Por María Inés Albornoz. Gerente comercial de Solunion Chile
Las dificultades financieras que enfrentan las empresas en Chile muestran que el riesgo de insolvencia sigue siendo una realidad que requiere atención. Durante el primer semestre de 2026 se registraron 411 procedimientos de liquidación empresarial, un 28% más que en igual período del año anterior, mientras que los procedimientos de reorganización aumentaron 40%. El comercio fue, además, el sector que concentró la mayor proporción de estas liquidaciones, con un 31% del total.
Estas cifras ponen sobre la mesa una pregunta relevante: ¿cómo pueden las empresas detectar a tiempo situaciones que podrían comprometer su continuidad? Una liquidación no ocurre de un día para otro. En muchos casos, las dificultades financieras se manifiestan antes, por ejemplo, en retrasos en los pagos que terminan tensionando el flujo de caja.
Según el informe Cómo está la cosa 2026, elaborado a partir del análisis de más de 1,35 millones de facturas entre empresas, el 58% se pagó fuera de plazo durante 2025 y el atraso promedio aumentó de 18,65 a 21,54 días. La morosidad activa, además, creció 66%.
Para una empresa, vender siempre es una buena noticia. Pero cuando esa venta se realiza a crédito a otra empresa, el proceso no termina cuando se entrega el producto o se presta el servicio: todavía queda pendiente que el cliente cumpla con su compromiso de pago. Cuando estos atrasos se acumulan, pueden traducirse en menos liquidez para cumplir compromisos, reponer inventario, invertir o mantener el ritmo de operación.
Por eso, gestionar el riesgo de crédito resulta fundamental. Conocer a quién se le vende y evaluar su capacidad de pago permite tomar decisiones comerciales con mayor información y detectar oportunamente señales que puedan poner en riesgo una operación.
En este contexto, el seguro de crédito entrega información sobre la solvencia de los clientes y respaldo frente a eventuales impagos, ayudando a proteger las cuentas por cobrar y la estabilidad financiera de la empresa.
La clave no está en dejar de vender a crédito, sino en hacerlo de manera responsable y con las herramientas adecuadas para enfrentar los riesgos que implica. Porque anticiparse también es estar preparado para lo que pueda venir y, en definitiva, dormir tranquilo
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