Por Marcela Quinteros, empresaria y fundadora de Fundación 9House
El 8 de marzo es una fecha que exige profundidad. No es un espacio para declaraciones superficiales ni para discursos circunstanciales. Es una jornada que nos recuerda una historia de esfuerzo, de avances conquistados con determinación y de desafíos que aún nos convocan.
Hablar de mujer en este contexto implica respeto. Respeto por quienes abrieron camino. Respeto por quienes hoy sostienen múltiples roles con responsabilidad y liderazgo. Y respeto por las nuevas generaciones que están llamadas a construir el próximo capítulo.
Desde mi experiencia empresarial, he sido testigo de cómo la integración femenina no es solo una cuestión de equidad, sino una transformación en la manera de comprender la productividad, la cultura organizacional y la sostenibilidad.
La complementariedad nos representa profundamente. No desde la diferencia que divide, sino que desde la integración que fortalece. Cuando hombres y mujeres trabajan desde el reconocimiento mutuo, la toma de decisiones se vuelve más completa, el análisis más amplio y el propósito más consciente.
Las organizaciones que comprenden esto no solo mejoran sus indicadores. Se vuelven más resilientes, más estratégicas y más preparadas para enfrentar entornos complejos. Sin embargo, el verdadero cambio no comienza en la empresa. Comienza mucho antes. Comienza en la educación.
En Fundación 9House entendimos que la conversación sobre liderazgo femenino debía adelantarse a la adultez. No basta con abrir espacios laborales si no formamos convicción, habilidades y mentalidad desde edades tempranas.
Instituciones como el Colegio Mariano de Schoenstatt y el Colegio Almendral de La Pintana han sido parte significativa de nuestra historia formativa. En esos espacios hemos visto algo que trasciende cualquier programa: jóvenes que se descubren capaces de crear tecnología, de comprender procesos complejos y de proyectarse como protagonistas en áreas donde históricamente su presencia no siempre fue promovida.
Ese descubrimiento interior es el verdadero punto de inflexión. No buscamos instalar una narrativa de oposición. Buscamos consolidar una cultura de construcción compartida.
El desarrollo de un país requiere integrar todo su talento. Y el talento femenino en ciencia, tecnología e innovación no es una aspiración futura, es una capacidad presente que necesita confianza, formación y oportunidades consistentes.
Este 8M nos invita a mirar hacia atrás con gratitud, pero también hacia adelante con determinación. Como empresaria, creo en la competitividad con propósito. Como fundadora, creo en la educación como herramienta estructural de transformación.
Como mujer, creo en el liderazgo que integra firmeza con sensibilidad y visión estratégica con humanidad.
Honrar la historia significa asumir responsabilidad en el presente. Y esa responsabilidad implica formar generaciones que no solo participen del futuro, sino que lo diseñen con autonomía, criterio y convicción.
El 8 de marzo es memoria, pero también es dirección. Y la dirección que elegimos es clara: una sociedad donde la complementariedad no sea discurso, sino práctica cotidiana.
Donde el liderazgo femenino no sea excepción, sino parte natural del ecosistema empresarial y social. Ese es el compromiso.



