[Opinión] Vergüenza de volar

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Por: Manuel Baquedano M. Sociólogo de la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica). Fundador del Instituto de Ecología Política


Cuando supe que el aeropuerto internacional Arturo Merino Benítez de Santiago de Chile consumía 5 millones de litros de kerosene diarios, quedé abrumado: más aún cuando ese mismo día debía hacer un vuelo al exterior que me demandaría recorrer 14.800 kilómetros de ida y vuelta.

Si un avión emite 285 gramos de dióxido de carbono (CO2) por kilómetro y por pasajero, la huella de carbono de mi vuelo sería nada más y nada menos que unas 4,2 toneladas; un 85 por ciento de todo el CO2 que genera un ciudadano chileno en promedio por año. A modo de contraste, basta señalar que un automóvil emite un promedio de 158 gramos por kilómetro y pasajero; el tren, 14 gramos y la bicicleta, cero.

El promedio anual de emisiones de CO2 de un chileno es de unas cinco toneladas. En mi caso -y en un sólo vuelo- gasté gran parte del CO2 que produce una persona durante todo el año en nuestro país. Esta cifra me parece inaceptable y experimenté inmediatamente un sentimiento que los suecos denominan “flygskam”, es decir, “la vergüenza de volar”. El origen de ese sentimiento se encuentra en el acto de tomar un avión sabiendo que esa acción contribuye seriamente a agravar el cambio climático.

El impacto ecológico de volar siempre estuvo presente en mí como una contradicción: como dediqué toda mi vida a trabajar temas ambientales y climáticos, siempre pensé que una forma de compensar mi huella de carbono en materia de aviones era el aporte que hacía al intentar resolver problemas climáticos globales.

Sin embargo, las condiciones ambientales y climáticas del planeta han cambiado y siento que debo resolver esta contradicción de forma urgente. Sobre todo al considerar las nuevas metas que la comunidad científica internacional impuso a la humanidad para evitar la catástrofe climática, lo que implica estabilizar el aumento de la temperatura en un máximo de 1.5 grados por sobre lo normal para el 2030. Esto en la práctica significa reducir las emisiones de los gases de efecto invernadero en un 50 por ciento en los próximos once años.

Como esta meta es para todos los seres humanos, en especial para aquellos que vivimos en occidente y estamos insertos en la sociedad de consumo, la tarea de todos es contribuir a la descarbonización acelerada de la sociedad. Tenemos que dotarnos de un plan propio y de un presupuesto de descarbonización. La meta debe ser llegar como máximo a la neutralidad en el uso de las energías fósiles para el 2030 y poder extenderlo a todas nuestras actividades para el 2040. Estas metas serían las mínimas para tener mayores probabilidades de superar el inminente colapso hacia el cual nos dirigimos aceleradamente.

En cuanto a los vuelos en avión, si estos no encuentran combustibles neutros en materia de CO2, deberán terminar para el 2030. Resulta inaceptable que en lo que va de 2019, la línea aérea europea Ryanair ya se ubique entre las diez industrias más contaminantes del planeta. En un futuro muy cercano, con suerte podremos realizar uno o dos viajes más en avión.

Nuestro presupuesto de CO2 deberá decrecer a un ritmo de 10 a 15 por ciento  anual, desde ahora hasta el 2030,  dentro del cual los viajes en avión deberán ir disminuyendo también proporcionalmente.

Como paliativo personal he decidido forestar con árboles para compensar los vuelos en avión que espero al mismo tiempo disminuir drásticamente. Eso sí, tendré que aumentar significativamente el número de árboles plantados por año y es por eso que considero indispensable contar con un presupuesto personal, familiar o laboral de CO2 para reorientar las actividades.

Como sociedad, si realmente vamos a enfrentar el cambio climático, no nos quedará otra alternativa que el tren que tiene una huella de carbono 20 veces inferior al avión. En ese sentido, deberán reorientarse las prioridades de las políticas públicas para dotarnos de una buena red ferroviaria y no malgastar el dinero público en carreteras automovilísticas que bien podrían quedar obsoletas en un par de décadas más.

Una niña sueca de 16 años, Greta Thunberg, muy probablemente sea la próxima Premio Nobel de la Paz por su lucha contra el cambio climático. Greta no tuvo problema en emplear 32 horas para trasladarse en tren desde Estocolmo a Davos, Suiza, para ser escuchada por los que detentan el poder económico mundial. Tampoco tendrá ningún problema para trasladarse en barco a la Cumbre del Clima que fue citada extraordinariamente por el Secretario General de la ONU para este 23 de septiembre en Nueva York. Allí Greta podrá hacerse escuchar por los que detentan el poder político del mundo.

Mientras ejemplos como el de Greta se multipliquen, la vergüenza de volar llegará para quedarse y nos acompañará como una nueva patología que el cambio climático desató para el resto de nuestros días.


El contenido expresado en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no representa necesariamente la visión ni línea editorial de Poder y Liderazgo.


 

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