acemoglu, una de las aproximaciones más cautas dentro del debate internacional sobre inteligencia artificial y productividad. Bajo ese enfoque, el impacto acumulado para Chile sería de 0,57% del PIB en una década, equivalente a cerca de US$2.000 millones adicionales.
Un impulso económico con límites claros
Aunque las cifras muestran una oportunidad relevante, el estudio introduce una advertencia clave para el debate público: la IA generativa tendría principalmente un efecto de nivel sobre el producto, no un aumento permanente en la tasa de crecimiento de largo plazo. Es decir, podría elevar el tamaño de la economía, pero no cambiaría por sí sola la trayectoria estructural de crecimiento del país.
Esta distinción es relevante para una economía como la chilena, que mantiene un crecimiento tendencial cercano al 2% anual y arrastra problemas persistentes de productividad. Según el análisis, incluso los escenarios más optimistas de adopción tecnológica serían insuficientes para cerrar de manera sustantiva las brechas de ingreso con economías desarrolladas.
En términos per cápita, el impacto estimado fluctuaría entre US$100 y US$500 adicionales por habitante, una vez que la economía alcance su nuevo nivel de producto. Se trata de una ganancia no menor, pero acotada frente a los desafíos estructurales asociados a productividad, inversión, capital humano, innovación y modernización institucional.
La lectura de fondo es que la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta de eficiencia económica, pero no reemplaza las decisiones que Chile necesita tomar en materia de formación laboral, transformación digital, productividad empresarial y calidad de las políticas públicas.
Pymes y capital humano serán decisivos
Uno de los puntos más sensibles del documento es la distribución de los beneficios. Si la adopción de IA generativa se concentra en grandes empresas con mayores capacidades tecnológicas, el país podría ver un aumento de productividad agregado, pero también una ampliación de brechas entre compañías, trabajadores y territorios.
Las pymes aparecen como un actor crítico. Para que la inteligencia artificial tenga un efecto económico amplio, no basta con que las grandes compañías incorporen herramientas avanzadas. También se requiere que empresas medianas y pequeñas accedan a soluciones aplicables, reciban acompañamiento técnico y puedan transformar procesos internos sin quedar fuera de la nueva ola tecnológica.
El informe también plantea desafíos para el mercado laboral. La automatización de tareas puede liberar tiempo para funciones de mayor valor agregado, pero si se implementa sin capacitación ni rediseño organizacional, puede afectar procesos de aprendizaje, especialmente en trabajadores jóvenes o de menor experiencia.
Por eso, el debate no debiera reducirse a si la inteligencia artificial reemplazará empleos. La pregunta más importante es cómo convertir esta tecnología en una fuente de mejores capacidades, mayor productividad, empleos más sofisticados y servicios públicos más eficientes.
Políticas públicas para convertir potencial en crecimiento
El estudio de Clapes UC deja una señal clara para el mundo público y privado: la oportunidad existe, pero exige condiciones habilitantes. La productividad que puede generar la inteligencia artificial generativa dependerá de la velocidad de adopción, la calidad de la capacitación, la capacidad de reorganizar procesos y el acceso efectivo de empresas y trabajadores a estas herramientas.
Desde la política pública, esto supone avanzar en programas de formación en IA aplicada al trabajo, apoyo a la transformación digital de pymes, incentivos a la innovación, modernización del Estado y marcos regulatorios que promuevan un uso responsable sin frenar la adopción tecnológica.
También implica reconocer que la IA no es solo una discusión tecnológica. Es una conversación económica, laboral e institucional. Su verdadero impacto dependerá de la capacidad del país para convertir herramientas digitales en productividad real, mejores servicios, mayor competitividad y crecimiento sostenible.
La conclusión del documento es sobria, pero relevante: la IA generativa puede empujar la productividad chilena, aunque no reemplaza las reformas estructurales pendientes. Su aporte al PIB puede ser significativo en montos absolutos, pero su efecto será limitado si Chile no fortalece capital humano, adopción empresarial y políticas públicas orientadas a transformar innovación en desarrollo.



