Por María José Terré. Directora Ejecutiva de WATERisLIFE
Durante los últimos días se ha hablado mucho de Igor Lichnovsky. De su regreso a Universidad de Chile, de fútbol, de camisetas y de todo lo que eso representa para los hinchas. Yo también quiero hablar de Igor, pero del que he tenido la oportunidad de conocer lejos de los estadios y de las cámaras.
Conocí a Igor hace algunos años a través de WATERisLIFE y, desde entonces, he visto cómo su compromiso con nuestra causa ha ido creciendo de manera natural. No llegó para hacer una donación y seguir su camino. Quiso entender el problema, conocer a las comunidades y descubrir cómo podía ser parte de una solución.
En una conversación me dijo algo que nunca olvidé: ningún deportista profesional puede entrenar, competir o recuperarse sin agua limpia. El agua está presente en cada entrenamiento, en cada partido y en cada aspecto de la vida de un atleta. Entonces surgió una pregunta tan simple como poderosa: si el agua es indispensable para que él pueda desarrollar su profesión, ¿cómo millones de personas siguen viviendo sin acceso a agua potable? Esa pregunta terminó llevándolo hasta Kenia.
Juntos recorrimos comunidades donde acceder a agua potable sigue siendo un desafío diario. Lo vi escuchar más de lo que hablaba. Compartir con las familias, conocer sus historias y entender que detrás de la falta de agua no solo hay sed, sino también enfermedades, menos oportunidades y una enorme desigualdad. Después vino la acción.
Su apoyo ha permitido desarrollar proyectos que hoy benefician a miles de personas. En El Herrado, Chiapas, por ejemplo, más de 2.000 personas pueden acceder hoy a agua potable gracias a la rehabilitación de un pozo y la instalación de sistemas de potabilización, almacenamiento y energía solar. Familias que antes recorrían largas distancias para conseguir apenas un par de garrafones de agua hoy pueden obtenerla dentro de su propia comunidad. Pero hay una imagen que resume mejor que cualquier cifra el tipo de compromiso que Igor ha construido.
Hace algunos meses regresó a Nairobi para inaugurar una cancha de fútbol que logramos construir junto a la comunidad. No fue a cortar una cinta ni a tomarse una fotografía. Se puso los zapatos de fútbol y jugó un campeonato con los niños y jóvenes del barrio.
Verlo jugar ahí, en una cancha que hoy representa mucho más que deporte, fue emocionante. Porque para esos niños ese espacio significa pertenencia, seguridad, amistad y la posibilidad de crecer en un entorno que les ofrece más oportunidades. Y porque demuestra que el impacto no siempre se mide por el tamaño de una donación, sino por la decisión de involucrarse de verdad.
Lo más valioso es que este no ha sido un gesto aislado. Igor se ha ido convirtiendo en parte de nuestra familia y de los proyectos que impulsamos. Ya estamos trabajando en nuevas iniciativas que seguirán llevando agua potable y oportunidades a comunidades que todavía esperan algo tan básico como abrir una llave.
Vivimos en un mundo donde solemos medir a nuestros referentes por sus resultados, sus contratos o los colores de la camiseta que defienden. Pero pocas veces hablamos de lo que hacen cuando termina el partido.
No creo que todos los deportistas tengan que involucrarse en el acceso al agua. Cada uno encontrará la causa que más sentido le haga. Pero sí creo que quienes tienen una voz capaz de inspirar a millones de personas poseen también una oportunidad única para generar cambios que van mucho más allá de su profesión y eso no aplica solo al deporte.
Todos tenemos algo que podemos poner al servicio de otros: tiempo, conocimientos, recursos, contactos o simplemente la disposición para involucrarnos en una realidad distinta de la nuestra. Mientras estos días muchos discuten sobre el futbolista, yo quería hablar de la persona, porque las victorias más importantes no siempre se celebran en un estadio.
A veces ocurren cuando una familia abre una llave por primera vez. Cuando un niño deja de enfermarse por beber agua contaminada. O cuando una comunidad descubre que alguien decidió no mirar hacia otro lado.
Ojalá existieran muchos más Igor Lichnovsky. No porque todos deban jugar fútbol, sino porque el mundo necesita más personas que entiendan que el verdadero éxito también se mide por la cantidad de vidas que somos capaces de cambiar.
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