Por María Luisa Lozano, presidenta de Minnovex
Hubo un tiempo, no tan lejano, en que la minería en Chile simplemente no recibía a las mujeres. No era una falta de interés ni de capacidades, sino una exclusión estructural profundamente arraigada en la industria. Hasta 1996, la legislación prohibía que las mujeres trabajaran en minas subterráneas, consolidando una cultura que entendía la minería como un espacio exclusivamente masculino. Incluso, en algunas faenas, la presencia femenina era considerada de “mala suerte”.
La modificación legal fue un punto de partida, pero no garantizó por sí sola las condiciones necesarias para una incorporación efectiva de mujeres en la industria. Hasta hace pocos años, muchas faenas no contaban con baños ni equipos de protección personal diseñados para mujeres, y tampoco la ropa de trabajo estaba pensada para cuerpos femeninos, lo que dificultaba el movimiento y aumentaba los riesgos operacionales. Cosas tan simples como encontrar zapatos de seguridad en tallas menores al número 38 era, en el mejor de los casos, una excepción.
Hoy la industria muestra otra cara. Al segundo semestre de 2025, la participación femenina en la dotación propia de la gran minería llegó al 24%, posicionando a Chile entre los países con mayor inclusión femenina en minería a nivel internacional. Más de 12 mil mujeres trabajan directamente en empresas mineras de gran escala, desempeñándose como operadoras, técnicas, ingenieras, supervisoras y gerentas, en faenas que hasta hace poco eran inaccesibles.
Este avance no ocurrió por casualidad, sino que es el resultado de decisiones deliberadas provenientes de políticas públicas, compromisos empresariales y una transformación cultural progresiva que han permitido abrir espacios que antes estaban cerrados.
Iniciativas como la adopción de la Norma Chilena 3262 sobre igualdad de género, los programas de inserción laboral impulsados por distintas compañías y la Mesa Mujer y Minería liderada por el Ministerio de Minería han contribuido a acelerar este cambio. Desde 2018, además, la contratación de mujeres ha crecido a un ritmo superior al promedio del sector, de acuerdo con datos de CCM-Eleva.
Si bien hoy vemos más mujeres en roles operativos, sigue siendo limitada su presencia en altos cargos ejecutivos y en directorios de compañías mineras. La ausencia de referentes en la alta dirección continúa siendo una barrera silenciosa que condiciona aspiraciones y trayectorias profesionales dentro de la industria.
Si analizamos lo que ocurre en los proveedores mineros en relación con la incorporación femenina, vemos que, a pesar de concentrar una parte significativa del empleo en el sector, la participación de mujeres avanza con mayor lentitud que en la gran minería. Esto resulta especialmente relevante en un contexto donde los proveedores cumplen un rol estratégico en productividad, innovación tecnológica y desarrollo de soluciones para la industria.
A este escenario se suma un desafío estructural vinculado al capital humano. Las proyecciones indican que en 2034 la minería requerirá cerca de 37 mil nuevos trabajadores, lo que vuelve estratégico incentivar que más mujeres opten por carreras técnicas y oficios vinculados al sector. En este ámbito, persisten brechas en las trayectorias formativas, en el acceso temprano a experiencias técnicas y en la falta de referentes visibles que inspiren nuevas vocaciones mineras.
Mirando lo que resta de la década, el desafío ya no es solo aumentar la participación femenina. En un ciclo marcado por mayores exigencias de productividad, presión por costos y competencia por talento, avanzar hacia la equidad de género deja de ser una agenda complementaria y se convierte en una condición habilitante para la competitividad del sector.
La minería nacional ha cambiado, y deberá seguir adaptándose e innovando para continuar siendo un motor de desarrollo, productividad y generación de valor para el país en los próximos años y décadas.
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