Por Marcelo Castiglione, CEO de SONDA
El principal riesgo de la inteligencia artificial para este año no es “quedarse atrás” tecnológicamente, sino quedarse atrapado en el piloto: iniciativas aisladas que mejoran tareas, pero no mueven la aguja de la productividad, que finalmente es el gran acelerador del crecimiento. La inteligencia artificial aplicada a la productividad ya demostró que puede acelerar análisis, automatizar flujos y reducir fricción operativa.
No obstante, el salto relevante ocurre cuando deja de ser un conjunto de “casos de uso” y pasa a ser un rediseño deliberado de cómo se decide, se gestiona y ejecuta en una organización de manera integral, estando presente no solo en los procesos, sino que también de manera estructural, desde las capas ejecutivas hasta las operativas de una organización. La IA como motor de productividad organizacional se instala así como eje estratégico.
Chile necesita justamente ese salto. La productividad volvió a mostrar dos años consecutivos de crecimiento positivo (2024 y 2025), algo poco frecuente en la última década, y para 2025 se proyecta que la Productividad Total de Factores aporte entre 0,5% y 0,6% al crecimiento del PIB. Al mismo tiempo, el Banco Central mantuvo para 2026 un rango de crecimiento de 1,5% a 2,5%.
En ese marco, la inteligencia artificial como palanca de eficiencia económica es una de las pocas herramientas capaces de impactar transversalmente. Si no se avanza en esta dirección el crecimiento sigue dependiendo del aumento de empleo e inversión. El aumento de la productividad es clave para el desarrollo económico de Chile.
¿Dónde aporta productividad real? En tres frentes muy concretos. Primero, reduce costos de coordinación: menos tiempo en “pasar la pelota” y más tiempo en resolver. Segundo, disminuye latencia decisional: cuando la información está dispersa o llega tarde, la empresa se vuelve lenta; la IA, bien integrada, puede anticipar y estructurar información útil para decidir a tiempo. Tercero, eleva calidad operacional.
La inteligencia artificial mejora la toma de decisiones empresariales y permite mayor eficiencia en procesos. El World Economic Forum lo plantea con claridad: somos buenos creando tecnología potente, pero no tan buenos traduciéndola en productividad generalizada. El desafío es traducir tecnología en productividad y crecimiento real.
Esa traducción requiere disciplina, no entusiasmo. Hay tres condiciones mínimas para pasar más allá del piloto. La primera es partir por el proceso end-to-end, no por la herramienta. La segunda es tratar los datos como infraestructura productiva y estratégica.
Los datos como base de la inteligencia artificial empresarial son esenciales para generar valor real. La tercera es gestión del cambio y talento. El desarrollo de capacidades digitales y liderazgo organizacional es clave para sostener la transformación y medir impacto en indicadores de negocio.
El punto país es igual de importante. La IA puede ser motor de desarrollo económico si se articula con una agenda productiva, con modernización del Estado, adopción en pymes y un esfuerzo serio de capital humano. La inteligencia artificial como motor de desarrollo en Chile requiere colaboración público-privada.
Iniciativas como “Sigamos Construyendo IA para Chile” buscan articular formación, productividad y adopción. La adopción de IA en pymes y el Estado es clave para el crecimiento y para evitar que la tecnología quede fragmentada.
Cierro con una idea simple. La pregunta ya no es “¿tenemos IA?”, sino si forma parte de nuestra estrategia de desarrollo. La inteligencia artificial integrada a procesos productivos y estratégicos es lo que define el salto.
Si en 2026 queremos consolidar una senda de crecimiento basada en eficiencia, la IA debe salir del laboratorio y entrar al corazón de los procesos. La productividad digital basada en IA define el crecimiento futuro de Chile.



