Por Fernando Martínez. Rector de la Escuela de Comercio y Servicios
La conversación sobre transformación digital cambió de lugar. Ya no gira en torno a la conectividad, sino a la capacidad de convertirla en productividad.
Casi la mitad de las empresas latinoamericanas dispone de banda ancha de alta velocidad, pero apenas una de cada diez utiliza inteligencia artificial y solo el 6% obtiene beneficios relevantes de ella.
Son datos del Centro para la Convergencia en América Latina, estudio reciente que recoge que la IA podría aumentar el crecimiento económico regional en hasta 1,3 puntos porcentuales anuales hacia 2030 y crear cerca de 4,8 millones de empleos formales de alta calificación.
Uno de sus autores lo dice sin anestesia: la restricción vinculante ya no es la conectividad, ni siquiera la ausencia de leyes; es la adopción, las capacidades y la escala. Pareciera que la conectividad dejó de ser una ventaja competitiva y hoy es apenas el punto de partida. Instalamos el cable y nos quedamos mirándolo.
Durante quince años la política pública educativa de la región se construyó sobre una premisa razonable: si damos acceso, el aprendizaje ocurre. Computadores por alumno, conectividad rural, tablets. La infraestructura como respuesta a todo. Y funcionó, ese es el punto incómodo.
La infraestructura llegó, y llegó rápido. Lo que no llegó fue la capacidad de hacer algo con ella: ese 6% que captura valor real de la tecnología no es el mismo con acceso a la mejor tecnología. Es el 6% que sabe cómo sacarle provecho.
Esa distancia, entre tener la herramienta y saber para qué sirve, es exactamente el espacio que la educación superior debería estar ocupando. Y en general no lo estamos ocupando.
Ese diagnóstico también interpela a la educación superior.
La lección es incómoda, pero ineludible. La inteligencia artificial está demostrando que el acceso ya no es el principal problema. La diferencia comienza cuando una persona, una empresa o una universidad logra convertir esa tecnología en mejores decisiones, mejores procesos y resultados.
Quizás ese sea el verdadero significado del 6%. No describe una brecha tecnológica. Describe una brecha de capacidades. Después de años invirtiendo para conectar a la región, el desafío ya no consiste en incorporar más herramientas, sino en desarrollar las condiciones para aprovecharlas. Porque la inteligencia artificial, por sí sola, no transforma organizaciones ni mejora el aprendizaje. Solo amplifica aquello que ya somos capaces -o no- de hacer.
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